
El kirchnerismo, cerca de Maradona, lejos de Messi
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“Empezaron a hablar del renunciamiento de Cristina o de la autoexclusión de Cristina. El único renunciamiento que tuvo el peronismo fue el de Eva Perón. Y tampoco hay autoexclusión. Ni renunciamiento ni autoexclusión: proscripción”, así se refería Cristina Kirchner el martes pasado al inaugurar el Polideportivo Diego Armando Maradona en la ciudad de Avellaneda.
Cristina miente o vive una realidad paralela creada discursivamente a su conveniencia, ya se ha dicho: Cristina no está proscripta, está condenada por corrupción, en un fallo dictado por un tribunal que pertenece a un poder independiente de la República. Claro que asumir esto debe exigir y provocar un costo altísimo para Cristina y sus seguidores, no por falta de comprensión, sino por falta de valores democráticos. El kirchnerismo quiere jugar siempre en cancha propia, con árbitros amigos y eligiendo rivales que, si osan ganarles el partido, se exponen a ser expulsados de cualquier competencia, porque la victoria es su única opción, una peligrosa manera de concebir el poder donde se impone como necesario y obligatorio construir un sistema democrático en las formas, pero con preocupantes modos autoritarios.
Horas antes del discurso de Cristina en Avellaneda, la jueza en lo contencioso administrativo federal María Alejandra Biotti rechazó la acción de amparo que presentó el senador de Pro, Luis Juez, para impedir que su par kirchnerista Martín Doñate asuma en el Consejo de la Magistratura, en una banca que Juez reclama para sí. Luis Juez y todo Juntos por el Cambio denunciaron como una maniobra tramposa la decisión de dividir su propio bloque, un ardid diseñado por la vicepresidenta para quedarse con un miembro más en el Consejo de la Magistratura. Pero la magistrada consideró que la crítica de Juez a la designación de Doñate era “al menos opinable”, por lo tanto “no se encontraría configurada, con un grado de certeza suficiente, la ilegitimidad manifiesta alegada por los coactores”, y falló en contra del planteo opositor. De esta decisión de la Justicia Cristina no dijo nada ayer, ni en su discurso ni en sus redes sociales, hizo silencio, porque está puesto de manifiesto que sus decisiones no deben contradecirse. Un voto kirchnerista más en el organismo que debe controlar a los jueces es “oro en polvo” para la realidad de Cristina y su situación judicial, si existiese una persecución o una proscripción de parte del mal llamado “partido judicial”, ese fallo debió ser contrario a sus intereses. Pero no fue así.
El kirchnerismo está comenzando a advertir su ocaso y lo siente mientras administra el poder político que legítimamente ganó en las urnas. En ese escenario, su esencia populista los obliga a cometer todos los errores posibles y a tomar decisiones peligrosas para la democracia. Este populismo kirchnerista ya es una ideología caducada a lo que solo le queda sostenerse a través de un discurso demagógico. Ya perdieron la perspectiva de construir un futuro mejor, repiten y revalorizan recetas que hablan de igualdad a una sociedad cada vez más desigual, ya no cuentan ni siquiera con un simple deseo de innovación y de modernización; son el estancamiento social atrapado en una supuesta utopía de la igualdad condimentada con graves retrocesos que van desde lo moral hasta lo cultural y lo económico. Ese mesianismo encarnado en el culto personal que aún se sostiene sobre la figura de Cristina Kirchner les impide ver o escuchar alternativas u opiniones contrarias, los volvió autoritarios. Conciben la democracia como una alternativa a una dictadura, una definición que nos une a todos, pero no aceptan sus reglas de juego.
Y se identifican con esos modelos políticos y hasta con lo que representan ídolos deportivos que cuentan con representación social. No en vano prácticamente todos los funcionarios kirchneristas y referentes de La Cámpora prefirieron la figura de Diego Maradona para celebrar la obtención de la Copa del Mundo, un logro en el que Maradona no tuvo nada que ver, y dejaron de lado el reconocimiento a Lionel Messi, el verdadero hacedor de esta hazaña deportiva. No están lejos de Messi porque es el capitán de una selección campeona del mundo que eludió el saludo protocolar con el Presidente, sino porque no encuentran en Messi una identificación en sus valores.
Diego Maradona, al igual que el kirchnerismo, era seguidor y defensor público de dictaduras como la cubana o el chavismo o del peligroso Vladimir Putín, un autócrata que lleva un año poniendo en peligro la paz mundial. Diego siempre fue polémico en sus exposiciones públicas, como celebrar la caída de las Torres Gemelas con una careta de Bin Laden. La idolatría, el fanatismo popular que generó su fútbol, esa manera atípica para su época de confrontar con el poder político dirigencial hizo que gran parte de las generaciones contemporáneas le perdonaran sus excesos de verborragia. Incluso un hecho vinculado con una menor en su estadía en Cuba no tuvo la sentencia lapidaria que otros casos recibieron de los distintos colectivos que luchan por derechos de la mujer. Los otros excesos, las adicciones, que deben considerarse como una enfermedad, no están comprendidos en este comentario.
Lionel Messi es la contracara de Maradona, es aquel que representa el trabajo, el liderazgo positivo no narcisista, no promueve el culto a su personalidad, y sus actitudes derrochan simpleza y humildad. Es un deportista extraordinario, que triunfó en su carrera profesional y también representando a un país, que más de una vez lo atacó por la falta de esa personalidad carismática que sí tenía Diego. Es más, muchos caímos en la injusticia de resaltar el carácter “maradoneano” que creímos ver en Messi en este mundial. La subjetividad del fútbol podrá debatir sobre quién fue mejor jugador, porque en la Argentina cuesta sumar uno al otro sin antes hacer una comparación, a esta altura inconducente.
Esta parábola que envuelve a dos gigantes del fútbol argentino sirvió para demostrar estos últimos días que no es casual que el kirchnerismo se sienta identificado por uno y por otro, mucho más cuando la caída en la consideración popular, la posibilidad concreta de alejarse del poder, está haciendo que tomen decisiones peligrosas para la calidad institucional del país, el ejemplo más claro es no obedecer un fallo de la Corte Suprema de Justicia, y tengan arrebatos discursivos que crean escenarios irreales como disfrazar una condena por una proscripción.
Estamos a tiempo de advertir lo que la historia nos ha enseñado: que las furias políticas basadas en el culto al personalismo son peligrosas y que siempre acaban en tragedia.





