El espectador profesional
Conozco a cinemaníacos, teatromaníacos, operómanos, balletómanos, “drogadependientes” de la música culta y la popular. No me refiero a quienes pueden entrar en esas clasificaciones y, a la vez, son profesionales rentados de algunas de las actividades a las que son adictos; por ejemplo, directores, actores, críticos, compositores, etcétera. Me refiero a los que son espectadores puros, que pagan por sus entradas y no ganan un centavo con su asistencia a un show; son los seres cuyas vidas dependen de las creaciones que otros hacen. En ese sentido, podría llamárselos “espectadores profesionales”: sus vidas serían invivibles sin contemplar, sin emocionarse, sin estar en una sala teatral, de cine, ópera, conciertos, o pegados a una pantalla o a una radio.
Entre los musicómanos, podría mencionar a dos amigos, Mario Orione y Alicia Ferreirós; entre los cinéfilos a dos personas que encontraba en las colas de los cines: Juan Carlos Buchmann y el recientemente fallecido Osvaldo Roygt que, antes de morir, me hizo una copia de un título inhallable y le encargó a Buchmann que me lo hiciera llegar. Era el recóndito film de culto, Rosaura a las diez, de Mario Soffici.
Esos “cautivos” de distintas artes y géneros, están consagrados a uno, dos o tres tipos de espectáculos. Pero hay en Buenos Aires un gran profesional de la butaca, probablemente uno de los poquísimos espectadores puros que ve “todo”: cine mudo, parlante, teatro de prosa, comedia musical, zarzuela, ópera, recitales de virtuosos, cantantes de música culta o popular y todo lo que pueda agregarse. Jorge Quintana es un gran amigo, excompañero del Nacional Buenos Aires. Se gana la vida como un distinguido abogado, pero lo que nutre su corazón desde la niñez son los espectáculos y la música. De chico, Jorge, vivía en la calle Lavalle, cuando Lavalle era la calle de los cines. Iba a ver películas dos o tres veces por semana. A los diez años, se consagró de enero a diciembre a ser cazador de autógrafos. Desarrollaba sus cazas solo. En los estrenos, las estrellas se quedaban asombradas frente a ese chico de pantalón corto que pedía una firma. Nadie se la negaba.
En una ocasión, vio bajar de un taxi a la hermosa Diana Maggi, frente a un teatro de revistas donde trabajaba. De los brazos y manos de la vedette colgaban incontables paquetes. Jorge le ofreció ayuda. Ella aceptó agradecidísima, lo hizo entrar no sólo al teatro, sino a su camarín y le firmó un autógrafo. Cuando por radio entrevistaban a Mirtha Legrand, Zully Moreno, Laura Hidalgo, Malisa Zini o Elsa Daniel, Jorge esperaba en la puerta de la emisora la salida de las divas, papel y bolígrafo en mano.
Desde el hogar de los Quintana partieron numerosas cartas a los estudios de Hollywood pidiendo fotografías de Elizabeth Taylor, Ava Gardner, Rita Hayworth… La Metro se las enviaba. Ya en el secundario, Jorge no se perdió ninguna película de Bergman, Fellini, Visconti, Antonioni, Buñuel, Kurosawa, la nouvelle vague… Poco a poco fue ampliando su horizonte: al cine y al teatro, le sumó la ópera y el ballet. Hacía cola en la salida de artistas del Teatro Colón para saludar y pedir autógrafos a Antonieta Stella, Anna Moffo, Victoria de los Ángeles, Rudolf Nureyev y Maya Plisetskaya, entre otros.
Su memoria, como la de Funes el memorioso, de Borges, recuerda todo lo que vio. Cuando come con sus amigos Jorge Fernández Díaz y Verónica Chiaravalli, los dos Jorges pasan horas recordando actores, directores, películas de aventuras y de cowboys.
Desde chico, a Quintana le gusta salir de los cines cuando ya ha caído el sol. Me confió: “Los espectáculos son un refugio. Protegen de la realidad. La noche esconde el dolor de lo real”. Hay algo en este “espectador profesional” (y quizá en todos sus “colegas”) de Tom Wingfield, el personaje de El zoo de cristal, de Tennessee Williams, que, ante cualquier conflicto, se va al cine.
Lo que más me asombra en el caso de Jorge es cómo hoy, convertido en un refinado conocedor y perdida la ingenuidad, conserva en la madurez la frescura de la niñez para ver, por ejemplo, películas de superhéroes. Al mismo tiempo, disfruta y analiza las obras más complejas, cuyo público está integrado por entendidos como él Cambia de mirada en cada ocasión para adoptar la estética y el propósito de cada obra. El humor y la ironía le sirven de bisagra. Su curiosidad y su sentido crítico afilado están ilesos. Se deleita con El fantasma de la ópera, de Andrew Lloyd Weber, y se abisma en la angustia de Wozzeck o de Lulu, de Alban Berg. Ama el canto de Lolita Torres y Marilyn Monroe, así como el de Joyce DiDonato, Renée Fleming, Callas o Tebaldi. Cada una reina de su lugar.
Happy end! Jorge se reconcilió con la realidad después de celebrar su boda con la vida de un espectador profesional.







