
El libro del momento: la lealtad de Paul O´Neill
El ganador del Pulitzer Ron Suskind es el autor de The price of loyalty, el polémico libro donde entrevista al ex secretario del Tesoro Paul O´Neill. Las ácidas críticas del ex funcionario a la Casa Blanca conmueven a Estados Unidos, en plena campaña electoral
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NUEVA YORK
Si un libro está conmocionando en estos días la vida política norteamericana es, sin dudas, The price of loyalty ("El precio de la lealtad", Simon & Schuster), en el que el ex secretario del Tesoro, el verborrágico Paul O´Neill, ofrece un relato de primera mano de cómo funciona por dentro la Casa Blanca de Bush.
Se trata de un diálogo de O´Neill con el periodista Ron Suskind, ganador del premio Pulitzer y verdadero autor del libro. En una entrevista reciente con la revista Esquire, Suskind habló de su best seller. El diálogo es el siguiente:
--En su libro, Paul O´Neill, el primer secretario del Tesoro del presidente Bush, dirige una crítica ácida contra la política económica de la Casa Blanca y, en general, contra la manera en que Bush genera políticas. Los críticos sin duda dirán que es un acto de amarga venganza de un secretario fracasado. ¿Usted qué dice?
--Es el acto de decir la verdad. Un acto de valentía. Un servicio público.
--Usted describe en el libro el primer encuentro del secretario O´Neill con el presidente electo Bush. ¿Nos puede contar algo de eso?
--Fue en el hotel Madison. Es el primer día completo de Bush en Washington como presidente electo, el 18 de diciembre de 2000. O´Neill está sentado junto a Cheney y Bush. Comen hamburguesas con queso. La cosa funcionó así: lo llamaron unos días antes para preguntarle qué quería comer con el presidente electo. O´Neill lleva a la cita una lista, escrita a mano y que ocupa tres carillas, de los buenos motivos por los que no debería ser secretario del Tesoro, cosas que el presidente debería meditar.
--¿Cuáles eran las razones?
--O´Neill cree que el recalentamiento global es una cuestión real e importante. Alguna gente podría no acordar con él. O´Neill había apoyado los aumentos de impuestos del padre de Bush. Mucha gente podría tener problemas con eso. En un momento recomendó un impuesto a la nafta para reducir el consumo y que quedara dinero para atender el medio ambiente. Estas eran todas cosas que podían causar problemas.
"Y a O´Neill le gusta decir lo que piensa. Quería que Bush y Cheney lo supieran. Llega a sus propias conclusiones, y le podría resultar difícil ser un pájaro más en el nido. Mientras tanto, las hamburguesas con queso no han llegado, por lo que Bush, según O´Neill, se sale de pronto de la conversación y dice: ?¿Dónde están las hamburguesas con queso?´. Se llama a Andy Card, el nuevo jefe de personal, y le dice a Card: ?Tú eres el jefe de personal. ¿Te parece que estás a la altura de conseguir unas hamburguesas con queso?´. Y no lo dijo de modo amigable. Card salió casi corriendo del cuarto.
--¿O´Neill dijo algo?
--No, sólo se mostró un poco como descreyendo ante lo que sucedía. O´Neill es una leyenda en las corporaciones, pero también es un tipo que básicamente iba a almorzar con las recepcionistas en Alcoa y piensa que eso es parte de las virtudes de una buena persona y una buena organización. Vio eso y le pareció la acción de un prepotente.
"En los siguientes dos años recordó muchas veces ese almuerzo. Porque, por supuesto, aceptó la convocatoria del presidente y ocupó el cargo. La intervención de su viejo amigo de las administraciones de Nixon y Ford, Alan Greenspan, fue importante en esa decisión. Entonces los dos eran gente de consulta. O´Neill ocupaba el cargo de vicedirector de la Dirección de Administración y Presupuesto y era amigo de Rumsfeld y Cheney.
"La esposa de O´Neill estuvo en contra y lloró cuando él le dijo: ?Voy a Washington´. Ella le respondió: ?Sabes cómo se maneja la política, no eres político y es un juego tan cruel ahora´. Y estaba preocupada. En un punto, al final del almuerzo de las hamburguesas con queso, O´Neill dijo: ?Ah, hay una cosa más.´ ?¿Qué cosa?´, preguntó Bush. ?Mi esposa piensa que esta es realmente una mala idea´. Y Bush dijo. ?¿Ayudaría si la llamo?´ O´Neill respondió: ?No señor, no creo que eso ayude.´
"Por lo que se puso a organizar de apuro un equipo para el Tesoro. Incluso antes de llegar a Washington, tuvo su primera experiencia con el principal asesor político de Bush, Karl Rove, que estaba organizando una conferencia económica en Texas para comienzos de enero, y el nombre de O´Neill era mencionado en la prensa como uno de los participantes.
