El kirchnerismo ha entrado en su fase jacobina

Mariano Grondona
Mariano Grondona LA NACION
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18 de diciembre de 2005  

Toda revolución y todo drástico cambio político atraviesan cuatro fases. La primera, vacilante, es la iniciación. En la segunda fase, el grupo dominante se radicaliza, volviéndose agresivo. En la tercera fase, los excesos de la segunda fase se vuelven contra sus protagonistas. En la cuarta fase, se agota la revolución.

La segunda fase, la más radical, recibe el nombre de jacobina. El nombre corresponde a la segunda fase de la Revolución Francesa, que lideró el "club político" de los jacobinos a partir de 1793, instalando la sombría moda de la guillotina bajo el liderazgo de Robespierre para terminar al año siguiente con el guillotinamiento del propio Robespierre. La tercera fase recibió el nombre de Termidor porque, de acuerdo con el calendario de la Revolución, fue en este mes, a mediados de 1794, que los moderados desalojaron a los jacobinos. La Revolución Francesa, que había conocido su fase de iniciación en 1789, se agotó en 1799 con el advenimiento de Napoleón.

Con mayor o menor violencia, a veces con guillotinas reales y a veces con guillotinas simbólicas, los cambios drásticos de la política atraviesan estas cuatro fases. En 2003, con la elección del presidente Kirchner, los argentinos conocimos la iniciación de un nuevo ciclo político. Sus guillotinas, esperamos, serán simbólicas, pero no por eso podrá eludir la división cuatripartita del tiempo político que puso en evidencia, como un modelo insoslayable, la Revolución Francesa.

Señales jacobinas

Ya no quedan dudas de que los dos años transcurridos entre la asunción del mando del presidente Kirchner en 2003 y su victoria electoral en 2005 fueron un tiempo de iniciación. Toda iniciación, decíamos, es vacilante. Cuando Kirchner juró, su poder era incierto. Había ganado sólo con el 22 por ciento de los votos. Tenía que cobijarse aún bajo la protección política de Eduardo Duhalde. Tenía que adaptarse al liderazgo económico de Roberto Lavagna, la promesa de cuya continuidad más allá de la presidencia de Duhalde le había dado a Kirchner la victoria en 2003. Durante sus dos primeros años de gestión, el Presidente fue, todavía, un "cuasi presidente".

A menos de dos meses de los comicios de octubre, el balance del poder presidencial ha cambiado por completo. Duhalde fue derrotado por Kirchner en su bastión, la provincia de Buenos Aires. Lavagna fue despedido prontamente, dejando tras de sí más de tres años de éxito económico. Kirchner tiene una amplia mayoría propia en el Senado, una primera minoría incondicional en Diputados y la adhesión súbitamente fervorosa de casi todos los gobernadores. Tanto su campaña personal contra el alza de precios como su sorpresiva decisión de pagarle anticipadamente al Fondo Monetario Internacional demuestran que será su propio ministro de Economía. Kirchner ha pasado, en dos meses, de "cuasi" a "hiperpresidente".

Antes del 23 de octubre, algunos observadores conjeturaron que, una vez que el Presidente fuera legitimado por los comicios, giraría en dirección del diálogo y la moderación, saltando así de la primera fase de iniciación a la tercera fase del Termidor. La conjetura resultó fallida. Lejos de moderarse después de los comicios, el Presidente ha acentuado su búsqueda del poder absoluto. Como lo demostró frente a los precios y al Fondo Monetario, él, y sólo él, definirá, de ahora en adelante, la agenda de los argentinos.

Siguiendo la secuencia cuatripartita que anotábamos al comienzo, el gobierno del presidente Kirchner ha entrado en su fase jacobina. No sólo su estilo absorbente, que lo lleva a controlar diariamente, por ejemplo, los precios del Mercado de Liniers, apunta en esta dirección. También lo acompañan los miembros más entusiastas del "club jacobino". La segunda fase de su presidencia comenzó con la exclusión de Luis Patti, quien, pese a ser votado por 375.000 argentinos después de cumplir todos los trámites de ley, fue proscripto lisa y llanamente por una amplia mayoría en la Cámara de Diputados. El promotor de esta maniobra antidemocrática, nuestro pequeño Robespierre, fue el diputado kirchnerista Miguel Bonasso. Las características autoritarias de Bonasso se vieron confirmadas cuando, hace diez días, sus guardaespaldas golpearon con saña al ciudadano Sergio Bolotnikoff, según este mismo lo denunció en los medios.

Desgraciadamente, el ejemplo de Bonasso no es el único. En una decisión insólita, el consejo directivo de la Facultad de Derecho de la UBA excluyó al profesor José María Dagnino Pastore, un economista respetado y renombrado, por el pecado aparentemente imperdonable de haber ocupado el Ministerio de Economía en tiempos militares.

La flamante ministra de Defensa, Nélida Garré, por su parte, también cedió a su fervor ideológico cuando impidió el ascenso del general Gonzalo Palacios, forzándolo al retiro pese a sus antecedentes impecables, después de descubrir que hace dieciséis años, en tiempos de Alfonsín, Palacios había asistido a un curso militar en los Estados Unidos. Con esta decisión no fundada, Garré volvió menos inverosímil la hipótesis de aquellos que le atribuyen la intención de convertir gradualmente a las Fuerzas Armadas en una estructura de inclinación "chavista".

No puede dejar de incluirse en la nueva fase jacobina del Gobierno el proyecto de la senadora Cristina Kirchner de alterar la composición del Consejo de la Magistratura, acentuando el peso de sus miembros políticos y reduciendo el de sus miembros jurídicos, jueces y abogados. De concretarse, el proyecto de la senadora Kirchner dejaría el nombramiento de los futuros jueces en manos del kirchnerismo.

La república que queda

El hecho de que se haya iniciado la fase jacobina del gobierno de Kirchner no es necesariamente irreparable. Podría ocurrir que el propio Presidente, después de demostrarse a sí mismo que de veras manda, iniciara el viaje hacia el Termidor.

Pero este giro saludable dependerá no sólo del Presidente, sino también de la contención que sean capaces de ofrecerle los dirigentes de la política y de la sociedad. La ofensiva de Kirchner ¿es acaso inexorable?

Ello dependerá de la firmeza que advierta en aquellos sectores llamados a moderarlo. Cuando descalificó a Alfredo Coto en el mismo momento en que éste presidía el Coloquio de IDEA en Mar del Plata, ¿qué habría pasado si los cientos de concurrentes hubieran manifestado su solidaridad con el empresario agredido, como algunos de ellos propusieron sin éxito? Cuando el Presidente amenazó a los productores ganaderos con un aumento brusco de las retenciones, hubo organizaciones como Carbap que esbozaron un plan de lucha gremial. Después de este anuncio, las retenciones quedaron para otra ocasión.

El Presidente, después de todo, no es un vendaval de la naturaleza, sino una persona racional. Lo que pasa es que aún no le han dado las señales que quizá reforzarían esta reconfortante dimensión. Porque el Termidor, como lo demuestra la historia, siempre aparece. De que sea más temprano que tarde, más consensual que ríspido, dependerá no sólo de Kirchner, sino también de todos aquellos que comparten con él la responsabilidad de conducir a la Argentina hacia esa plenitud que todavía la espera.

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