El gato doméstico, manual de uso
Los perros son fáciles. Tienen sus bemoles –no quiero que nadie se sienta ofendido, y sería redundante sumar más grietas–, pero por algo los calificamos como nuestros mejores amigos. Su mirada es expresiva, en lugar de ausente o hipnótica, y no dudan en demostrar su alegría, sus deseos y sus inclinaciones.
Los gatos son otra historia.
En el campo teníamos no menos de diez, y me acompañaron varios simultáneamente durante toda mi vida adulta. La suma es escandalosa, lo sé, pero nutre este compendio que, imagino, le será de utilidad a los que por primera vez adoptan un gato. Ha ocurrido mucho durante la cuarentena, me dicen. Algo más de ayuda, aquí.
Los primeros tres meses de vida fundan su carácter. Si se cría a un gato en un ambiente ruidoso donde lo niños lo zamarrean y le tiran de la cola, se volverá nervioso y hostil. La sabiduría popular (que no siempre acierta) sostiene, por esto, que son taimados y traicioneros. Nada más falso. Para convertirse en compañeros confiados y amigables deben crecer en un ambiente tranquilo, donde la agresión y los ruidos sean la excepción. En esto, se nos parecen.
Creemos que los perros son obedientes, y suelen concedernos esa ilusión. Al gato, en cambio, ni siquiera le importa. Aceptémoslo, uno está a su servicio, y no al revés. El que no entiende esto, se equivocó de mascota. El perro te hará sentir que estás al mando. El gato te hará sentir que estás pintado. "Dale una orden a un gato, y él se la dará a su cola", sostiene, certero, un proverbio chino.
Eso sí, cuando quiera un mimo, vendrá a exigirlo. Es menester estar dispuesto, porque de otro modo caminará sobre la notebook mientras trabajamos o se afilará las uñas en nuestros muebles hasta que le demos el gusto. Lo mismo si tiene hambre o si quiere salir al jardín. Siete segundos después, exigirá volver a entrar, eso sí; un costo pequeño para disfrutar de su belleza, que es la misma belleza del agua o de la noche.
Aprenden a usar el baño solos, no hace falta sacarlos a pasear y se ocupan de su aseo con esmero; puesto que son cazadores, no pueden darse el lujo de que su olor los delate. Así que no, no se los baña. Salvo alguna rara excepción, no les gusta el agua, del mismo modo que no les gusta que nadie les toque la panza, excepto su humano de confianza. Parecen distantes, pero con bastante frecuencia adoptan a un miembro de la familia como propio. Sus motivos son, por supuesto, inescrutables.
Pésima idea extirparles las uñas. El porqué es largo. Simplemente, no lo hagan. Los muebles de maderas blandas y las plantas (salvo las espinosas) no se llevan bien con los gatos. Es una lección de vida. No podemos tenerlo todo.
Se sabe: llegan visitas y los gatos se evaporan. Excepto que entre los invitados haya alguien que odia a los gatos, en cuyo caso se subirán a su regazo y porfiarán en impúdicas demostraciones de afecto. Como nosotros, aman ser amados. Y no aceptan un no por respuesta. Asociados a la magia, la superstición, los fenómenos sobrenaturales y el arte, no hay bicho más rutinario que el gato.
Es, de nuevo, su gen depredador, que los convierte en refinados detectores de patrones de conducta; por eso se dan cuenta de que nos vamos de viaje con una semana de anticipación. Así, las alteraciones innecesarias en los usos y costumbres del hogar los incitan a investigar. Llamamos a esto curiosidad. Es más bien indignación. En su mundo, solo cambia de lugar lo que se come o lo que constituye una amenaza.
Sí, a no asustarse, los gatos comen pasto. Es normal, lo mismo que lo que hacen a continuación, que, por pudor, no describiré.
Son seres solitarios, pero sufren mucho la soledad. "Un gato te lleva al siguiente", escribió Hemingway, según consta en Puss in Books, un librito precioso, editado por Maria Polushkin Robbins, que compré hace mucho en New York; el título es, claro, un juego de palabras. En fin, el que tiene un gato terminará teniendo dos. Y nunca hay dos sin tres.









