
El deshollinador
Por Alvaro Abós Para LA NACION
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Cuando era chico quería ser deshollinador porque me fascinaban esos personajes que iban por la ciudad en bicicleta, ataviados con ropas negras, alta galera y la cara tiznada de hollín.
Algo que inquietaba del deshollinador era que fuese un negro falso: como el cantante de jazz Al Jonson, por ejemplo, símbolo del negro a pesar de ser un blanco embetunado.
El deshollinador, ¿era pobre o rico? Aunque vistiera una modesta camisa, el negro de sus ropas sugería un frac, lo que estaba de acuerdo con su aristocrático sombrero, en realidad una adaptación al tubo de la chimenea. Tanto color negro le daba un tono lúgubre y nocturno; aunque sus tareas, como las de cualquier trabajador, se cumplían en horarios diurnos, el deshollinador parecía un inquietante huésped de la noche, territorio del misterio.
Como suele sucederles a los niños, lo que primero me dio miedo luego me produjo admiración y así fue como un día, tras desechar otros proyectos como convertirme en bombero, futbolista o viajero espacial, decidí que de grande sería deshollinador.
Atractivo para los niños y los poetas, el deshollinador era un personaje al mismo tiempo amenazante y cordial, pero sobre todo enigmático porque su cara ennegrecida lo acercaba al enmascarado. De Hans Christian Andersen a Fito Páez, pasando por Benjamín Britten, que le compuso una ópera, el deshollinador ha inspirado a cuentistas y letristas. Un deshollinador borrachín, que interpretaba Dick van Dyke, era el padre de Eliza Doolitle en Mary Poppins .
Raúl González Tuñón veía a los deshollinadores como duendes, quizá porque había conocido a los deshollinadores niños, que se introducían, aprovechando los cuerpos menudos, en las chimeneas más estrechas. En el Londres de Charles Dickens, a esos topos infantiles se los llamaba chummies ; algunos sólo tenían 6 o 7 años, y sus padres les curaban codos y rodillas ensangrentados con salmuera.
Buscador de la magia que la ciudad esconde en sus pliegues, aun sórdidos, tenían que gustarle los deshollinadores a Tuñón, un hombre que se definía a sí mismo "triste y cordial como un legítimo argentino"; tituló su elegía Blues de los pequeños deshollinadores , y así los incluyó en su personal álbum de motivos poéticos porteños, junto al barco en la botella, los caballos de calesita, los barriletes, el buzón de la esquina, el atril de la pianola, la virgencita de Luján o las banderas rojas.
Cantor de un Buenos Aires que era refugio de marineros solitarios, fue González Tuñón quien dedicó unos célebres versos a los kinetoscopios, máquinas que había en los bares del Paseo de Julio -la actual avenida Leandro N. Alem- y que, precursoras del cine, mostraban, por una moneda, vistas del mundo o mujeres desnudas:
"El dolor mata, amigo, la vida
es dura,
y ya que usted no tiene hogar
ni esposa
eche veinte centavos en la
ranura
si quiere ver la vida color de
rosa."
Ya no veo deshollinadores por las calles de la ciudad trepidante, aunque sus funciones siguen siendo requeridas. Se han reconvertido: desplazan sus sofisticados equipos de limpieza y destapación en camionetas veloces, anuncian sus servicios en Internet, ponen a disposición del público anticongelantes, bombas de secado, hidrolimpiadores, gel anticalórico y demás actualizaciones técnicas. El viejo deshollinador que pedalea por la ciudad es una rémora del pasado, reemplazado por organizaciones complejas que se titulan "empresas de limpieza integral". ¿Es así?
Siempre habrá alguien
Así lo pensaba, pero he cambiado de opinión. Siempre ha de haber alguien que desatasque los caños, limpie la porquería acumulada en las chimeneas, permita que el calor entibie los hogares. Aunque para hacerlo deba ensuciarse la cara y las manos en su trajinar por buhardillas y techumbres.
Deshollinadores hay muchos aunque no trajinen en bicicletas negras. El historiador que desempolva los esqueletos guardados en el ropero disipa los fantasmas y plumerea las telas de araña de una sociedad, ¿no es un deshollinador?
¿No lo es el artista que engalana la realidad, que suele estar sucia, y la colorea con los pinceles de la emoción y la verdad? El escritor y el artista trabajan cuando otros duermen o descansan, reptan por techos, se meten en lugares oscuros e inhóspitos.
El periodista es un deshollinador si al mostrar lo que sucede indaga en lo oculto y al hacerlo permite que las chimeneas tiren mejor: entonces, como el deshollinador, nos salva de la asfixia.
El escritor, el periodista y el artista airean la casa común, calientan nuestra vida con el fuego de sus ideas o sus inspiraciones, desatrancan las obturaciones de tantas excrecencias. Por algo Eduardo Arroyo, pintor que gusta dibujar deshollinadores, le puso a su retrato de Picasso este epígrafe: "Pablo, deshollinador del pasado".
Manchar y limpiar
Al deshollinador se lo quiere porque él mismo, al limpiar, se ennegrece. ¡Qué hermoso destino el de mancharse blanqueando! Ya no lo vemos en la bicicleta negra por las calles de la ciudad, pero su faena no ha dejado de necesitarse. Diría que cada vez se necesita más. En el mundo hay muchos que hollinan y algunos que deshollinan.
Hollinan los que ganan haciendo trampa, los que pudiendo comunicar incomunican o manipulan. Deshollinan los que hacen su trabajo con sencillez y los que, contra toda esperanza, se levantan cada día y en lugar de robar o engañar van a su trabajo y tratan de hacerlo bien: de esa manera humilde limpian la vida de sus semejantes y hacen que este mundo sucio sea aún vivible.
Hollinan los que nos agobian de publicidad que miente y los que inventan y se aprovechan de ídolos de barro. Hollinan los que adoran al dios dinero, que promete lo que no da, y los que nos envenenan con ruido, con violencia, con morbo. Deshollinan los que curan y enseñan, los que nos hacen reír, los que nos hacen soñar sin alienarnos, los que entretienen sin aturdir.
Deshollinadora fue Teresa de Calcuta, que se impuso una tarea titánica, limpiar la miseria del mundo, el hollín más tóxico que existe y que, para nuestra desgracia, es cada día más espeso. Deshollinadora fue nuestra gran Niní, que desintoxicaba los delirios de este país con su humor afilado. Deshollinador fue Héctor Yánover, que pudiendo vender armas, humo asesino o drogas, vendió sólo libros y poemas. Deshollinador fue René Favaloro, que desatascaba arterias -como una especie de deshollinador de cuerpos-: le ennegrecieron el alma los malditos burócratas, esos que hollinan todo lo que tocan con sus malévolos chanchullos, y terminaron desesperándolo.
Así pues, la fantasía loca de mi infancia -ser deshollinador- ya no podrá cumplirse. Llegué tarde como uno llega tarde a tantas citas con la vida. Pero me queda el consuelo de que el escritor también puede ser un deshollinador y que, con mi trabajo, limpiaré un poco las palabras a las que el uso y la costumbre desgastan, dándoles un nuevo sentido de la misma forma en la que el deshollinador, con sus cepillos, escobas y escobines, aclara y pule, renueva y saca brillo a lo que antes era negro.
El autor es escritor. Su último libro es El crimen de Clorinda Sarracán , editorial Sudamericana.






