El Henry James que no leímos

A un siglo de su muerte, recobramos algunas de las obras menos conocidas del escritor norteamericano, autor de clásicos como Retrato de una dama, Otra vuelta de tuerca y Las alas de la paloma
Daniel Gigena
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29 de febrero de 2016  • 11:21

Hace cien años fallecía en Londres Henry James, hijo de un matrimonio anglicano y hermano menor del filósofo William James, cuyas obras todos los admiradores de la obra del novelista estadounidense intentaron leer, a instancias de J. L. Borges, con la esperanza de encontrar indicios de la vida de su hermano: tarea vana. Borges escribió sobre Henry James varias veces. En el prólogo a un libro de su colección Biblioteca Personal –volumen que incluía nada menos que los cuentos "La vida privada", "La lección del maestro" y "La figura en la alfombra"– anotó: "Desde el principio, Henry James no ignoró que era un espectador, no un actor, de la vida. A lo largo de sus obras comprobamos que fue un espectador sutil e inventivo. Siempre creyó que los americanos eran intelectualmente inferiores a los europeos y éticamente superiores. Ensayó con desdicha el teatro; con suma felicidad la novela y el cuento. A diferencia de Conrad y de Dickens, no fue un creador de caracteres; creó situaciones deliberadamente ambiguas y complejas, capaces de indefinidas y casi infinitas lecturas". Como suele suceder, las observaciones del autor de El libro de arena podrían dar lugar a tratados sobre el arte de la ficción (de hecho, a veces los superan), pero en este caso ayudan entender el motivo por el que las obras de James son tan difíciles de adaptar al cine.

La versión cinematográfica de una novela tan compleja como Las alas de la paloma se asemeja más a una telenovela mexicana o turca o coreana que a una obra donde los ideales virtuosos de los personajes se convierten en enemigos de la felicidad de una heroína frágil, en apariencia inconsciente de un plan turbio. "He terminado de leer Las alas de la paloma y hago este comentario –escribió Virginia Woolf, heredera incómoda con el legado narrativo de James–. Sus manipulaciones se vuelven tan elaboradas hacia el final de la obra que en lugar de sentir al artista sólo puedes sentir al señor que está presentando el tema. Creo que ha perdido el poder de percibir la crisis. Se ha convertido simplemente en alguien demasiado ingenioso."

Es difícil trasladar a la pantalla la conciencia de un personaje, factor específico de la literatura (y de la ética, como sugiere Borges). James Ivory disimuló esa imposibilidad con grandes actores, locaciones y vestuarios impecables y un guión prolijo. Sólo Jane Campion, en Retrato de una dama (con Nicole Kidman como Isabel Archer), representó la atmósfera mental de manipulación y cinismo padecida por la protagonista. Además, el de Isabel Archer fue uno de los pocos "caracteres definidos" en la obra de Henry James.

"James tenía un sentido extraordinario de esa vibración imprevista dentro de lo casi totalmente esperable, y creó un mundo narrativo a partir de tal percepción, un mundo que dependía por entero de su voz única", escribió Norman Mailer en Un arte espectral. Para Ezra Pound, James era "aquel que tenía todas las respuestas".

De la (por suerte) en apariencia infinita obra de James recomendamos algunos libros traducidos al español que se pueden encontrar en librerías (la mayoría son importados) y otros que se consiguen en librerías de saldos y usados a precios accesibles, como Roderick Hudson.

Roderick Hudson (1875)

Rowland Mallet, un joven millonario yanqui, se conmueve ante una escultura de Roderick Hudson, al que considera un genio. Cuando lo conoce en persona, se deslumbra con la belleza y el carisma del escultor. Rowland decide darle al artista la oportunidad de desarrollar su talento con dinero y favores: se lleva a Roderick a Roma, donde será el centro de atención de la alta sociedad. Sin embargo, Hudson pierde la inspiración, y el millonario, el control de su protegido. Ambos se enamoran de la misma mujer, la maravillosa Christina Light, encantadora, veloz como un rayo para captar la situación entre el mecenas y el artista, que incluye cierto homoerotismo sublimado. Considerada la primera gran novela de Henry James, Roderick Hudson es un retrato del temperamento artístico de un hombre envuelto en un ménage à trois, figura típica de la obra de James para representar el deseo como ausencia. Acompañado por Rowland Mallet, y por Christina Light, una de las femmes fatales más lúcidas de la literatura universal –el personaje reaparecerá más tarde en La princesa Casamassima–, Roderick Hudson protagoniza una novela sobre el aprendizaje y los amores trágicos. Los críticos han señalado que el mecenas y el escultor representan los dos polos de la propia naturaleza de James: el artista imaginativo y el hombre poderoso e influyente. Como en Daisy Miller, una de las nouvelles más famosas de James, la inocencia de los estadounidenses chocará contra las sofisticadas intrigas de los europeos.

