
El fin de la convertibilidad: la Argentina hoy y Estados Unidos en 1933
Por Roberto Cortés Conde Para LA NACION
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No son muchos, hoy, los que vivieron la experiencia de la depresión de los años 30, y menos los que recuerdan cómo Estados Unidos pudo salir de una de las peores crisis de su historia. Ha quedado en la memoria que fue un gran presidente, Franklin D. Roosevelt, el que la combatió con audaces medidas que permitieron salir de la crisis y hacer crecer la economía. También hoy, en la intensidad del drama argentino, muchos, recordando el ejemplo de Roosevelt al devaluar el dólar, propiciaron el abandono de la convertibilidad y la devaluación del peso como medios para salir de la larga recesión. Coincidencias parciales en estos ejemplos históricos pueden llevar a interpretaciones equivocadas. Esto explica por qué, en las condiciones de los Estados Unidos de 1930, la devaluación y las medidas coincidentes tuvieron éxito, y por qué en la Argentina actual, no.
Algunos remontan las causas de la crisis del 30 a las perturbaciones que la Grand Guerre había producido en el comercio mundial y en los regímenes monetarios y fiscales. La fuerte recuperación económica de la posguerra condujo, en la década del 20, a una sobreproducción agrícola y de materias primas que provocó la baja de los precios y desató reacciones proteccionistas que no hicieron más que agravar la situación. Para mantener el comercio, Estados Unidos puso en práctica una política de dinero barato que llevó a la salida de capitales y alentó una burbuja especulativa. Luego, para revertirla (ya que amenazaba sus reservas de oro), subió la tasa de interés.
La suba hizo bajar el precio de bonos que tenían los bancos en sus carteras. La sobrevaluación de sus activos, que podían registrarse a su valor nominal y no de mercado, los colocó en una situación expuesta, agravada en los bancos regionales de reserva, que habían descontado préstamos a millones de agricultores, cuya situación patrimonial era precaria. En octubre de 1929 se produjo el crac de la Bolsa. De septiembre a octubre los valores cayeron más del 50 por ciento. Esto provocó una baja de los ingresos de la población que incidió en la economía en su conjunto.
Las crisis bancarias
La primera crisis bancaria, de octubre de 1930, se desató por un retiro de depósitos. La corrida provocó la quiebra de bancos en distintos estados y rápidamente se extendió a más de 500, entre ellos el mayor banco comercial, el Banco de los Estados Unidos en Nueva York. No duró demasiado, ya que en el primer trimestre de 1931 empezaron a aumentar los depósitos. La segunda ocurrió como respuesta a la crisis europea, que afectó primero a Austria y luego a Alemania (en donde se impuso el control de cambio), y se extendió a Gran Bretaña con una fuerte presión sobre la libra, que llevó a su gobierno, en septiembre de 1931, a abandonar el patrón oro.
Los europeos esperaban que Estados Unidos siguiese a Gran Bretaña abandonando la convertibilidad, por lo que querían librarse de sus tenencias en dólares. Esto produjo una salida de reservas, por lo que la Reserva Federal subió la tasa de interés, medida que supuestamente agravó la deflación que se prolongaba desde 1929. Como la Reserva Federal no emitió, los bancos debieron vender activos para hacerse de efectivo, lo que provocó la caída de sus valores y llevó a la suspensión de pagos en muchos de ellos. La situación mejoró circunstancialmente cuando la Reserva Federal emitió y compró títulos del gobierno, cosa que poco después dejó de hacer, preocupada por mantener el valor de la moneda.
La tercera crisis comenzó con las expectativas que, en el largo interregno entre la elección de Roosevelt y su asunción, despertaron los rumores de una devaluación. La corrida de los depositantes afectó las reservas en Nueva York y la Reserva Federal solicitó al presidente un feriado bancario, que éste decretó en marzo, al asumir su cargo.
En marzo también, el Congreso concedió al presidente facultades extraordinarias para intervenir en asuntos monetarios y bancarios, suspender los pagos e incautarse de todas las tenencias de oro y sus envíos al exterior. Por una orden ejecutiva se declararon ilegales las transacciones y las tenencias en oro. El 13 de marzo el presidente decidió la reapertura de los bancos. La cuarta parte de ellos quedaron sin licencia para operar. Esto dejó indisponible un tercio de los depósitos. Los bancos autorizados a reabrir quedaron con una situación patrimonial sana. En abril, el senador Thomas propuso una enmienda a un proyecto de ayuda a la agricultura, en la que, entre otras cosas, se autorizaba a la Reserva Federal a emitir 3000 millones de dólares, más allá de la reserva legal, y a la Tesorería a hacerlo por otra suma igual. Se compensó la caída de depósitos con emisión de dinero.
El New Deal
La enmienda, hecha ley en mayo, también autorizaba al presidente a reducir el valor del contenido del dólar oro hasta un 50 por ciento, buscando con esto aumentar los precios de las commodities . Se dispuso que todas las obligaciones en oro se pasaran a dólares, decisión que fue sostenida por la Corte Suprema para las transacciones entre particulares pero declarada inconstitucional para las del propio gobierno. La Corte añadió, sin embargo, que sólo se admitirían reclamos si se probaba que la conversión había hecho perder poder adquisitivo a los créditos. En medio de la gran baja de precios, eso no ocurrió y las demandas no prosperaron.
Se inició un período de flotación en que el gobierno emitió dinero para comprar oro y bajar el valor del dólar y así subir los precios. La revaluación de las reservas de oro produjo un beneficio que fue a un fondo de estabilización y sirvió al gobierno para aumentar la emisión. Con un sistema financiero que, tras las crisis, había quedado con los bancos que reabrieron sanos, se revirtieron las expectativas deflacionarias y se generó un clima de confianza que consolidó la expansión. La Reconstruction Financial Corporation (RFC) tuvo un papel no desdeñable al conceder préstamos a bancos en dificultades.
Las reformas del sistema financiero fueron importantes, aunque no tanto como las arriba mencionadas. Consistieron en la nueva Ley de Bancos (Glass Steegall), que dividió (para evitar colusiones) la banca en comercial y de inversión, y otra que creó un Fondo de Seguros de Depósitos (FDIC). La recuperación fue impulsada por la recomposición de inventarios que habían quedado bajísimos. El índice de producción industrial, que en marzo de 1933 estaba en 60, alcanzó el 100 en julio de ese mismo año. Con mejores precios, la situación de la agricultura había mejorado, y por ende la de los bancos que tenían en sus activos préstamos a agricultores.
Una de las medidas más conocidas del New Deal , la Ley de Reconstrucción Industrial (NIRA), fue quizá la que finalmente menos influyó en la recuperación. La NIRA impuso controles a la producción con códigos específicos, buscando regular las relaciones de trabajo. Apoyada al principio por sectores industriales que buscaban la protección, fue luego resistida debido al poder que ganaron los sindicatos. Estos obtuvieron aumentos salariales, que mejoraron la distribución del ingreso pero no evitaron que la desocupación se mantuviera en niveles muy altos hasta la Segunda Guerra Mundial.
La devaluación buscó revertir la tendencia deflacionista de los precios, lo que en Estados Unidos se logró mediante las compras de oro con emisión que depreciaron el dólar hasta llegar en 1934 a un nuevo cambio fijo con un valor 50 por ciento por debajo del de 1933. A la vez, permitió emitir sin guardar los límites de las reservas de oro y expandir el gasto del gobierno. Esto se pudo hacer en un marco de solvencia fiscal y estabilidad monetaria, ya que no se temía que las compras de oro y la emisión arrastraran al público a la huida del dinero local (al oro u otra divisa, que es lo que había pasado en Alemania en los años 20) y de saneamiento del sistema financiero, tras el cierre de una cuarta parte de los bancos y la reapertura de los restantes en 1933.
Dos casos diferentes
La cartera de los bancos estaba compuesta principalmente por valores comerciales y no fue afectada por la deuda del Estado. La eliminación de la cláusula oro en las obligaciones del gobierno (que redujo su deuda) y los contratos -medida que podría haber creado desconfianza en los mercados de capitales- tuvo lugar en Estados Unidos, donde existía un enorme mercado doméstico de capitales, y en un mundo en que no había -en medio de la crisis de los años 30- refugios más seguros.
Muy distinto es el caso de la Argentina, marcado por su propia experiencia de décadas inflacionarias. Tras sufrir una y otra vez las pérdidas de capital de las devaluaciones, el público prácticamente había sustituido la moneda local por el dólar. La convertibilidad fue un último recurso para restaurar confianza en el sistema monetario y financiero, al aceptar el dólar en los depósitos y su conversión uno a uno. Cuando la devaluación del peso se extendió a la del dólar como moneda de cuenta (en la que estaban expresada la mayoría de los depósitos y obligaciones), se repudió la confianza que el público había depositado, y se provocó una severa crisis en la moneda, en el sistema financiero (que además quedó con títulos públicos inmovilizados) y en todos los contratos.
Como debido a eso la gente pareció huir del dinero doméstico, el Gobierno dispuso la indisponibilidad de los depósitos (el corralito ampliado) por temor a que, convertidos en efectivo, fueran a comprar dólares y provocaran una hiperinflación, con lo que se produciría una brutal contracción monetaria. En vez de una expansión monetaria y una moderada suba de precios para salir de la deflación, el resultado fue una contracción. Esto provocó la fuerte caída de la actividad económica y es contradictorio con el objetivo de la devaluación. Finalmente ésta, en la forma discrecional en que se implementó, tampoco resolvió el problema de la solvencia fiscal sino que lo agravó.






