
El milagro de Asís
Por Sebastián Alvarez Murena Para La Nación
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ASIS
ES difícil admitirlo, pero, cuando en septiembre de 1997 un terremoto tiró abajo el techo y destruyó gran parte de los frescos de Giotto y Cimabue que decoraban el interior de la basílica de San Francisco, en Asís, poca fue la atención que se le dio a la muerte de las once personas que estaban dentro de la iglesia durante los temblores, y mucha fue en cambio la desesperación por la pérdida de las obras de arte. Mucho menos se habló, después, de los miles de casas que se habían cuarteado o derrumbado, ni de las 40.000 personas que se quedaron sin techo. Demasiadas catástrofes en el mundo, demasiadas hecatombes, y dio un poco la impresión de que cincuenta y tantos años de televisión habían hecho que la gente desarrollara una especie de insensibilidad para con las noticias de dolor humano.
Mejor preocuparse de frescos que la gran mayoría del mundo no había visto, ni hubiera visto nunca.
Por todas estas razones, y por muchas más, el problema de la basílica de San Francisco se volvió un problema de la comunidad mundial, y un problema aún más delicado y urgente para Italia, ya que se acercaba el comienzo del Jubileo del año 2000. ¿Adónde iban a ir los peregrinos? Además, quien quisiera pensar en positivo podía esperar que la atención que se le iba a dedicar a la reconstrucción de la iglesia iba a darles un cierto impulso a las obras de reconstrucción de las viviendas y que, fieles a las enseñanzas de San Francisco, no iban a dejar a miles de necesitados en condiciones precarias por demasiado tiempo.
Los sin techo
En diciembre del año pasado, se anunció que la restauración de la basílica estaba finalmente terminada.
Con la debida pompa, la basílica fue reconsagrada, y los frescos, relucientes de nueva vida, se develaron ante las cámaras de televisión. Los televidentes de medio mundo pudieron admirar, tal vez con un interés que no hubieran tenido en otras circunstancias, el trabajo de los restauradores, que realmente fue estupendo.
Esos mismos televidentes pudieron admirar las imágenes de San Rufino y San Victorino, reconstruidas a partir de los 3000 fragmentos en que se habían desintegrado, y quedarse justamente pasmados ante una reconstrucción que parecía tener algo de milagroso.
De ahí a hablar del "milagro de Asís" el paso fue corto.
Siempre ante las pantallas de televisión, pero probablemente menos impresionados o felices con el milagro, deben de haber estado los diez mil que, en las cercanías de Asís y de la basílica, y a más de dos años del terremoto, aún viven en lo que aquí llaman los containers .
Estos containers , o contenedores, son unas casas de metal prefabricadas, muy parecidas por su aspecto a los contenedores que normalmente se usan para transportar mercancías por barco.
Son como unos paralelepípedos de 15 ó 20 metros cuadrados, tórridos en verano y helados en invierno.
Cuando las autoridades empezaron a preocuparse por el problema del alojamiento de los que habían perdido sus casas, dos fueron las soluciones que se ofrecieron.
Una, la de contribuir a los gastos de alquilar un departamento donde alojarse temporariamente, y para esto concedieron mensualidades de 140 dólares por cabeza, y hasta 340 por familia, lo que tal vez no sea una fortuna pero puede ser una gran ayuda, sobre todo en una zona rural como la que quedó damnificada, donde los alquileres son sensiblemente más bajos que en las grandes ciudades.
Ésta fue la solución que prefería la mayor parte de los sin techo. La otra propuesta fue la de instalarse en uno de los famosos containers , con todos sus defectos, pero a su vez con agua, electricidad y servicios a precios subvencionados. Y por más cruel que pueda parecer esta solución, resultó muy atractiva para los pobres trabajadores inmigrantes, para los cuales estos alojamientos tenían algo de palaciego, comparados con los miserables galpones donde sus empleadores los hacían dormir a todos juntos en el suelo, sin agua, electricidad ni mucho menos calefacción.
Pero lo que en su momento pudo ser una buena solución temporaria, al menos para los que efectivamente habían perdido sus casas, corre el riesgo de convertirse en una situación definitiva.
Lo que se teme es que, concluida la restauración de la basílica, la "cuestión terremoto" se considere solucionada y archivada.
No faltan antecedentes similares, por ejemplo el de los terremotati del sismo en Irpina, en 1980. Los muertos, entonces, fueron más de 2500, y los que quedaron sin techo, 300.000.
En aquella ocasión, el Estado mandó más de 27.000 millones de dólares para la reconstrucción, pero la mayor parte del dinero terminó en los bolsillos de funcionarios corruptos y en las cajas del crimen organizado.
Aún hoy, algunos de los que se quedaron sin casa en 1980 siguen viviendo en los containers .
Para evitar que este problema se repitiera, se intentó organizar de otro modo la reconstrucción en Umbría, con un nuevo tipo de plan, que prevé una menor intervención del Estado, salvo en lo que a fondos concierne, y una mayor contratación directa entre la gente y las empresas de construcción.
Tampoco esto sirvió de mucho, ya que por un lado volvió más transparente la gestión de los fondos (aunque esto queda por verse), pero por otro lado la gente quiso adjudicar las obras a sus empresas de confianza, y de las 500 y pico autorizadas a participar en el proyecto, todas las obras terminaron siendo atribuidas a 100 empresas, que no dan abasto.
Equilibrio "a la italiana"
Probablemente, la cuestión de Asís termine siendo otro "milagro a la italiana", y en el fondo, es muy difícil opinar sobre el tema, ya que Italia suele moverse respetando unos sutilísimos equilibrios invisibles, imperceptibles para quien mira desde afuera, pero que hacen la fuerza de este país.
Aun así, el terremoto de Asís fue una buena ocasión de volver a proponer una delicada cuestión que solía preguntar a sus alumnos un profesor de ética sobreviviente de los horrores de Mathausen, y que es la siguiente:
"En un edificio hay dos habitaciones. Estalla un fuego tremendo en las dos. En una de ellas hay un niño de tres años durmiendo. En la otra, Las meninas , de Velázquez, obra maestra e irrepetible de la pintura universal. Las llamas amenazan devorarlo todo, niño y cuadro por igual. Hay un minuto para salvar o bien al niño o bien el cuadro. ¿A cuál de los dos salvaría usted en ese minuto?"
La respuesta, para el lector.
El autor, un argentino radicado en Roma, se especializa en entrevistas y notas de viajes.