La princesa Cassamassima (1886)

Es una de las obras menos conocidas del autor, que cuenta la vida de Hyacinth Robinson, hijo no reconocido de un lord inglés y de Florentine Vivier. Hyacinth se enamora de una aristócrata, la princesa Cassamasina (que no es otra que Christina Light), muy sensible a las necesidades de los más desfavorecidos y aburrida de su matrimonio con un príncipe italiano. Cuando ella parece renunciar a los privilegios de su clase, se une al joven y a Paul Muniment para apoyar a los pobres de un modo radical. Por su parte, Hyacinth no sabe si regresar con su novia, Millicent Henning, o involucrarse en los planes de ese dúo revolucionario. Las desigualdades sociales no sólo representan una barrera infranqueable sino también un umbral trágico para el protagonista. Esta novela es un eslabón entre las primeras producciones de James, más esquemáticas, y las últimas, a las que el refinamiento del autor convertiría en monumentos verbales. La princesa Cassamassima obtuvo poco reconocimiento en su época porque ese mismo año James publicó Las bostonianas, otra novela de temática política que causó mayor revuelo al insinuar además una historia de amor entre mujeres. Fue, sin embargo, una de las novelas favoritas de Edith Wharton, escritora, amiga y discípula de James que mantuvo con él una correspondencia a lo largo de varios años (Letters: 1900-1915).

Los despojos de Poynton (1897)

Narra la disputa, contada desde el punto de vista de Fleda Vetch, entre la señora Gereth y su hijo Owen por la conservación de una mansión y de los objetos de arte que hay en ella. La novela, como varios relatos de James (que, al igual que otros escritores de la época, cobraba por cantidad de palabras escritas), se publicó primero en la revista The Atlantic Monthly en 1896 con el título The Old Things y apareció luego como libro al año siguiente con el título actual. La viuda Adela Gereth se encariña con Fleda y la prefiere como nuera a la vulgar Mona Brigstock. Owen, su hijo, se compromete pronto con Mona y desea instalarse en Poynton, la gran casa que guarda una multitud de muebles y una colección de objetos artísticos de mucho valor. Owen le pide a Fleda que interceda para que la señora Gereth abandone la casa sin rencores. La viuda acepta irse a otra casa más pequeña de la familia, pero se lleva consigo parte de las piezas de Poynton. Cuando Owen le confiesa que está enamorado de ella, Fleda le ordena que respete su compromiso con Mona y convence a la viuda de que devuelva a Poynton las obras de arte y los muebles. Ella es el chivo expiatorio de los Gereth. En esta novela conviven varios de los temas característicos de la obra jamesiana: Fleda es otro de los personajes sensibles del autor, muy escrupulosos y a veces víctimas de los demás (más decididos aunque mucho menos delicados). La señora Gereth es un ejemplo de esos personajes dominantes y sin escrúpulos. En la novela también aparece insinuado el elemento estético como materia novelística: la manía adquisitiva del coleccionista es figurada por James como una forma de decadencia del valor del arte en la sociedad.

En la jaula (1898)

"A ella ya casi desde el principio se le había ocurrido que en su posición ––la de una muchacha que llevaba, recluida entre mamparas y alambres, la vida de una cobaya o una urraca–– iba a conocer a muchísimas personas sin que éstas se enteraran en absoluto. Eso hacía que fuera una emoción todavía más intensa ––aunque singularmente exquisita y siempre, aun así, bastante soterrada–– el ver entrar a alguien a quien conocía, como decía ella, por fuera, y que podía añadir algo a la triste realidad de su trabajo." Así comienza esta novela corta ambientada en una oficina de correos donde trabaja la joven protagonista anónima. Consciente de que para sus clientes es apenas una función (la de despachar telegramas), "nuestra protagonista", como la llama James a veces, un día decide intervenir en la relación entre el capitán Everard y una mujer misteriosa gracias a la información que los mensajes dejan entrever. De ese modo, la empleada de correos conocerá una existencia de la que está alejada y a la que nunca podrá acceder: las barreras invisibles entre clases sociales se lo impiden. James narra en tono de comedia una historia de decepción y distancia.

Los embajadores (1903)

James publicó por entregas la novela en el North American Review; hoy es una de las obras maestras de la literatura occidental. Narra el viaje a Europa del protagonista, Lewis Lambert Strether, tras los pasos de Chad, el hijo de su prometida, una viuda. Sólo podrá casarse con ella luego de resolver el entuerto familiar (y financiero). En su viaje, Strether conoce en Inglaterra a Maria Gostrey, una mujer estadounidense que ha vivido en París durante años. Su ingenio y opiniones mundanas empiezan a perturbar el punto de vista de Strether sobre la situación en la que él mismo se encuentra. En París, se encuentra con Chad y se asombra de sofisticación que el joven posee. Chad lo invita a una fiesta, en la que Strether conoce a Marie de Vionnet, una mujer refinada de modales elegantes, separada de su esposo, y a Jeanne, su hija. Strether no sabe si al muchacho le gusta la madre o la hija. Al mismo tiempo, siente atracción por Marie de Vionnet, que él sospecha que podría ser correspondida. Empieza a cuestionarse su compromiso de regresar a Woollett y casarse con la madre de Chad. No obstante, las percepciones del protagonista sobre la realidad no definen exactamente la realidad, y la historia dará un nuevo vuelco. Henry James obtuvo la idea principal de Los embajadores de una anécdota contada por su amigo el novelista William Dean Howells, que, mientras visitaba a su hijo en París, quedó tan impresionado con la cultura europea que se preguntó si la vida no le había pasado de largo. La novela de James alcanza momentos de "abstracción referencial" cuando narra episodios en los que él hace resonar las conciencias de los diferentes personajes de un modo inimitable.

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