
El Mundial de los veinticinco millones
Por Abel Gilbert
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"VEINTICINCO millones de argentinos/ jugaremos el Mundial", insistía desde los altavoces, a toda hora y en cualquier lugar, la marcha alusiva al XI Mundial de fútbol que se disputó en la Argentina hace exactamente veinte años. Faltaba poco para que la pelota empezara a rodar y estaba en juego algo más que un trofeo.
La junta militar argentina había sido sentada en el banquillo de los acusados. Las denuncias por las violaciones a los derechos humanos provocaban azoramiento internacional. La administración demócrata del presidente James Carter azuzaba desde Washington con una intensidad que descolocaba a los generales adiestrados en West Point bajo la hoy abominada Docrina de la Seguridad Nacional. En Europa, las acusaciones tenían un tenor similar. La imagen del gauchito que promocionaba el XI campeonato era un disparador de las más escalofriantes alegorías: calaveras-pelotas, arcos con un arquero estacado, estadios cercados por alambres de púas.
El Proceso de Reorganización Nacional veía por lo tanto el torneo como un instrumento capaz, al menos, de atenuar las protestas.
Si bien en 1978 la represión estatal había cedido en comparación a los índices espeluznantes de años precedentes, el tema no era irrelevante. El dispositivo del terror seguía intacto. Como involuntaria y a su vez atroz asociación topográfica, a cada estadio le correspondía en sus inmediaciones un campo de concentración: River Plate-ESMA, Chateau Carreras-La Perla, Vélez Sarsfield-Olimpo, Mar del Plata-Unidad Regional, Mendoza-Liceo Militar, Rosario Central-II Cuerpo.
No era un país escondido dentro del mismo país, ni la imagen de un territorio librado a las huestes de un ejército de ocupación. Tan inmenso era el horror que hasta en sus intersticios podía colarse, por entonces invisible, el testimonio de su padecimiento. Pero incluso el mal podía adquirir de esta manera hasta características banalizantes y revestir grados de costumbrismo o familiaridad.
Ese mes de junio desaparecieron unas cuarenta personas. Hubo casos de personas "levantadas" en un bar mientras veían un partido. Sin embargo, había que rasgar la superficie festiva si se quería verificar la profundidad del desgarramiento. Con ese propósito, un verdadero enjambre periodístico vino desde el exterior para tratar de comprender qué es lo que estaba sucediendo.
Los militares exhortaban entonces a que el Mundial 78 sea disputado por "todos los argentinos", más allá de los resultados deportivos. Y pedían que, al margen de las contingencias domésticas, esos "veinticinco millones" jugaran de "nosotros" frente a los "ellos", esa figura perturbadora que llegaba de afuera.
Detrás del sofisma castrense, de las consignas patrioteras y los afanes de unanimidad, detrás de un Mundial que impregnaba con su lógica todos los resquicios, se fue configurando así una de las experiencias colectivas más traumáticas para este país.
El Mundial se jugó en todas partes. El emblema del gauchito vigiló desde pañuelos, destapadores, cuadernos, banderitas, gallardetes, cigarreras, encendedores.
El Mundial se desarrolló en medio de la omisión, el entusiasmo militante y el alborozo por las victorias deportivas. Hizo que bajara la productividad laboral y se recuperaran en calidad de préstamo, espacios públicos cercenados. El Mundial se introdujo en las cárceles y los hospicios, en las fronteras y las escuelas, en las mismas escuelas donde se difundía una circular ministerial según la cual la subversión se agazapaba en los mismos jardines de infantes.
Veinte años después todavía cuesta comprender cómo las cosas pudieron llegar a suceder de esa manera. ¿Fue, acaso, sólo responsabilidad de un grupo de villanos y agitadores mediáticos?
Por entonces, el destacado sociólogo Guillermo O´Donnell, que aún vivía en Buenos Aires, estaba realizando una encuesta por demás paradigmática. Trataba de investigar el pánico que le causaba a la gente la posibilidad de ser secuestrada o torturada. Fue, según sus propias palabras, el sondeo peor confeccionado en la historia de la sociología. Hacían las entrevistas a personas a las que conocían de antemano. Era, dice O´Donnell, una forma de exorcizar el miedo propio. Al principio, esperó encontrar una severa oposición al régimen. Pero de esas respuestas surgía una negación de lo que acontecía alrededor, incluso en personas que habían sido marcadas por la política. Verificó la decisión de los consultados de vivir una vida privatizada y de aceptación del discurso oficial de un Estado que se había clandestinizado. La aceptación de ese discurso oficial se complementaba con el boom de consumo que había estallado a partir de la reforma financiera de 1977, dispuesta por el equipo del ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz.
En 1984, cuando el país se reencauzó institucionalmente y comenzó a salir a la luz lo ocurrido en los años de plomo, O´Donnell volvió a entrevistar a las mismas personas interrogadas en medio del Mundial. Las respuestas fueron esa vez totalmente diferentes. "¡Qué barbaridad lo que pasaba!", le dijeron, casi a coro. El sociólogo hablaría de una reescritura de las memorias individuales. Da mucha culpa la manera en que se actuó, concluye.
Claro que el sometimiento, la boca cerrada, el disimulo, se difuminaban en junio de 1978 al calor del XI campeonato. Pocos o nadie festejaron en las calles. Las plazas se poblaron de fantasmas y nuevos silencios.
Volver la vista atrás y mirar las escenas de 1978 pretende al menos hacerse cargo de ciertas lagunas de la memoria histórica.
Si "veinticinco millones" de argentinos "jugaron" el Mundial no parece estar de más revisar los instantes de paroxismo con el prisma del presente aprendizaje democrático.
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El autor, junto con Miguel Vitagliano, acaba de lanzar el libro El terror y la gloria, la vida, el fútbol y la política en la Argentina del Mundial 78 (Editorial Norma).





