
El hilo invisible que nos une por siempre a ellos

Yo estaba ahí, vuelvo a estar ahí, sentada sobre el borde de la gran pileta celeste, haciendo círculos con los pies en el agua y salpicando la nada misma. Hablaba con una amiga, vuelvo a hablar con ella y con la mirada sigo a todas partes a mi hijo de dos años, que en un rapto de capricho insiste en sacarse los "bracitos salvavidas" de plástico mientras corre detrás de los chicos más grandes. Fue un segundo, es una eternidad: cuando lo busco lo encuentro ahí abajo, mirándome con sus ojos de sorpresa desde el fondo del agua en la parte menos honda de la pileta, pero que a él le queda grande, enorme. Me paralizo, el mundo se detiene y sólo escucho el violento latido de mi corazón. Un hombre se arroja al agua y lo saca, lo salva, lo devuelve a esta orilla de la vida, de la suya y de la mía. Mi hijo está serio, no llora, tampoco se ríe. No termino de saber si se da cuenta de lo que pasó. Yo sí me doy cuenta y más de veinticinco años después aún me pregunto cómo pudo ser, cómo pude perderlo de vista y cómo estuve a punto de perderlo. Es la literatura la que me devuelve a esa tarde de sol, a esa pileta y a esa angustia infinita en la boca del estómago. La novela se llama Distancia de rescate. La autora, Samanta Schweblin.
"Yo siempre pienso en el peor de los casos. Ahora mismo estoy calculando cuánto tardaría en salir corriendo del coche y llegar hasta Nina si ella corriera de pronto hasta la pileta y se tirara. Lo llamo «distancia de rescate», así llamo a esa distancia variable que me separa de mi hija y me paso la mitad del día calculándola, aunque siempre arriesgo más de lo que debería", dice uno de los personajes, Amanda, casi al comienzo de esta nouvelle que cruza lo sobrenatural con los temores más profundos de la humanidad. Esa distancia de rescate es un cordón invisible, una correspondencia del cordón original, que se tensa y se relaja en función de los peligros percibidos por la madre. En una entrevista, Schweblin dijo que imaginaba ese cordón de alerta como una especie de tanza, ese hilo casi invisible que se usa entre los instrumentos de pesca o para colgar un cuadro que será exhibido; una cuerda metafórica que sólo regulamos las madres, pero que los hijos pueden sentir hasta el extremo del ahogo. "Es porque tarde o temprano sucederá algo terrible. Mi abuela se lo hizo saber a mi madre, toda su infancia, mi madre me lo hizo saber a mí, toda mi infancia, a mí me toca ocuparme de Nina", explica Amanda en otro momento del relato, una historia siniestra -en el sentido de Freud y de aquello de "lo familiar vuelto extraño"- que bordea el género de terror y que, narrada en tiempo presente se lee, literalmente, con el corazón en la boca.
Tengo tres hijos y soy, inevitablemente, una madre judía, a la vez que tuve una madre judía que tuvo, a su vez, una madre judía. Sin embargo, no fui una pesada durante sus infancias, creo. No practicaba una conducta obsesiva en su cuidado ni los acaparaba para mí; no pensaba que iban a enfermarse, a resultar malcriados o que podía perder su amor si quedaban en brazos o en manos de otras personas. Los besaba, los abrazaba, los acariciaba mucho; los apretujaba y aspiraba su aroma de cachorros hasta sentir que nada en el mundo podía hacerme más feliz. Pero no tenía problema en cederlos, sí, eso: los cedía sabiendo que iban a volver a mí. Me gustaba cuando me los pedían para alzarlos; sentía una discreta clase de orgullo y disfrutaba al ver la seguridad con la que se movían incluso algo lejos de mí. Posiblemente eso me hacía sentir que estaba haciendo las cosas bien, eso de permitirles apartarse de mi lado para intentar sus propias experiencias, como indicaba cualquier experto en los libros de maternidad.
Recuerdo la extraña sensación de llegar a la escuela para algún acto o para alguna reunión y de pronto verlos jugando o intercambiando con otros chicos o grandes sin que me vieran. Observarlos en acción, digo, independientes de mí y de mi mirada. Me quedaba a un costado y veía la escena como si fuera una película poniendo entre paréntesis la "distancia de rescate". Me detenía a verlos a ellos mismos, tal como eran, tal como son sin pensar en su lugar en mi vida. Siempre me emocionó observarlos desde esa perspectiva que nos permite pensar "ya es una persona", no es sólo mi hijo o no es sólo mi hija. No son apéndices, son seres autónomos.
Con los años y los miedos me convertí en una madre más intensa. El celular e Internet, con su infinito menú de variables, me permiten saber si mis hijos están bien ahí donde estén y relajar algo, lo que se pueda, ese hilo invisible que me unirá por siempre a ellos. Es una voz, una palabra, una foto o un video que me regalan en el día a día lo que permite que esa distancia de rescate que alguna vez fue mínima se extienda indefinidamente hasta la independencia del otro. Aunque de tanto en tanto, cierto temor o intuición amorosa se sigan volviendo presión en la boca del estómago.
Twitter: @hindelita






