
El keynesianismo del ministro Lavagna
Por Eduardo Conesa Para LA NACION
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Apesar del halo de keynesianismo que rodea al Presidente Kirchner, la política económica de Lavagna no termina de estar a tono. Al respecto sería interesante imaginarse qué consejos le hubiera dado John Maynard Keynes a nuestro Presidente, si hubiese sido su asesor, tal como lo fue del presidente Roosevelt en los años 30, cuando los problemas económicos de los Estados Unidos se asemejaban bastante a las calamidades que azotan hoy a nuestro país.
Ante todo, Keynes hubiera considerado que el problema más acuciante que enfrenta la Argentina es el del desempleo y el subempleo, ya que sumados, éstos se acercan al 35% de la población económicamente activa. Esta cifra es mayor que el desempleo que sufrieron Inglaterra y Estados Unidos en el decenio de los años 30. La respuesta al desempleo por parte de la política económica argentina desde hace más de un año está constituida por los planes Trabajar y Jefas y Jefes. Estos planes permiten salvar una situación transitoria, pero tienen un profundo contenido de clientelismo político y de humillación a gente que, en realidad, quiere trabajar en serio.
No en vano el libro más importante de Keynes se denominó Teoría general del empleo, el interés y la moneda: Keynes creía que el problema del desempleo podía resolverse con política monetaria. La pregunta entonces es: ¿qué hubiera aconsejado en la Argentina de hoy para resolverlo? Sin duda, el otorgamiento de redescuentos a bajas tasas de interés por parte del Banco Central con el fin de facilitar el financiamiento a largo plazo para la venta de nuevas casas, nuevos departamentos y nuevos automóviles. La consiguiente reactivación del sector de la construcción y del sector automotriz hubiese tenido un efecto multiplicador muy importante sobre el resto de la economía y en un año, el desempleo se hubiera reducido sustancialmente. Keynes habría aconsejado una fuerte expansión monetaria y crediticia para estimular el aumento de la producción.
Contra la usura
Keynes era un enemigo declarado de la usura y de las altas tasas de interés. Puede considerarse que su Teoría general no es sino un tratado contra la usura. Tan fuerte era la postura de Keynes en este punto que apoya la postura de la Iglesia Católica del medioevo con estas palabras: "Yo fui educado en la creencia de que la actitud de la Iglesia medieval hacia la tasa de interés era intrínsicamente absurda y que las sutiles discusiones que tenían el propósito de distinguir el retorno de un préstamo de dinero con el retorno de inversiones activas, eran meramente esfuerzos jesuíticos de encontrar una escapada práctica a una teoría tonta. Pero ahora leo estas discusiones como un honesto esfuerzo intelectual para separar lo que la teoría clásica confundió totalmente, esto es, la tasa de interés y la eficiencia marginal del capital".
Según Keynes el interés es un fenómeno monetario que depende de la preferencia por la liquidez, y, por lo tanto, de la cantidad de dinero existente en relación al PBI. Y si el Banco Central tiene la facultad de regular la cantidad de dinero, la política de tasas muy elevadas hacia la actividad productiva privada pasa a ser una flagelación social sin sentido. El shock de fuertes redescuentos para estimular al sector productivo privado determinaría una repentina baja en la tasa de interés que los bancos cobran en la actualidad. Tasas tan altas que resultan inconsistentes con el pleno empleo y el crecimiento económico, especialmente con la baja de tasa de inflación vigente.
Interés y tipo de cambio
La rebaja en las tasas y la expansión monetaria en situación de previo desempleo y de recursos de capital ociosos no genera inflación según Keynes, excepto en un precio: en el tipo de cambio. Una rebaja en la tasa de interés produce una suba en el tipo de cambio y viceversa. Los que abogan por tasas de interés bajas arguyen indirectamente por un tipo de cambio alto, esto es, devaluado. Y los que abogan por tasas de interes altas, esto es los usureros y los bancos, en el fondo están pidiendo tipos de cambio bajos, dólar barato, o peso sobrevaluado.
Ante el planteo anterior, alguien podría preguntarse: ¿cómo es posible entonces que en 2002 y 2003 hayamos tenido ambos, tasas de interés y tipos de cambio altos? Ello ocurrió simplemente porque medidas excepcionales, como las vinculadas al corralito, destruyeron la confianza en el sistema bancario, y destruyeron también el crédito al sector privado.
Lavagna escribió en LA NACION (10-8-03): "La política monetaria tiene como objetivo central asegurar la estabilidad de precios, sin comprometer el nivel de actividad económica y la ocupación". Esta aplicación del instrumento monetario es la de la escuela clásica. Keynes hubiera perseguido la estabilidad de precios por medio de una política fiscal extremadamente dura combinada con una política de ingresos. Y hubiera dejado a la política monetaria el objetivo de promover la actividad económica y la ocupación.
La gran ventaja del tipo de cambio fluctuante vigente consiste en que el Banco Central, ya liberado de la obligación de comprar y vender divisas a cambio de pesos para mantener el tipo de cambio fijo, puede ahora usar la política monetaria y crediticia para regular la actividad económica y el empleo. Mientras exista alto desempleo, la preocupación básica del Banco Central debe ser aumentar el nivel de la actividad y el empleo. Recién cuando se llegue al pleno empleo, la finalidad primordial de la política monetaria debe ser preservar la estabilidad de precios. En resumen, la política monetaria de Lavagna, no es keynesiana. Y mientras tanto, el desempleo continúa.





