
El mito del creyente sincero
Por Naomi Klein Para LA NACION
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SAN FRANCISCO, California
Aquel sueco alto, estudiante de posgrado, de visita en Estados Unidos, no quedaría satisfecho con un subterfugio. Quería respuestas. "No pueden actuar impulsados únicamente por la codicia y el poder. Debe de haber algo más elevado. ¿Qué es?", preguntó. Intenté aconsejarle que no subestimara la codicia y el poder, constructores de imperios. No le bastó. "¿Y si creyeran estar construyendo un mundo mejor?", propuso.
Desde que salí de gira con mi libro The Shock Doctrine ("La doctrina del choque") he mantenido varios diálogos como éste en torno del mismo interrogante básico. Cuando los líderes de la "derecha dura" y sus asesores aplican a la economía una terapia de choque brutal, ¿creen sinceramente que el efecto de goteo construirá sociedades equitativas? ¿O sólo están creando adrede las condiciones para un nuevo acceso de voracidad de las corporaciones? Concretamente: la transformación global de los últimos treinta años ¿ha sido obra de una ideología elevada o de una codicia prosaica?
Para dar una respuesta definitiva, habría que leer la mente de hombres como Dick Cheney y Paul Bremer. Por eso tiendo a eludirla. Según la ideología en cuestión, el interés propio es el motor que remonta a la sociedad hasta sus alturas máximas. ¿Perseguir sus intereses personales (y los de quienes donan fondos para sus campañas) no es acaso compatible con esa filosofía? Ese es el gran atractivo: ellos no tienen que optar. Lamentablemente, esto rara vez satisface a los estudiantes de posgrado que buscan significados más profundos. Por suerte, ahora tengo una nueva escapatoria: citar a Alan Greenspan.
Han publicitado su autobiografía, The Age of Turbulence ("La era de la turbulencia") como un misterio resuelto. El hombre que durante dieciocho años, mientras presidió la Reserva Federal, se mordió la lengua, revelaría por fin al mundo sus verdaderas convicciones. Y lo hizo. Su libro y la publicidad que lo rodeaba le sirvieron de plataforma para exponer su ideología "republicana libertaria" y regañar a George W. Bush por haber abandonado la cruzada en pro de un gobierno pequeño. También para revelar que ingresó en el aparato gubernamental porque supuso que "desde adentro" podría promover su ideología extrema con mayor eficacia que "como un panfletista crítico" y marginal. Sin embargo, la revelación más interesante es la función ambigua que cumplen las ideas en la cruzada libremercadista. Greenspan es, quizás, el ideólogo libremercadista más poderoso del mundo entre los vivos. Por tanto, resulta significativo que su compromiso ideológico parezca bastante endeble y superficial, que en él haya más apariencia conveniente que fervor.
El debate sobre el legado de Greenspan ha girado, en gran parte, en torno a la hipocresía de un hombre que predicó el laissez-faire y, al mismo tiempo, intervino reiteradamente en el mercado para salvar a los jugadores más ricos. La economía que nos dejó difícilmente encaje en la definición de un mercado libertario. En cambio, se asemeja mucho a otro fenómeno descrito en su libro: "Cuando los líderes de un gobierno buscan, por rutina, a los individuos o empresas del sector privado y les conceden favores a cambio de su apoyo político, se dice que la sociedad está en manos del capitalismo amiguista". Se refiere a la Indonesia de Suharto, pero pensé instantáneamente en el Irak de Halliburton.
Ahora, Greenspan nos advierte que se cierne sobre el mundo la temible amenaza de una reacción violenta contra el capitalismo. Al parecer, esto nada tiene que ver con las políticas de desregulación negligente que caracterizaron su gestión; con los salarios estancados por el libre comercio y el debilitamiento de los gremios; con las jubilaciones perdidas por culpa de Enron o el colapso de las empresas virtuales; con los hogares atrapados en la burbuja hipotecaria. Greenspan achaca la desigualdad desenfrenada a la despreciable enseñanza secundaria (que es totalmente ajena a la guerra ideológica que libra Greenspan en la esfera pública). Hace poco, mantuve un debate con él en Democracy Now! y quedé pasmada al ver que ese hombre, que predicaba la doctrina de la responsabilidad personal, rehusaba de plano asumirla.
Empero, las contradicciones ideológicas sólo son pertinentes si Greenspan es, en verdad, un creyente sincero. No estoy convencida de que lo sea. Según cuenta en su libro, en sus tiempos de estudiante no se interesó en absoluto por las grandes ideas. A diferencia de sus compañeros, atrapados por el keynesianismo y su promesa de construir un mundo mejor, él simplemente fue bueno en matemáticas. Comenzó a hacer investigaciones para compañías poderosas; era un trabajo lucrativo, pero él no se atribuyó ningún aporte social superior.
Luego, descubrió a Ayn Rand. "Ella -dijo en 1974- hizo que me preguntara por qué el capitalismo, además de ser eficiente y práctico, era moral."
Las ideas de Rand sobre la "utopía de la codicia" le permitieron seguir prestando servicios a las corporaciones, al instilarles un sentido misional fuerte y novedoso. Ganar dinero ya no era bueno sólo para él: también beneficiaba a la sociedad en general. Por supuesto, el reverso era la cruel indiferencia hacia los rezagados. "El camino recto y la racionalidad llevan a la alegría y la realización -escribió el ferviente neófito-. Los parásitos que se empeñan en eludir la finalidad o la razón perecen. Así debe ser." Cabe preguntarse si estas ideas rígidas le resultaron útiles cuando apoyó la aplicación de la terapia de choque en Rusia (72 millones de personas empobrecidas) y en Asia Oriental tras la crisis económica de 1997 (24 millones de desocupados).
Rand ha desempeñado este papel de facilitadora de la codicia para innumerables discípulos. En opinión de The New York Times , su novela La rebelión de Atlas -que termina con el protagonista trazando en el aire el signo del dólar, a modo de bendición- es "uno de los libros sobre negocios más influyentes que se hayan escrito jamás". Rand es un mero extracto de Adam Smith. Por consiguiente, su influencia sobre hombres como Greenspan indica una posibilidad interesante. Tal vez el verdadero propósito de toda la bibliografía sobre la teoría del goteo sea liberar a los empresarios privados para que busquen el provecho más egoísta, mientras dicen actuar motivados por un altruismo global. Más que una filosofía económica, es una argumentación compleja y retroactiva.
Greenspan nos enseña que, después de todo, el goteo no es en realidad una ideología. Más bien es como ese amigo al que llamamos, luego de haber cometido algún exceso vergonzoso, para que nos diga: "No te mortifiques. Te lo mereces".
The Nation/ LA NACION
(Traducción Zoraida J. Valcárcel)






