
El despertar de la conciencia nacional
Por Silvio Juan Maresca Para LA NACION
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Nace el siglo XIX. Napoleón extiende su sombra sobre Europa. Los ingleses, sedientos de mercados, invaden el Río de la Plata. Despierta entre nosotros, vigorosa, la conciencia nacional. Importa el hecho, si vale lo que Alain Touraine afirmó hace apenas dos años: sin conciencia nacional, es imposible construir un país. Con toda seguridad, en tiempos de globalización, agregaría yo. Touraine se refería a la alarmante falta de esta conciencia en los argentinos de hoy, particularmente en los porteños. Y no se equivocaba. En nuestra breve historia, la conciencia nacional ha conocido períodos de oscuridades y confusiones. Más de una vez hemos privilegiado partidismos e ideologías en detrimento de lo común, con resultados invariablemente negativos.
Con las Invasiones Inglesas, despierta la conciencia nacional; esa es mi tesis. Pero existe una dificultad para probarla (que comparte con cualquier otra tesis): la escasez y pobreza de documentos y testimonios en que basarse, excepto un puñado de poemas, entre los cuales se destacan los de Pantaleón Rivarola, nuestro primer poeta patrio (según Rafael Hernández), fundador de la poesía popular argentina. La Reconquista y la Defensa fueron acciones mudas, por así decirlo. Acaso uno de los motivos sea que el grupo de los ilustrados, hombres de letras, mantuvo una actitud algo ambigua y vacilante ante las invasiones, por lo menos al principio. Paradigmático, en este sentido, es el caso de Juan José Castelli, jefe del grupo.
Por su parte, Liniers, Alzaga e incluso Pueyrredón –las tres grandes figuras del momento– eran hombres prácticos y hasta cierto punto opacos, a quienes las circunstancias colocaron en posiciones que jamás hubieran soñado (o siquiera deseado) ocupar. Dudo de que tuvieran una comprensión global, aun cuando fuera errónea, del proceso que les tocó vivir y liderar. Esto no debe sorprender a nadie, pues dista de ser excepcional en la historia argentina e iberoamericana. Tal vez los testimonios más elocuentes que disponemos –al menos en función de mi tesis– sean los informes y los argumentos esgrimidos para su defensa por los jefes y oficiales ingleses.
Esa conciencia nacional naciente, adormecida antes por el ritmo provinciano de la colonia, adopta el carácter del amor a la patria, a la tierra donde se reside o se ha nacido, incluidas las creencias de todo tipo, especialmente religiosas, los usos y costumbres, en fin, el modo entero de llevar la vida, para utilizar la magnífica expresión de Max Weber. El punto de partida es aquí el contraste con el otro. Quizá no sea la mejor manera de forjar una conciencia nacional; seguro, es la más frecuente.
Esta conciencia nacional naciente, este descubrimiento de la identidad cultural, ¿sobrepasan la región rioplatense? Todo hace pensar que sí. Las fuerzas que Sobremonte estaba organizando en el interior del país y la imposibilidad que manifiestan los ingleses de internarse en él así lo indican.
En cierta forma, más allá de los registros escritos, llaman la atención dos cosas. En primer lugar, además del coraje, la unanimidad con que la población enfrenta las invasiones, sin diferencias de condición social o siquiera entre criollos y españoles, que sólo saldrán a la luz tiempo después. Dice Whitelocke en su proceso: “No hay un solo ejemplo en la historia, me atrevo a decir, que pueda igualarse a lo ocurrido en Buenos Aires, donde, sin exageración, todos los habitantes, libres o esclavos, combatieron con una resolución y una pertinacia que no podía esperarse ni del entusiasmo religioso o patriótico, ni del odio más inveterado o implacable”.
Forma parte de esta unanimidad, quizás única en nuestra historia, la escasísima cantidad de traidores. Fuera de eclesiásticos y funcionarios, obligados a hacerlo, sólo juró fidelidad a Jorge III, ante Beresford, medio centenar de personas. Existe un mito autodenigratorio –estamos llenos de ellos– según el cual la Revolución de Mayo se realizó con el propósito exclusivo de obtener la libertad de comercio que, en los hechos, significaba el comercio libre con Inglaterra. De ser así, no se entiende por qué los habitantes de Buenos Aires no acogieron con los brazos abiertos a los invasores británicos, ya que estos garantizaban esa libertad, así como también el respeto a la propiedad y la práctica de las propias creencias religiosas (libertad de culto).
Sin embargo, a mi argumento puede aponérsele una objeción. Buena parte de los ingleses pensaban, y así lo expresan, que si hubieran otorgado al virreinato una independencia a lo Miranda (que fracasaba por esos días en Venezuela), la población habría visto con otros ojos la presencia inglesa, ya que disconformismos con la metrópoli española no faltaban. Pero la independencia de las colonias hispanoamericanas es un proceso largo y muy complejo, para cuya cabal comprensión no cabe abstraer de la invasión napoleónica a España, las expectativas que despertó en la Península Fernando VII, el desfase temporal y el poco o distorsionado entendimiento de la fluyente situación europea de esos años en estas tierras y, por sobre todas las cosas, las viejas doctrinas de la soberanía de Suárez y Vitoria. Por los años 1806-1807 no existían en el Plata ideas independentistas como bastante después se configuraron; ni siquiera en el pequeño núcleo de los ilustrados.
Lo que en segundo lugar llama la atención es la capacidad de organización político-militar del conjunto del pueblo, que en poquísimo tiempo logró pasar de una casi inexistente fuerza armada a un ejército capaz de combatir, en la segunda invasión, a un poderoso contingente de doce mil hombres instruidos, pertrechados convenientemente y muy superiores en armamento. Para otorgar a esto su verdadera dimensión, hay que terminar con otro mito autodenigratorio que sostiene que las Invasiones Inglesas fueron una “aventurilla” de segundo orden, en la cual los ingleses no pusieron mayor empeño. Algo de ello podría, acaso, aducirse respecto de la primera invasión; jamás, respecto de la segunda.
Se ha querido a veces ver la clave de la reacción en el factor humillación: apenas mil seiscientos hombres que tomaban, casi sin resistencia, la capital del virreinato. Manuel Belgrano y Mariano Moreno testimonian en este sentido. Pero el sentimiento de humillación o vergüenza colectiva presupone la existencia de lo común, de sentirse parte de una misma cosa, diferente de otra.
Unanimidad y organización: en estrecho vínculo con ambos fenómenos se encuentra la experiencia de autonomía, de autodeterminación, posibilitada por la defección de la autoridad virreinal y protagonizada por el conjunto del pueblo. Con miras a los sucesos posteriores, esta experiencia me parece más importante que los textos e ideas manejados todavía bastante torpemente por los ilustrados: ni economía, ni las lecturas de Locke, Adam Smith o Rousseau. La historia no la hacen la economía o las ideas sino la experiencia y reflexión de los hombres. La extraordinaria energía desplegada por Liniers y, sobre todo, por Alzaga sólo es comprensible en función del goce de la autonomía, goce exquisito, cuya capacidad de apreciar hemos perdido los argentinos hace mucho tiempo para sustituirlo por tristes actitudes simiescas, como señaló allá por los años veinte del siglo pasado Alejandro Korn.






