El derecho a la vida
Por Jorge O. Sobisch Para LA NACION
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La vida democrática consiste en la búsqueda de la felicidad y el desarrollo de los pueblos a través del ejercicio de su libertad de expresión y autodeterminación.
Nuestra Carta Magna expresa el valor más fundamental y absoluto en el que creemos como Nación: el respeto y la salvaguardia de los derechos de las personas a la vida y a la dignidad.
En ese marco, como ciudadano, es que reafirmo y expreso mi convicción y mi fe cristiana en el derecho de cada persona a la vida, ya desde su concepción.
Como hombre político consagro mi vida en su defensa, y como gobernador elegido por el voto popular entrego mi mayor esfuerzo y mi compromiso inalterable en su realización.
Son esta convicción y esta responsabilidad las que me mueven a llamar la atención sobre aquello que nos atañe a todos, pero nos pone en situación de incertidumbre y perplejidad.
Porque en el libre ejercicio de autodeterminación, hemos elegido de entre nosotros personas a las que les hemos otorgado el mandato sagrado de velar por su cuidado y cumplimiento, otorgándoles también el privilegio, el poder y la responsabilidad de ser los garantes de que la Constitución Nacional no sea letra muerta. Ellos son los ministros de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.
El compromiso político o personal en favor de una idea contraria a lo expresado en la Carta Magna contradice la responsabilidad en la defensa del bien común nacional en su totalidad.
Opiniones y razones
El derecho a la vida fue conculcado muchas veces en nuestro país por este motivo: la violencia se instaló en nuestra sociedad en nombre de la "razón" de algunos; la muerte y la barbarie, con su cosecha horrorosa de vidas y de la dignidad humana de muchos argentinos, se enseñorearon en nombre del "orden"; la injusticia y la exclusión de grandes sectores de nuestra sociedad, a cuenta de las "reglas de mercado". ¿Será que hoy toca poner en duda el derecho a la vida desde su gestación consagrado en la Constitución en nombre de posturas posmodernas y personales de la libertad?
No se trata aquí de no respetar el legítimo derecho de cada cual a pensar y creer del modo que quiera, sino de poner en cuestión que la expresión pública de esas ideas tiene que ver con alguien postulado para defender en su totalidad aquello en lo que dice no acordar.
No nos engañemos: más temprano que tarde el conflicto de intereses entre la creencia real y la representatividad que se ejerce, hará colisión y provocará una distorsión en la interpretación, salvaguarda y cumplimiento de las leyes que dice defender y garantizar.
En las sociedades democráticas todas las propuestas son discutidas y examinadas libremente. Pero cuidado con aquellos que, en nombre del "progresismo", pretendieran ver en el deber moral de ser coherentes con estos principios un motivo para descalificar políticamente, porque estaríamos cayendo en una intolerancia que no nos podemos ni debemos permitir. Si así fuera, como expresó el Papa Juan Pablo II, "se abriría el camino a una anarquía moral, que no podría identificarse nunca con forma alguna de legítimo pluralismo" (Discurso al Cuerpo Diplomático, 11/01/2002). El abuso del fuerte sobre el débil sería la consecuencia obvia de esa actitud.
La mujer posee el don maravilloso del que la dotó Dios: la capacidad de gestar la vida, y no se lo puede quitar otra mujer en nombre de su forma de pensar.
Papel de la mujer
Honrar la vida, proclamar el derecho del embrión a ser persona, defender su derecho a nacer, crecer y desarrollarse, entiendo que es la mejor manera de celebrar el papel único y excluyente que la mujer tiene en la vida de los hombres y de los pueblos, y que la convierte en laprotagonista privilegiada de su futuro y en su esperanza.
Todos tenemos derecho a pensar distinto, y lo respeto, pero la vida o la muerte no pueden quedar simplemente encerradas en una postura progresista. Son eso: vida o muerte, y sobre ellas está solamente Dios.




