El límite de la transgresión
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¿Se puede controlar todo? En el gobierno porteño coinciden en que resulta casi imposible. Como siempre algo se escapa -por falta de recursos, porque la ilegalidad avanza demasiado rápido o más rápido que el Estado, por incapacidad o por lo que sea-, en la Ciudad definieron que, de aquí en adelante, las áreas con poder de policía deberán atacar sólo determinados problemas que, eso sí, resultan centrales para el mensaje que el gobierno desea transmitir.
El dilema, en el camino, es hasta qué punto se elude el control de unas infracciones para permitir el combate de otras. Esta decisión suele generar inconvenientes y serias críticas a la Ciudad, pues habitualmente el corte se realiza una vez que los vecinos no aguantan más. O sea: tarde.
Un claro ejemplo de esto se vive en Las Cañitas, en el barrio de Palermo. Por la inacción estatal durante años, muchos vecinos se hartaron del mix de ruidos molestos y faltas que generan allí el tránsito desordenado, las discotecas instaladas en una zona en la que el código urbano lo impide, la usurpación del espacio público con más mesas que las permitidas en las veredas, los cuidacoches y hasta una feria que corta una calle con la aprobación de Ibarra. La misión de la Ciudad, ahora, es desactivar la bronca con un control que durante años se evitó.
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Es cierto que no todos los vecinos están en desacuerdo con el rumbo que tomó Las Cañitas en la última década y que esto conspira contra una definición del gobierno. ¿A quiénes debe escuchar Ibarra? ¿A los que se quejan o a los que prefieren que la situación se mantenga en stand-by ?
Así como muchos protestan por las molestias, muchos otros entienden que el valor inmobiliario de la zona creció, que la policía que pagan los restaurantes aporta una sensación de seguridad que en la década del 80 no existía y que el barrio posee un movimiento que posiblemente desencante a quienes viven allí desde hace más de 25 años, pero que, en cambio, deslumbra a los habitantes más nuevos.
El tema es que, a pesar de todo esto, hay límites. En la Ciudad reconocen la ausencia histórica del Estado en el control de Las Cañitas. Y juran que, ahora, la situación cambiará en los ámbitos que sirvan para marcar una línea entre lo que se admite y lo que ni siquiera se tolera.
El dilema de Las Cañitas es una especie de símbolo en la ciudad: tuvo un crecimiento importante, pero sin control del Estado. No supo jugar con las transgresiones y, así, provocó la ira de los vecinos. Ahora, a partir de la reacción vecinal, el gobierno decidió intervenir.
Parece una lección. Y va mucho más allá de la discusión sobre si los restaurantes, las mesas en las calles, la feria que corta una calle, los policías que pagan los comerciantes y demás características mejoran o complican la cotidianidad.





