
El mito del eterno retorno
Por Alberto A. Fernández Para LA NACION
1 minuto de lectura'
"Todo pasa y todo retorna; todo muere y vuelve a florecer; todo se quebranta y se reajusta", dijo Nietzsche al revelar el mito del eterno retorno con el que intentó explicar el carácter cíclico de la historia. Cuando el filósofo alemán vivió, la Argentina iniciaba su existencia como Nación. Sin embargo, su mito parece haber predicho la suerte de esta patria.
Invariablemente condenados a repetir penosas experiencias, la crisis y el enojo social deambulan por las calles en busca de los nuevos responsables del retorno de la desdicha. Como en años anteriores hay ciudadanos que padecen la sustracción de sus ahorros; hay pobres y desocupados que cortan rutas reclamando su ración de comida; hay señoras que en el rítmico golpe de sus cacerolas pretenden aferrarse a una clase media que las desampara, y hay inclusive supuestos rumores de "golpe de Estado".
Trágicos retratos de un presente que nadie sabe a qué futuro conduce. Imágenes de un naufragio en el que la moneda se debilita, los representantes del pueblo se ocultan de él, la poca plata convertida en dólares se esconde bajo colchones, el desarrollo económico dormita y el sistema político es impiadosamente cuestionado. Inmersos en este clima, un presidente surgido de la urgencia institucional quiere gobernar el momento. Su tarea no es sencilla: debe encontrar una salida a un laberinto en el que ya no quedan ganadores. Los que trabajan no disponen de sus sueldos; los que tenían bonos del Estado se quedaron sin nada con la quiebra del país; los que ahorraban en los bancos soportan la confiscación de su dinero, y los que tenían industrias no tienen a quién venderle en medio de una recesión galopante.
A pesar de semejante contexto, la dirigencia argentina actúa como si quisiera perpetuar la agonía del encierro. Recluida en sus corporaciones, pasa el tiempo especulando en el terror de que la bronca ciudadana le birle su espacio. No contabilizan los enojados votos del último 14 de octubre. No escuchan las voces desencajadas de quienes sólo pretenden una vida digna. No han advertido que el virus inflacionario ha comenzado a desperezarse tras diez años de sueño. No se dan cuenta de que la devaluación, por sí sola, nos empobrece. No son capaces ni siquiera de atacar efectivamente el mayor problema que nos agobia: el gasto público.
La patria en el laberinto
Seguramente estamos transitando por el último tramo de un camino en el que ya nadie circulará. Quisiera pensar que es éste el último suceso de un ciclo que no se repetirá en el mañana. Eso lo afirma el Presidente en cada discurso y lo saben sus congéneres políticos, aun cuando sus acciones muchas veces los desdigan.
Si queremos salvarnos, es imperioso que la Argentina ponga en marcha otros modos de conducir la República y que aparezca una dirigencia capaz de hacerse cargo y de quitarle a la gente sus angustias resolviendo sus problemas.
Muchos países del mundo han debido sufrir dificultades semejantes a las que hoy soportamos. Así ocurrió con España, Nueva Zelanda e Irlanda. Todos ellos salieron a flote con gobernantes maduros, con un amplio consenso político y con una estrategia firmemente centrada en la promoción del trabajo, el desarrollo de las exportaciones, la conquista de nuevos mercados, la atención de los sectores más desprotegidos y la aplicación responsable de políticas de ajuste del gasto público.
Me siento parte de una generación nacida políticamente en la democracia, que quiere conjugar tanto reclamo ciudadano con la sensatez y la reflexión de quienes están llamados a representar al conjunto. Si lo logramos, tal vez ayudemos a encontrar la puerta de salida del laberinto que hoy nos enloquece y, asumiendo la realidad sin voluntarismos, colaboremos en la refundación de una patria que merezca ser vivida.
Será ése el instante en que otros hombres y otras mujeres tomen la posta que dejen aquellos que en nombre de la democracia vulneraron derechos, corrompieron la función pública, saquearon nuestras riquezas y condenaron a millones de argentinos a perder el derecho a la ilusión. A todos ellos esta crisis los ha matado y allí está, por encima del retorno de la desdicha, lo único bueno en tanto dolor.






