
El modelo nórdico no es para todo el mundo
La crisis política francesa ha proyectado como posible candidata del opositor Partido Socialista a Ségolène Royal, una mujer que es la novedad en la política francesa. Nació en Senegal en 1953 y representa tanto una cara como ideas nuevas.
Ella subraya las virtudes del modelo nórdico, el que aplican Dinamarca, Noruega, Holanda, Finlandia, Islandia y Suecia, que combina una alta flexibilidad laboral, como en el sistema norteamericano, con alta protección social. Esta reivindicación del modelo nórdico por parte de la figura más novedosa del socialismo europeo coincide con la posición que ha explicitado un economista liberal (progresista) de los Estados Unidos, Jeffrey D. Sachs.
Este sostiene que los países nórdicos han logrado combinar el bienestar social con altos niveles de ingresos, un sólido crecimiento económico y estabilidad macroeconómica. Defiende este modelo y lo propone para reducir la desigualdad y la pobreza, que han aumentado en los EE.UU.
En concreto, Sachs propone para su país lo mismo que Ségolène para Francia: mantener la competitividad mediante la flexibilidad laboral, pero atenuar sus efectos sociales con fuertes regímenes de seguridad social.
El éxito que ha obtenido Australia en la última década también sería el resultado de una fórmula similar a la nórdica. Quienes lo elogian sostienen que el modelo australiano ha logrado combinar el vigor del capitalismo norteamericano con la humanidad del Estado de Bienestar europeo sin sufrir el costo negativo de ambas caras del sistema.
El mismo planteo realizó la OIT en la reunión que tuvo lugar recientemente en Brasilia. Propuso que se combinara en América latina la flexibilidad laboral con la seguridad y la protección social de los trabajadores, lo que alude al llamado modelo nórdico, aunque sin nombrarlo.
Hasta aquí, todo parece simple y la pregunta es por qué si esta fórmula es tan simple y eficaz como lo propone Sachs no la aplican EE.UU. ni los países más grandes de la eurozona. La cuestión es que el llamado “modelo nórdico” europeo y su versión australiana sólo han funcionado en países con poca población, ya que ninguna de las naciones nórdicas supera los nueve millones de habitantes. Por su parte, Australia tiene sólo 19 millones.
A medida que crece la población de un país, la pobreza aumenta y la desigualdad es mayor. Es más fácil reducir ambos problemas en los países con menor población, y esto es quizás un aspecto que Sachs no ha analizado al proponer el modelo para un país con casi trescientos millones de habitantes, como es Estados Unidos.
El segundo problema es que la aplicación de este modelo implica subir los impuestos, lo que siempre genera un conflicto.
Pero la OIT ha propuesto también este modelo para América latina, cuya historia y cultura tienen fuerte afinidad con Europa, aunque no la tiene demasiado su realidad política e ideológica, como lo muestra la reciente cumbre de Viena.
El problema central que plantea el modelo nórdico para esta región es que la mitad de los puestos de trabajo son informales o en negro y, en cambio, los países que lo aplican tienen casi todo el trabajo formalizado. Como ejemplo, mientras que en la Argentina el 10% de los trabajadores que más ganan tiene once veces el ingreso del 10% que gana menos, en los países nórdicos esta diferencia es de sólo 2,5 veces. Este dato evidencia que hay menor desigualdad dentro del mundo del trabajo que en la Argentina en particular y que en América latina en general.
Aplicar este modelo en América latina sin antes disminuir el alto grado de trabajo en negro sólo llevaría a reducir algo la desigualdad y la pobreza entre los trabajadores formales –la mayoría de los cuales está por encima de la línea de pobreza– sin mejorar la situación de la mitad de los trabajadores que están en la informalidad.
Se puede discutir si el modelo nórdico, que es una solución para países desarrollados con poca población, resulta viable para naciones desarrolladas con más población. En América latina, sin una significativa reducción del trabajo en negro, no serviría para reducir la pobreza.© LA NACION
El autor es director del Centro de Estudios Nueva Mayoría.






