
El difícil equilibrio de la globalización
Por Julio Crespo
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PRONTO se cumplirá un año del comienzo de la crisis financiera del Asia oriental y no es posible anticipar cuándo tocará fondo. Desde que la caída de la moneda de Tailandia inició una serie de bruscas devaluaciones en la región, los problemas de esos países fueron manifestándose en estratos cada vez más profundos. Economías que hasta ese momento habían sido propuestas como modelos de desarrollo sostenido pasaron a ser ejemplo de males que deben evitarse: protección de empresas ineficientes, clientelismo, endeudamiento irresponsable, exceso de especulación, inflación del mercado de inmuebles. Consecuentemente, los sistemas políticos fueron estigmatizados por amparar la corrupción y hacer crecer el gasto del Estado. La globalización imponía nuevas reglas de juego incompatibles con el viejo sistema. El mundo entero siguió con ansiedad un proceso que desató un masivo desplazamiento de capitales hacia los puertos más seguros de Europa y América del Norte y provocó bajas e inestabilidad en los mercados de países en desarrollo.
La respuesta fundamental
Esa ansiedad se convierte en alarma ahora que la crisis se hace evidente en Japón y que la caída del yen provoca temor de una posible devaluación de la moneda china, que podría arrastrar al dólar de Hong Kong y precipitar nuevamente a las otras divisas de la región. Esta semana, la recuperación del yen después de que el Tesoro de los Estados Unidos corrió en su auxilio dio una sensación de alivio transitorio. Pero, como el secretario del Tesoro Robert E. Rubin señaló esta semana, "la respuesta fundamental a los problemas fundamentales es la política económica". En otras palabras, el yen se fortalecerá si la economía japonesa se fortalece.
Y la palabra fortalecer adquiere ahora un significado diferente, tal vez del que podía tener una década atrás. No se trata solamente de adoptar políticas a las que los japoneses siempre han mostrado cierta renuencia, como estimular la demanda interna, o tomar medidas de saneamiento financiero como disponer el cierre de bancos insolventes. Las reformas que ahora parecen necesarias comprometen aspectos esenciales de lo que se conoce como el modelo japonés. Esto estaría indicando la imposibilidad de mantener un modelo alternativo en un mundo globalizado.
El llamado modelo japonés estaba basado en la estrecha vinculación entre el gobierno, las grandes compañías y los bancos que mantenían un sistema de protección frente a la competencia extranjera y los reclamos de los accionistas. Esto permitía hacer planes e inversiones a largo plazo. Los precios se mantenían estables mientras el valor de los inmuebles y de las acciones aumentaban espectacularmente. Hasta que en 1990 esos valores comenzaron a caer y se inició un período de estancamiento, que se acentuó a partir de 1997, desde que el gobierno aumentó los impuestos. Los bancos que, bajo tutela del gobierno, habían mantenido el funcionamiento de compañías ineficientes, se encontraron con deudas incobrables. Esto afecto el funcionamiento de toda la economía.
En abril último el índice de desempleo llegó al 4,1 por ciento. La proporción sería considerada irrisoria en los países europeos en que se mide con dos dígitos o aun en los Estados Unidos, donde el índice actual, 5,3%, es el más bajo de los treinta años. Pero en Japón es la más alta desde la posguerra. Y la perspectiva de que siga aumentando toca un punto fundamental en una sociedad en la que hasta hoy la seguridad en el empleo se consideraba una garantía.
El aumento del desempleo aparece ahora como una consecuencia de la recesión, oficialmente reconocida. Y esa recesión no podrá sino agravarse a menos que Japón abandone algunos rasgos de su modelo, lo cual, al menos por un tiempo, significará un mayor incremento del desempleo.
Un reclamo de optimismo
La visita en estos días a Tokio del subsecretario del Tesoro Lawrence Summers, para evaluar la situación del yen con las autoridades japonesas, no fue suficiente para frenar la suba y la baja en los mercados asiáticos. Hay bastante escepticismo con respecto a la firmeza con que el gobierno del primer ministro Ryutaro Hashimoto está dispuesto a adoptar las medidas que se consideran imprescindibles con respecto a los bancos, sobre todo antes de las elecciones del próximo 12 de julio. "Confíen en mí, por favor", es el mantra que Hashimoto repite al final de los discursos en que explica cómo va a hacer revivir la fatigada economía japonesa.
Nadie parece tener demasiada confianza. El optimismo del primer ministro se ve contrarrestado por algunos economistas que anticipan para los próximos doce meses una retracción del 1% de la economía y predicen que la recesión no terminará antes de marzo del 2001.
Pero el diagnóstico de los males no puede hacer olvidar la fundamental robustez del enfermo. Japón es la segunda economía del mundo y su ingreso per cápita era, al menos antes de las últimas devaluaciones, más alto que el de los Estados Unidos. Su índice de ahorro es muy alto y sus reservas le aseguran la posibilidad de efectuar las reformas necesarias sin que el nivel de vida de sus habitantes se vea afectado de manera drástica. Sólo falta hasta ahora la voluntad política.
Diferente es la situación de otros países asiáticos que dependen de la asistencia internacional y de la aplicación de severos programas y a los que un agravamiento de la crisis forzaría a mayores sacrificios. Y más allá de los límites de la región, otros países están pendientes de la manera en que la prolongada tormenta del Asia está amenazando sus economías.





