
El Gran Gatsby argentino
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Conocí a Alan Faena cuando él tenía veintidós años y yo escribía crónicas banales desde Punta del Este. Crónicas como ésta, en las que uno elige huir del encantamiento que producen las tragedias para no ser tragado por la rutina del duelo permanente. El auténtico dolor no merece convertirse en una vieja mueca ya alejada de la espontaneidad del origen. Es pecado lucirse con el duelo ajeno.
La rapiña porta siempre un ataúd al hombro porque sabe, desde los griegos, que las tragedias venden. También sabe que hay que cerrar el ataúd apenas ve que el televidente bosteza o hace zapping ante el mismo muerto por el cual en imágenes anteriores sentía desconsuelo. Hay que estar atento a ese momento, aunque esta vez puede ir prolongándose.
Siempre pensé -vuelvo a la sustancia banal de la crónica- que el verano no sólo es la estación en que florecen los traseros de playa obviamente bellos, (y si no lo son, las técnicas fotográficas suplen las fallas) sino que también es la época en que suelen descollar los Gran Gatsby argentinos. Ese modelo de varón próspero y festivo, aceptablemente atractivo y provocador de situaciones sentimentales mediáticas, y a veces escandalosas, para el que acaban de crear un nuevo calificativo: metrosexual. No sé si Alan Faena debe ser incluido en este grupo, tampoco sé si responden a él, o al de Gran Gatsby, tipos humanos como Francisco de Narváez, o algunos ya desusados como Manuel Antelo y Navarro, referentes de la high society estival de los años noventa. Desconozco si deben incluirse en esta saga Huberto Roviralta, Mariano Cúneo Livarona y Guillermo Cóppola: entre ellos hay diferencias de millones, de negocios, de botines, de barrios y de amantes. El príncipe D´Aremberg fue pionero en esta clase de gloria puntaesteña. Algún brasileño Scarpa tuvo también su leyenda miliunachesca. Y políticos ya no jóvenes, que robaron para la corona, aspiraron sin suerte a integrar esa elite de fiesteros nacidos del negocio y no de la noche.
Recuerdo lo que escribí aquel 6 de enero de 1986 en el diario La Razón de la mañana: "Alan Roger Faena, un precoz diseñador que cena con Kassoghi". Por entonces era el hijo mimado del dueño de la industria textil Aslana y ya había creado su línea de moda Via Vai. Aquel mediodía en que fui a verlo a la casa de Punta Ballena, su novia Paula Cahen D´Anvers había perdido las llaves de la coupé Mercedes Benz 220 de Alan y él comentaba divertido que para poder abrir el auto había mandado a un experto a viajar desde Buenos Aires. Con la naturalidad con que cualquier chico de su edad contaba que veraneaba en San Bernardo, me contó: "Paso los veranos europeos en Saint Tropez, en mi casa de la montaña vecina a la casa de Gunther Sachs, el marido de Brigitte Bardot, y a la de Nabila Kassoghi, la hija del petrolero. Somos amigos. Ella me manda el helicóptero a recogerme a la playa y vamos juntos a las fiestas en Cannes. Cené varias veces con su padre". En aquel tiempo usaba pantalón bombacha de seda estilo árabe, con el torso desnudo. Y tenía a los pies de la cama, vasta como la de un palacio de Birmania, una cuna de bebe. Allí dormían sus dos perros galgos blancos con sendos collares de piedras preciosas. Yo entonces tenía el sueldo de un cronista y dormía en un cama turca del modesto residencial Gorlero.
Scott Fitzgerald escribió El Gran Gatsby a los veintinueve años. La historia transcurre en aquella cuantiosa era del jazz de los Estados Unidos de los años veinte. Gatsby es un joven y encantador millonario de orígenes difusos. Es el dueño de una mansión fastuosa y colmada de fiestas e invitados riquísimos. Y su espléndida vida cruza como un meteoro la vida, y se extingue rápidamente: con la misma fugacidad con que se extinguen los veranos. Lo que Fitzgerald contó no es la fiesta: sino la ruina espiritual del sueño americano.
Toda época tiene sus Gatsby. Tiene sus traseros y sus fiestas. También sus tragedias.






