El efecto Bolsonaro en el conurbano

Daniel Bilotta
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15 de noviembre de 2018  • 00:55

Es notable la influencia de Jair Bolsonaro en la Argentina. Falta todavía poco más de un mes para que asuma el cargo de Presidente en Brasil y con las primeras medidas que adopte se sabrá hasta dónde coincidirá el discurso nacionalista de aparente carácter anti político, que utilizó en la campaña electoral, con los actos de gobierno. Mientras tanto, aquí el debate se agita en torno al poder persuasivo de una semiótica con otros ejemplos mundiales. Particularmente los Estados Unidos y en países de Europa.

Tal vez el efecto menos esperado de la globalización en los años 90. Si la supresión del arco de fronteras que va de las aduaneras a las ideológicas fue presentada como el atributo de este fenómeno, su contracara es la universalización de las fallas estructurales: corrupción, inseguridad, desigualdad de oportunidades, pobreza y desempleo. La adhesión de ciudadanos pertenecientes a diversos segmentos sociales que tuvieron en común haber padecido alguno de estos perjuicios dio forma a la heterogénea base electoral que eligió a Bolsonaro.

Un rasgo que despierta entusiasmo en la oposición. Menos vergonzante en Alfredo Olmedo que en Miguel Ángel Pichetto por citar dos ejemplos. Al diputado salteño no lo amilana asumir controvertidas posiciones de derecha. Algo poco bien visto desde cierta corrección política a partir del esclarecimiento de los episodios más oscuros de la dictadura militar: ascenso al poder favorecido por la lucha facciosa en el peronismo, siempre remiso a cualquier autocrítica sobre ese sensible momento de la historia. Como el resto de la primera línea del PJ, el senador rionegrino no escapa a ese estándar.

Pero la expectativa de cubrir esa vacancia electoral con una oferta por ahora incierta, se basa en datos recogidos por trabajos de campo en el Gran Buenos Aires. Aunque con mayor énfasis en la Tercera Sección Electoral. La región donde reside y vota un tercio del total de electores en la provincia de Buenos Aires. Algo así como casi cuatro millones y medio de personas. No hay perspectiva electoral para un proyecto presidencial si no se contempla el interés de esa masa crítica.

Para los usos y costumbres de una gran metrópoli, esa demanda podría revelar el apego al orden conservador impuesto por el peronismo desde 1987 pero profundizado por los caudillos llamados a renovar sus prácticas 30 años después, surfeando en la ola del ex presidente Néstor Kirchner. Como cualquier creencia tomada por verdad absoluta, depende de la fe que se deposite en ella. Pero también del prejuicio. Lo elemental del pliego de condiciones para satisfacerla puede llamar a engaño.

Seguridad

Según la consultora 3.0 de Shila Vinker, las palabras progreso y orden condensan las principales aspiraciones en el Conurbano pero particularmente en el segundo y tercer cordón. Sugestiva curiosidad: invertidas, aparecen en la esfera azul del centro de la bandera de Brasil. En un trabajo iniciado en tres municipios del sudeste en diciembre del 2017, pero luego extendido a toda la Tercera Sección, Vinker indagó entre la población joven (16/29 años) acerca de preocupaciones en el presente y del futuro.

Acceso a una educación que capacite para obtener empleo y garantías de acceder a uno, fueron los contenidos atribuidos a esa consigna por siete de cada diez consultados. La seguridad resultó otro tópico importante: el 50 por ciento la estimó un valor a conquistar. Ya no solo por los jóvenes. También para la franja de entre 40 y 50 años. A una resolución favorable en este tema, las dos franjas asociaron la probabilidad de un mejor uso de los espacios públicos como zona de recreación. En especial, parques y paseos.

Con estos datos, la adhesión de los jóvenes a las propuestas de Bolsonaro para combatir el delito y el crimen resulta menos sorprendente. Sobre todo en ciudades como Río de Janeiro con una alta tasa de asesinatos, atribuidos a la actividad desarrollada por el narcotráfico. En la Argentina, es un asunto puesto en foco por las autoridades competentes. Aunque sin poder eludir el cliché de la herencia recibida del gobierno anterior.

Incluidos quienes desean cerrar el ciclo de Cristina Fernández de Kirchner, los peronistas evitan hablar de este tema si no es para criticar la gestión de Patricia Bullrich en el ministerio de Seguridad. Es probable que el estilo ampuloso de la funcionaria ofrezca flancos para calificarla de modo negativo. Así y todo, es la más ponderada del gabinete por la opinión pública. Y es por lo que se especula con su participación en la fórmula presidencial si Mauricio Macri intenta ser reelecto.

Un rumor similar alude a Cristian Ritondo en la provincia de Buenos Aires. Quienes lo echan a rodar, parten del supuesto que María Eugenia Vidal podría apelar al ministro de Seguridad si el margen para repetir otro mandato fuese más estrecho del que ahora le asignan los sondeos. Ritondo tendría una ventaja adicional. La renuencia de los intendentes del PJ a poner en debate la cuestión.

Campaña

El ministerio de Seguridad ya absorbió 33 de los 81 cuerpos de policías locales creados por el decreto que Daniel Scioli firmó el 30 de junio del 2014 para localidades de más de 70 mil habitantes. De los 41 restantes, 36 corresponden al Conurbano donde encuentra una mayor resistencia que en el Interior. El argumento de Ritondo es la necesidad de centralizar la instrucción de los agentes, sostenidos en equipamientos y salarios por el gobierno bonaerense.

Tras la disminución de la presencia de fuerzas federales en sus distritos, principalmente Gendarmería, los jefes comunales reclaman retener a la policía local bajo su mando y de respuesta más confiable que la bonaerense para atender las urgencias que la seguridad plantea a los municipios, percibida por los vecinos como la ventanilla del Estado más importante y al alcance de la mano.

Pero ni esa tensión, por ahora subterránea, es suficiente para garantizar que ocupe un lugar preponderante en la agenda de campaña. Con aspiraciones presidenciales y recorridas pautadas en el Gran Buenos Aires, Pichetto hace hincapié solo en la aparente flaccidez de la política migratoria. El senador arrastra un déficit crónico para concitar atención. Es parte del elenco estable que ocupó posiciones de poder los últimos 25 años en el sistema político.

Si uno de los factores que facilitó la llegada de Bolsonaro a la presidencia fue, precisamente, el rechazo a ese establishment en Brasil. ¿Cambiemos será capaz de postularse como fiel intérprete de ese estado emotivo del electorado que lo percibió así en el 2015? ¿Podrá persuadir a los desencantados de que lo peor ya pasó, como insisten en la intimidad algunos funcionarios? ¿Hallará el peronismo a la figura de consenso y a la vez disociada de su historia reciente para capitalizar este momento?

La globalización de los problemas locales es cada vez más visible. Lo mismo que un estado de disposición en la opinión pública que deja la puerta abierta a un dirigente en condiciones de procesar esa expectativa. ¿Saldrá de los suburbios bonaerenses un émulo de Bolsonaro? Es otro interrogante que todavía no tiene respuesta.

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