"O´Neill está demasiado ocupado, por lo que toma el teléfono y llama a Rove. Dice: ?La próxima vez que ponga mi nombre en una lista, primero debe llamarme y preguntar. Y luego debe preguntarme si es una buena idea. Mi respuesta a ambas cuestiones es no´. Desde su anterior paso por el gobierno, O´Neill es un pensador político seguro, un firme creyente en conclusiones profundas y en las mejores soluciones, un firme creyente en que un buen procedimiento conduce a buenos resultados.
"Dice en ese punto que incluso pensaba que la gente política tenía todavía, digamos, una visión tradicional de su rol dentro de la organización de la Casa Blanca. Se está allí para aplicar políticas que son decididas y diseñadas por gente que sabe elaborar políticas. Resultó que la ?conferencia económica´ era un premio para gente que había donado mucho para la campaña, y no servía para nada. O´Neill no estaba confirmado aún en su cargo y se preguntaba quién cuernos era Karl Rove.
--Desde el comienzo, O´Neill no compartía la esencia del programa económico de la administración. ¿Por qué?
--O´Neill diría que no había programa económico, sólo cosas escritas por ahí por Rove y compañía. Karl Rove no es experto en nada que no sea conseguir que se nombre gente para cargos.
--¿Cuál es la crítica básica de O´Neill hacia la Casa Blanca?
--En los primeros momentos ya le produjo gran preocupación que no hubiera gente honesta informando de la política en torno del presidente. Se necesita a alguien que pueda explicar todos los aspectos de una cuestión de buena fe. O´Neill vio esto como una crisis. Fue a ver a Dick Cheney durante la transición. Le dijo: ?Dick, necesitamos crear un proceso que funcione aquí, especialmente en cuestiones económicas. Pero incluso, en general, se necesita un procedimiento para obtener datos de buena fuente, analizar opciones y consecuencias, y presentarle al presidente los datos disponibles junto con una explicación acerca de lo que significan esas opciones y consecuencias´. De otro modo, como dice O´Neill, sólo habrá ?chicos revolcándose en el pasto.´
--¿Cómo se puede discutir contra un crecimiento del 8,2 por ciento de la economía estadounidense en el tercer trimestre del año pasado? Si la economía funciona, ¿las objeciones de O´Neill tienen importancia?
--Como secretario del Tesoro, O´Neill había proyectado un fuerte crecimiento para el tercer trimestre. Su posición era que dos puntos más de crecimiento económico no valían tanto como para justificar el agujero que se produjo en el presupuesto federal con las últimas rebajas de impuestos. Pagaremos caro por ello.
"En los comienzos de su gestión, O´Neill desayunaba regularmente con Greenspan. En un momento, O´Neill le dice a Greenspan: ?Sabes, no tengo nada contra la rebaja de impuestos. Creo que las rebajas de impuestos son una buena idea si uno puede costearlas. Y el hecho es que este caballo ya salió del establo --una rebaja de impuestos por US$ 160.000 millones-- y va a ser difícil preservar la salud fiscal aquí. Necesitamos fondos para tratar de cambiar la Seguridad Social porque el sistema tiene graves problemas, y para una reforma impositiva, reforma del Medicare (servicios de salud, N. del T.), todo tipo de cosas, y el hecho es que lo prudente es hacer que esta rebaja de impuestos sea condicional, según la disponibilidad de fondos. Punto.´
"De modo que O´Neill dice: ?¿Qué te parece fijar cláusulas gatillo (*)?´ Y Greenspan dice: ?Sí, esa es una solución razonable.´ O´Neill dice que recuerda vívidamente haber dicho: ?Es mi idea, Alan, por lo que tú tienes que venderla.´ Greenspan rió y dijo OK. Así que tenían a medias este pacto de sanear la propuesta del presidente.
"Entonces Greenspan presentó la idea en una declaración en el Congreso. A continuación, en el Congreso, se comenzó a hablar de cláusulas gatillo. O´Neill no dijo nada al respecto, atento a lo que sucediera. Mientras tanto comenzó a realizar su experimento con decir la verdad: llamando a las cosas por su verdadero nombre, igual que los budistas.
"En su audiencia de confirmación dijo a los senadores que esta rebaja de impuestos que el presidente recomienda en realidad no producirá un estímulo. Y éste es el primer momento en que la Casa Blanca se pregunta: ?¿Por Dios, qué trajimos?´ O´Neill no parecía ajustarse a libreto.
"Por fin, con protestas de la Casa Blanca, O´Neill diseñó una devolución de impuestos inmediata de US$ 100.000 millones, y se convirtió en lo mejor que el presidente hizo en términos de política fiscal. El motivo por el que tuvimos un salto en la economía --ahora todos parecen señalarlo-- es que se tuvo efectivamente esta devolución de impuestos gigante de una vez, que produjo un sacudón mucho mayor en la economía que el primer año o dos de la rebaja de impuestos.
"Luego, con O´Neill en contra, hubo creciente entusiasmo en favor de una segunda gran rebaja de impuestos. O´Neill fue a ver al presidente a comienzos de septiembre de 2002 y le dijo: ?Esta es una mala idea. No es política responsable. Está la cuestión de la seguridad interior, está Afganistán y parece que vamos a la guerra con Irak. Eso va a costar mucho dinero. Si hace esto, no le quedará dinero para nada más, mucho menos para la reforma de la Seguridad Social o la reforma fundamental de los impuestos, las cosas por las que se lo recordará. Esto no va a producir mucho estímulo mensurable y le va a costar una fortuna.´ O´Neill dijo, básicamente: ?No voy a cambiar de idea en esto´.
"Entonces se dio la sorprendente elección de mitad de período y, el 15 de noviembre, O´Neill fue a hablar con Dick Cheney, que le dijo: ?Paul, tengo que detenerte aquí y ahora. Reagan demostró que los déficits no importan. Por lo que vamos a llevar adelante el segundo recorte de impuestos´. O´Neill se quedó mudo. Si algo había demostrado Reagan es que los déficits sí importan. O´Neill en ese punto dijo: ?No estoy seguro de qué es lo que me queda por hacer en este edificio´. Poco después lo echaron. Fue a comienzos de diciembre de 2002.
--¿Cómo surgió la idea de este libro?
--O´Neill y yo comenzamos a hablar en enero de 2003. Pocas semanas después de habernos reunido, O´Neill se encontró con Glenn Kessler del Washington Post en un hotel en Nueva York, y O´Neill, tan encantadoramente indiscreto como siempre, le dijo a Kessler: ?Sabe, es maravilloso estar afuera. Y la verdad me ha liberado. ¿Y sabe qué? Ron Suskind me ha convertido en su próximo proyecto´.
"Unos pocos días más tarde la noticia sale en el Washington Post. Pocos días después de eso, O´Neill recibe una llamada de Donald Rumsfeld. ?Es una muy mala idea´, le dice Rumsfeld. O´Neill responde: ?Mira Don, tú y yo no estamos de acuerdo en algunas cosas y esta va a tener que ser una de ellas.´
"Después de eso, y es difícil saber si fue simple coincidencia o si fue algo planeado, O´Neill comenzó a recibir llamadas de Rumsfeld y eventualmente de George Tenet para que pasara, porque se necesitaban las ideas de O´Neill para ayudar a reestructurar el Departamento de Defensa y repensar la inteligencia de los Estados Unidos.
"Al llegar la primavera (boreal), O´Neill recibió una llamada de un alto funcionario de Defensa que le preguntó si quería supervisar la reconstrucción de las instituciones financieras de Irak. Y O´Neill le dijo: ?A ver, pensemos este asunto. No servía como secretario del Tesoro, pero me quieren en Irak. Eso no cierra para mí. Tengo algo más importante que hacer´. Y la cosa más importante era The price of loyalty.
--Una última pregunta. Usted tiene 19.000 documentos que le dio el secretario O´Neill, documentos que representan cada día de su gestión y cada interacción que tuvo con la Casa Blanca. ¿Qué va a hacer ahora con esos documentos?
--Publicarlos.
(*) Cláusula gatillo: en la jerga económica indica una disposición por la cual, a partir de determinado hecho, se produce automáticamente una consecuencia. Por ejemplo, si se llega a determinado nivel de recaudación fiscal, automáticamente se produce una rebaja de impuestos. Si se llega a determinado nivel de inflación, automáticamente se impone un aumento de salarios. (N. del T.)




