
El fracaso del proyecto centralista
Por Antonio María Hernández (h.) Para LA NACION
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Los recientes informes sobre desarrollo humano de las Naciones Unidas y del Instituto de Investigaciones de la Bolsa de Comercio de Córdoba han coincidido en su diagnóstico sobre los graves problemas de desigualdad, injusticia, falta de equidad y desintegración, ocasionados entre otras causas, por la extrema centralización del país. como demostración de las diferencias en relación con el territorio, basta observar los índices de desarrollo humano contenidos en el primero de los informes, que en el caso de Formosa, como punto más bajo, alcanzan a 0,156 y que en el caso de la ciudad de Buenos Aires, como punto más alto, llegan a 0,867, esto es, casi seis veces más.
Se han confirmado los peligros y males que desde el siglo XIX señalaron, entre otros, Juan Bautista Alberdi en sus Bases , al oponerse a la capitalización de Buenos Aires; Domingo Faustino Sarmiento en Argirópolis , y Leandro Alem en su famosa profecía del 80, en el debate sobre la federalización de la ciudad de Buenos Aires. Ya en el siglo XX, Ezequiel Martínez Estrada nos habló de "la cabeza de Goliath" y más recientemente Félix Luna, en su libro Buenos Aires y el país , sostuvo que éste es un problema estructural no resuelto que atraviesa toda nuestra historia.
Este fenómemo notable de concentración, que alcanzara todos los órdenes de la vida social argentina, en torno a su capital, y que se repite en casi todas las provincias, ha sido similar al producido en otros países latinoamericanos, que desafortunadamente no han podido evitar este rasgo común a las sociedades subdesarrolladas, que presentan un inadecuado ordenamiento territorial, con marcadas asimetrías.
El proceso de centralización del país en el área metropolitana de Buenos Aires, donde en menos del uno por ciento del territorio se asienta casi el 35 por ciento de la pobliación, se complementa con la circunstancia de que casi el 80 por ciento de la producción argentina se origina en un radio que apenas excede los 500 kilómetros a partir de dicha área.
Cumplir la Constitución
Para nosotros resulta claro que el federalismo como forma de Estado consagrada en la Constitución Nacional de 1853 y 1860 fue una decisión correcta para solucionar los graves problemas políticos, económicos y sociales de un país tan extenso, que necesitaba una efectiva descentralización del poder.
Pero también se hizo particularmente evidente en este aspecto la dificultosa vigencia de la Constitución, ya que en la realidad se fue imponiendo un proyecto unitarizante, de centralización del poder en el gobierno llamado federal, asentado en el puerto de Buenos Aires, que fue avanzando sobre el diseño constitucional y las autonomías provinciales, así como tampoco se respetaban las autonomías municipales. Diversos autores, entre los que se destaca Pedro J. Frías, han estudiado estos aspectos de la desfederalización sufrida por el país.
Este proceso negativo no pudo ser impedido ni siquiera por la reforma constitucional de 1994, que tuvo como una de sus ideas fuerza profundizar la descentralización del poder a través de tres grandes capítulos: el federalismo, la autonomía municipal y autonomía de la ciudad de Buenos Aires, a cuyo análisis hemos destinado un libro específico al que nos remitimos en razón de brevedad.
Nosotros vinculamos este proceso con la anomia que padecemos, como señaló Carlos Nino en su libro Un país al margen de la ley y anticipó Juan Agustín García hace años, al sostener que los argentinos teníamos un verdadero desprecio por la ley. Por eso, se incumplió el proyecto federal de la Constitución y se consolidó el proyecto centralista y unitarizante, que, como hemos observado, ha fracasado, a juzgar por sus resultados.
Esto es, entonces, lo que hay que corregir, abandonando el centralismo, en lugar de confundirse con la idea de modificar el federalismo, que ha sido bien definido en el texto de la Constitución, pero incumplido, como otros aspectos del proyecto constitucional. En consecuencia, el cambio deber apuntar a una elevación de la cultura política y jurídica que respete y asegure la fuerza normativa de la Ley Suprema y su proyecto federal.
No obstante ello, estamos convencidos de que los intentos centralistas continúan produciéndose en el país, no sólo mediante los procedimientos utilizados a lo largo del tiempo, sino mediante un proyecto mucho más grave, que persigue la eliminación o alteración de nuestra forma de Estado federal y la supresión de las autonomías provinciales y municipales, o sea, de nuestras bases constitucionales de descentralización del poder.
Se utilizan para ello los ejemplos de incorrecto ejercicio de la autonomía por parte de provincias o de gobiernos locales para hablar de provincias o municipios "inviables", cuando dichos ejemplos son la prueba más evidente de que lo que debe profundizarse es la enseñanza y práctica de una verdadera descentralización, en lugar de estas penosas realidades que son fruto de las dependencias políticas, económicas y sociales a que dio lugar el proyecto centralista.
Interpretaciones tergiversadas
Hoy se oyen análisis de economistas que señalan que la deuda provincial es causante del déficit nacional, cuando ella sólo asciende a aproximadamente 20.000 millones, frente a la del gobierno federal, que excede los 140.000 millones de dólares. De la misma manera, se quiere hacer creer que la corrupción que existe en el país es originada en algunos gobiernos provinciales y locales, mientras que el gobierno federal pareciera ser un ejemplo de probidad y estilo republicano, lo que por cierto está negado por informes como los de Transparency International.
Por eso no sorprende que algunos hayan llegado a sostener la supresión de gobiernos provinciales o municipales e incluso el cambio de nuestro sistema federal de Estado, que resulta demasiado oneroso y complicado, por uno unitario, que sería más económico y simple, aunque significaría la consolidación definitiva de las diferencias extremas entre Buenos Aires y el interior.
Asimismo, con el grado notorio de confusión que hay en el país, también se está recurriendo a otra variante para desconocer nuestro federalismo: la utilización de la regionalización como su caballo de Troya, mediante una interpretación errónea y tergiversada de la norma constitucional, que afecte sus bases desconociendo las autonomías provinciales y municipales. Se trata así de contraponer el federalismo a la regionalización, en lugar de aplicar la fórmula armónica prevista por el constituyente de 1994.
Es paradójico que, mientras el mundo más desarrollado se aferra a la descentralización y en particular al federalismo, como lo propone la nueva Constitución de Europa, en nuestro país se pretenda imponer una solución contraria, pese a su fracaso demostrado.
En definitiva, reiteramos que el camino por recorrer debe ser el que asegure la mejor descentralización del poder posible, que es el prescripto en la Constitución Nacional.





