
El malevaje extrañado
Por Rodolfo Rabanal
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Como todos sabemos, el origen del tango se pierde en leyendas oscuras; no hay una fecha ni un lugar cierto, aunque sí una vasta coincidencia sobre sus primeras audiciones no antes de 1880 y no después de 1890.
Las zonas, en cambio, admiten discusiones mayores e igualmente inverificables: pudo ser Retiro, o los alrededores de Montserrat, quizá La Boca y también el Barrio Viejo de Montevideo. Muchos dicen que el arranque melódico hay que buscarlo en la habanera de "Carmen", pero es una conjetura.
El lugar común más prestigioso le asigna sus primeros pasos de baile en lupanares de extramuros, en céntricas casas de "tolerancia" o en esquinas barriales, como la de San Juan y Boedo. De cualquier manera, el tango tiene más de cien años y es, sin duda alguna, la más viva expresión cultural de la Argentina y del Río de la Plata.
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La semana pasada, revistas y diarios ingleses asignaron un número importante de notas -todas ellas entusiastas y laudatorias- a un espectáculo llamado "Una noche de tango", montado en el Peacock Theatre, de Londres, por la compañía de bailarines a cargo de Miguel Angel Zotto y Milena Plebs.
El aspecto en parte sorprendente de algunos de estos comentarios británicos es el inmediato vínculo que sus autores establecen entre el tango y Jorge Luis Borges. La fantasía marginal y el perfil romántico de una estirpe de cuchilleros, a medio camino entre el gaucho de los bordes y el compadrito urbano, contribuyó eficazmente a estampar esta síntesis donde Borges pintó como nadie retos severos de sangre y bruscos amores en derrota.
Esa combinación de encantamiento y desdén, de orgullo, arrojo y misoginia es, evidentemente, lo que los críticos ingleses descubren en la fascinante coreografía que el tango hoy ha alcanzado. Ya no se trata de las letras, que Borges deploraba por "sensibleras e inconsolables", sino de la música y la danza, y sobre todo de esta última, fantasiosa y amplia, pero apretada a su legítima naturaleza.
Hacia fines de 1913, dos bailarines elegantes y rumbosos, Vernon e Irene Castle, introdujeron en los ambientes refinados de París, Londres y Nueva York, su propia versión del tango: una pantomima rígida, con dibujos de danza andaluza y zapateos gauchescos. Esa impronta consagró a Valentino e hizo del tango "europeo" una caricatura mórbida, especialmente explotada por Hollywood para marcar situaciones próximas al desmayo erótico.
En los últimos veinte años, las nuevas generaciones volvieron a las fuentes dando por tierra con el viejo cliché. Simultáneamente, la abrumadora fama internacional de Borges en las últimas tres décadas, le ha puesto al tango el sello de legitimidad literaria que opera hoy como salvoconducto para que aun los más reticentes intelectuales de Europa y los Estados Unidos disfruten del show como una prolongación de los textos ejemplares. Si Borges viviera, no podría creerlo, y acaso murmuraría: "El malevaje extrañado, me mira sin comprender".





