El misterioso misal que fue de Belgrano y de Evita

Carlos Balmaceda
Carlos Balmaceda PARA LA NACION
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27 de julio de 2013  

MAR DEL PLATA.- Al primero que escuché hablar del Misal de Burgos fue a mi tío abuelo, monseñor Luis Arroyo Paniego, un franciscano español que alcanzó la jerarquía de obispo del Vicariato de Requena, Perú. Nos visitó en Mar del Plata durante un viaje pastoral -éramos sus únicos familiares en América- y se despachó con el relato. Yo estaba en la escuela primaria, pero leía con un apetito desmesurado y las palabras del obispo me cautivaron como si me contara un capítulo de La Odisea . Esa misma noche anoté la historia en un cuaderno. Volví a encontrarme con mi tío abuelo diez años después, pero en Madrid. Le pregunté por el Misal. Sonrió y me dijo: "Si no se lo entregaron al General Perón con el cuerpo embalsamado de Eva Duarte, no sé dónde andará". Desde entonces me dediqué a buscarlo.

El Misal era un libro de tapas de cuero negro con letras doradas, escrito en latín, que contenía un Sacramentario, oraciones y lecturas bíblicas. Muchas páginas tenían anotaciones hechas a mano por su dueño, el sacerdote Antonio de Burgos, un religioso nacido en la villa de Vivar, el pueblo que fue la cuna del Cid Campeador.

De Burgos dejó Castilla la Vieja y llegó al virreinato del Perú hacia 1553. Vivió en un monasterio de Potosí hasta que una noche se despertó a los gritos y les dijo a todos lo que quisieran oírlo que San Pablo le había pedido que viajara rumbo al Sur como evangelizador. Cargó un morral con una sotana y un par de sandalias, su Biblia y su Misal, y partió. Las crónicas del español Juan Polo de Ondegardo y Zárate, tituladas Tratado y averiguación sobre los errores y supersticiones de los indios , relatan su peregrinación a través de montañas y desiertos siguiendo esa visión alucinante.

Predicó en Santiago del Estero con un fervor temerario hasta que se internó como eremita en la cordillera. Abrumado por nuevas visiones se mudó a Tucumán. Los indígenas pensaron que era un chamán y los españoles aseguraban que hablaba con Jesús y hacía milagros. En 1570 lo encontramos en Córdoba de la Nueva Andalucía. Tenía fama de manosanta, sus fieles lo escuchaban con devoción y le pedían sanaciones sobrenaturales. En 1580 acompañó a Juan de Garay en la segunda fundación de Buenos Aires. Y al año siguiente se fueron juntos rumbo al Sur, guiando una caravana de soldados e indígenas, en busca de la legendaria ciudad de los Césares. Llegaron hasta donde hoy está Mar del Plata y volvieron con las manos vacías. Antonio de Burgos murió de una rara fiebre fulminante y quemaron su cuerpo. Pero el Misal quedó a salvo en manos de un religioso de apellido Aranjuez.

Encontré más rastros: fray Pedro José de Parras, autor de Diario y derrotero de sus viajes. 1749-1753 , cuenta que el Misal era un objeto de veneración en la Buenos Aires del siglo XVIII. El inglés Thomas Macaulay afirma que el libro estuvo en poder de los jesuitas hasta que en 1767 el rey Carlos II ordenó la expulsión de la orden del virreinato del Río de la Plata. Antes de marcharse, dejaron el Misal bajo la protección de los franciscanos. El libro ya se consideraba sagrado y se creía que poseía virtudes prodigiosas.

El Misal de Burgos reaparece citado por el sacerdote Guillermo Furlong en Los jesuitas y la cultura rioplatense . Según recuerda, el libro llegó a manos de las Hermanas Misioneras de María mediante una donación que hizo María Teresita Castañeda en 1924. La mujer era sobrina nieta de Francisco de Paula Castañeda, el franciscano que entre 1820 y 1825 editó y dirigió periódicos y publicaciones de nombres excéntricos. En El Despertador Teo-filantrópico Místico-político contó que Manuel Belgrano, pocos antes de morir, le había entregado el Misal. Pero, ¿cómo llegó el libro a manos de Belgrano? Félix Luna me sugirió que quizás el sacerdote Manuel Alberti, cuando era párroco de la iglesia de San Benito de Palermo y se sumó como vocal a la Primera Junta, se lo habría entregado en confianza. Belgrano sabía latín y tenía un insólito permiso del papa Pío VI para leer toda clase de libros. El padre Castañeda custodió el libro hasta que lo heredó su sobrina nieta.

Voy con el último tramo de la peregrinación del Misal. En la Fundación Eva Perón colaboraron más de cien franciscanas y medio centenar de sacerdotes. El director espiritual del grupo era el jesuita Hernán Benítez, amigo del General Perón y confesor de Evita. Durante la visita que Evita realizó a Italia en 1947 fue recibida por su santidad Pío XII la mañana del 27 de junio. Al otro día, o al siguiente, recibió el título de hermana terciaria franciscana de manos del hermano general de la Orden de San Francisco. Evita regresó al país, la hermana superiora de las misioneras le entregó el Misal para que la protegiera y le pidió que lo conservara con el mayor secreto.

Evita murió, y tras el velatorio su cuerpo fue llevado al segundo piso de la CGT. Ahí, sus hermanas Blanca y Erminda la vistieron con el hábito blanco de las terciarias y le envolvieron las manos con el rosario negro y la medalla dorada que le había regalado Pío XII. ¿Habrán dejado también el Misal? La noche del 23 de noviembre de 1955 un comando militar violó el edificio y secuestró el cuerpo embalsamado de Evita. El Misal de Burgos no apareció nunca más. Hay muchas hipótesis sobre su destino, así que no me rindo y lo sigo rastreando.

Cuento la historia del Misal porque luego de tantos años me sigue resultando desmesurada e inverosímil. Propia de un país en el que cada día sucede algo increíble, irracional, disparatado. Algo que de golpe nos sumerge en un mundo de ficción en donde la realidad se diluye y le deja paso a la más irreverente fantasía.

Lo grave es que en ese mundo alucinado siempre perdemos algo de enorme valor colectivo. Y sagrado. Como el Misal de Burgos.

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