El dinero visto como una forma de energía
En un país que, según la definición ortodoxa, tiene una moneda a medias, de lo que más hablamos es de dinero. Es lógico. Es, en un punto, catártico. Cuando era chico, y eso fue hace mucho tiempo, un juego mental muy común –y si uno lo piensa, muy enajenado– era imaginar qué harías si tuvieras un millón de dólares. Dólares, sí, medio siglo atrás.
A los 21 años, porque ya era mayor de edad y escribir me demandaba una concentración que en casa me era imposible obtener, decidí irme a vivir solo. En el medio pasaron cosas (una guerra, por ejemplo) y el proyecto se postergó un poco. Pero, días más, días menos, sabía dos cosas: que tenía que prescindir de la ayuda familiar (si no, era un independizarse de mentirita) y cambiar mi mirada del dinero. La plata poseía demasiada mística para apostar todos mis ahorros e irme a vivir solo.
Me hice entonces una pregunta muy simple. ¿Qué es el dinero? ¿Qué es ganarlo? ¿Qué es gastarlo?
Tras mucho darle vueltas al asunto, mientras preparaba mi despegue del nido original, me desperté un día con una idea reveladora. Me senté en la cama, esa mañana, y me dije:
–El dinero es energía. Solo eso.
Esperen, doctores en economía. Por supuesto que todo sería mucho más simple si el dinero y la energía se rigieran según las mismas leyes. Pero cuando me independizara iba a encontrarme dentro de un sistema cerrado con una cantidad equis de energía que debía alcanzarme para mantener en marcha varios procesos indispensables (el alquiler, la alimentación, los viáticos). Entre esos procesos había uno clave: producir más dinero. Era como un motor. La cuestión no era que anduviera lento, sino que se detuviese.
Desde entonces (y hasta hoy) siempre consideré el dinero como una forma de energía. Así, muchas prácticas que ya había incorporado quedaron dentro de un marco teórico más amplio. Por ejemplo, siempre había sido muy austero. ¿Qué hace uno con la energía? No la derrocha. Ni siquiera si le sobra. Hay algo respecto de la energía que los seres vivos sabemos de forma instintiva: gastarla sin sentido es anómalo. Los gatos duermen 16 horas por día por una razón muy sencilla: son eximios cazadores. No duermen mucho, en realidad, sino que ahorran energía. Pero había algo más. El dinero, al ser colocado en la misma categoría que, digamos, la electricidad, perdía toda esa mística que la Argentina y sus devaluaciones le conferían. Quiero decir, es casi mágico que de pronto se evaporen varios ceros de los billetes. Con la energía eso no pasa. Ni podría pasar.
Así, cuando ocurrían los accidentes económicos que son casi inevitables cuando te vas a vivir solo, me daba cuenta de que, igual que la electricidad, si el flujo de dinero se interrumpía, era un desastre. Ese proceso pasó a tener prioridad uno. Pero, viceversa, cuando el flujo de dinero se mantenía estable, no me la pasaba encendiendo las lamparitas de la casa para mostrar que tenía un montón de electricidad. Suena loco, pero veo que muchas celebridades hacen exactamente eso: exhiben dinero. O sea, exhiben electricidad.
Hubo momentos complicados en los que, por ejemplo, iba a trabajar caminando, desde Floresta hasta la Plaza San Martín, no solo para ahorrarme los viáticos, sino también porque la prioridad era mantener la usina en marcha. Por otro lado, era más eficiente y saludable caminar que tomar un colectivo. Había leído que Bach hacía lo mismo, cuando le salía un trabajo en una ciudad lejana, y Bach siempre fue mi ídolo.
Colocado el dinero dentro de la definición de energía, muchas cuestiones se aclararon, desde las complejidades del ahorro hasta las inversiones. Sobre todo, entendí algo básico y elemental que, lamentablemente, seguimos sin ver como Nación: no podés gastar más energía que la que hay disponible. Primera ley de la termodinámica. No podés burlarla. O sea, sí, podés, pero las consecuencias tienen nombres temibles y bien conocidos. Están a la vista.









