
El factor vicepresidente
Por Pacho O Donnell Para LA NACION
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El voto de Cobos puso sobre el tapete la abigarrada historia de desencuentros entre nuestros presidentes y vicepresidentes.
Suele decirse que el papel de los vicepresidentes es ambiguo, poco relevante, y que es ésa la causa de los frecuentes conflictos. Sin embargo, en mi criterio la razón está en que todo político -¿todo ciudadano?- ansía ser presidente y en que en la fantasía (o en la realidad) del vicepresidente lo único que se interpone entre él y su acuciante anhelo es el presidente.
El dos siempre quiere ser el uno, también en los clubes de barrio o en los consorcios. Esto suele ser alentado, además, por conspiradores que susurran al oído del vicepresidente tentadores cantos de sirena que a veces se hicieron realidad.
Con alguna libertad, podría decirse que el primer conflicto entre un presidente y su segundo surgió ya en la Junta de Mayo, con la disputa entre Cornelio Saavedra y Mariano Moreno, que se definió con la victoria política del primero y el exilio y muerte del segundo.
Lograda la Organización Nacional, el conflicto latente entre Miguel Juárez Celman y su vicepresidente, Carlos Pellegrini, se hizo manifiesto a raíz de la revolución de 1890, liderada por Leandro N. Alem y el general Manuel Campos. El senador juarista Manuel Pizarro fue certero al definir la situación: "La sublevación ha fracasado, pero el gobierno está muerto". Acusado de corrupción, Juárez Celman renunció. Fue, entonces, el turno de Pellegrini, quien había sido activo en la demolición del político cordobés.
Cuando terminaba el período presidencial de Pellegrini, hubo que decidir su sucesión. Se juntaron entonces Mitre, Roca y el propio Pellegrini y, deseando cortar el camino a la presidencia del carismático Roque Sáenz Peña, le ofrecieron la candidatura al padre, Luis Saenz Peña, setentón ya alejado de los asuntos públicos. El aceptó.
Su vicepresidente sería José Evaristo Uriburu, que completaba una estrategia dirigida para que al cabo de los seis años Roca volviera al gobierno. No hubo que esperar tanto, porque don Luis renunció antes de concluir su período, harto del cepo a que era sometido.
Otros vicepresidentes que llegaron a la primera magistratura fueron José Figueroa Alcorta, por muerte de Manuel Quintana; Victorino de la Plaza, por muerte de Roque Sáenz Peña; Ramón Castillo, debido a la renuncia de Roberto Ortiz, por enfermedad y por acoso de los adeptos a su vice. Edelmiro Farell desalojaría a Pedro Ramírez y, su vez, sería relevado por Juan Perón.
El astuto Perón siempre tuvo claro el peligro de los vicepresidentes con poder, prestigio o personalidad propia. Y los evitó.
Por ello, quienes lo acompañaron fueron oscuros e irrelevantes. En las elecciones de 1946, fue Hortensio Quijano, un anciano que murió rápidamente. Lo sucedería un anodino Alberto Tessaire. En 1973, la vicepresidenta, para desgracia de argentinas y argentinos, fue Isabelita Martínez, quien ascendería a la primera magistratura a la muerte de su esposo. Recordemos que Perón no había apoyado la candidatura a vicepresidenta de Eva Duarte.
Eduardo Lonardi fue desplazado por un golpe acaudillado por su vice, Isaac Rojas. Años más tarde, Arturo Frondizi tuvo un serio conflicto con Alejandro Gómez y lo obligó a renunciar.
En tiempos recientes, se conoció la mala relación entre Alfonsín y Víctor Martínez, que llegó al fin del período a costa de invisibilizarse y a quien no se le permitió asumir cuando renunció Alfonsín.
También sabemos que Menem se desprendió de sus dos vicepresidentes, Duhalde y Ruckauf, ungiéndolos como gobernadores de la provincia de Buenos Aires. Y que Chacho Alvarez precipitó el fin del calamitoso gobierno de De la Rúa con su renuncia.






