El Mundial se ve, pero también se puede leer

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
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26 de junio de 2014  • 02:00

A muchos de los que amamos el fútbol nos gustaría ver los sesenta y cuatro partidos del Mundial y, al mismo tiempo, poder abstraernos de las miles de conversaciones que van a seguir manteniéndose, durante lo que queda del mes, acerca de esos mismos sesenta y cuatro partidos. ¿Pero cómo? Hace un tiempo le pregunté a una ensayista con la que solemos hablar de literatura (pero sobre todo de tenis) qué iba a hacer ella para escapar de la avalancha discursiva con la que los medios saturan a sus audiencias por estos días y me contestó, resignada: "Nihil". Pero, como suele decir otro amigo, alguna trampa habrá que hacerle a la Matrix patriotera para no acabar sepultados por banderitas de plástico, vinchas y sentido común: si alrededor del Mundial se proyecta una verborrea que subraya una y otra vez lo visto en las transmisiones, lo cierto es que también pueden encontrarse, sobre todo en la web, algunos relatos alternativos. Ahí están las increíbles historias del plantel de Camerún (peleas a golpes entre compañeros, escapadas de la concentración), la desastrosa primera fase de las potencias europeas, la salvaje mordida (la tercera en su carrera) de Luis Suárez a un defensor italiano, la sorpresa de Costa Rica, un equipo que no estaba en el radar de nadie. Si es imposible dejar de ver el Mundial, es posible disfrutarlo de otra manera: complementando los partidos con la lectura de artículos de fondo que no vuelven sobre los resultados de ayer ni especulan sobre los de mañana, sino que se ocupan, por ejemplo, de las relaciones entre fútbol, política, poder, sociedad y dinero.

Si es imposible dejar de ver el Mundial, es posible disfrutarlo de otra manera: complementando los partidos con la lectura de artículos de fondo

La revista chilena The Clinic publicó el 13 de junio una nota que lleva por título "Los intocables: la corrupción mundial del fútbol brasileño" y se centra en los escándalos de las diversas dirigencias de la Confederación de Fútbol de Brasil (CBF). Dos de las dos máximas estrellas de aquel país, Zico y Romario, se han convertido en los principales enemigos de la institución que hoy dirige (después de la escandalosa renuncia de Ricardo Texeira) José María Marín, un reconocido defensor de la última dictadura militar. "Cada año la CBF exporta más de 1.000 jugadores profesionales de fútbol. Se van de Brasil y juegan en el extranjero en todo tipo de equipos, desde la primera división alemana hasta la cuarta división en Polonia. Cada ocho horas un jugador de fútbol se sube a un avión en Brasil con su contrato en la mano para jugar en el extranjero. Eso equivale a exportar un equipo completo a la semana, y aproximadamente 100 al año". Así describe Jonathan Franklin, el autor del informe, uno de los múltiples negocios millonarios de la CBF.

Los vínculos entre la alta política y los negocios del fútbol son retomados por el sitio Informe Escaleno, que actualiza todas las semanas un dossier sobre el Mundial 2014. En una entrevista al periodista brasileño Lucio de Castro, autor de una serie de reportajes llamados "En las cloacas del fútbol", puede leerse: "Los regímenes democráticos también utilizan al fútbol y a los deportes como instrumento de propaganda. Hoy el control del gobierno de la maquinaría del Estado en tiempos de grandes eventos significa estrechos vínculos con empresas constructoras, contratistas, empresas de marketing y eventos, todos movimientos millonarios en dinero, que irán a garantizar la caja de los partidos políticos y los propios políticos personalmente". De Castro, que investigó las relaciones entre fútbol y dictadura, explica los motivos que él cree que tuvo la FIFA para elegir las sedes de los próximos mundiales: "El oportunismo de la FIFA no cambió nada. Por el contrario, ha mejorado. Si hoy no tenés más dictaduras latinoamericanas, encaminó la dirección a Rusia o Qatar, gobiernos de cleptómanos. Terreno fértil para que la FIFA pueda hacer sus grandes jugadas. Si antes encontraban esas facilidades, tuberías de dinero sucio y falta de transparencia en las dictaduras de nuestro continente, hoy se expanden para esos países, donde encuentran un ambiente propicio".

Estos son solo algunos sitios para evitar ser atrapados por la entropía de los comentaristas deportivos, aunque no deben ser los únicos

En otro artículo del mismo sitio, "El mundial del antagonismo", Idelber Avelar relata desde Belho Horizonte cómo fue que se desbrozó el camino hacia la realización del mayor evento deportivo del mundo, sorteando problemas habitacionales y reprimiendo protestas multitudinarias: "La preparación del Mundial incluyó la expulsión, en muchos casos violenta, en otros sin cualquier aviso previo, de un número incierto de familias, que los cálculos de los Comité de Afectados sitúan entre 150 mil y 250 mil. Los intereses contemplados fueron fundamentalmente los de la especulación inmobiliaria, con la higienización de áreas valoradas por su cercanía a los estadios y la remoción de familias pobres a kilómetros de sus trabajos y escuelas (…) El Mundial en Brasil ha costado el equivalente a los tres últimos sumados, con beneficios bastante inciertos para la población, ya que no se concretaron la mayoría de las obras de movilidad urbana que podrían haberles beneficiado a los más pobres, y los nuevos estadios se encuentran elitizados a un punto en que los hinchas tradicionales, representativos de la diversidad étnica del país, ya no pueden entrar".

Finalmente, podría mencionarse a la remozada revista Anfibia, que también decidió prestarle especial atención a ciertos aspectos laterales o secundarios del Mundial. En el ensayo "El mundial es ficción" el sociólogo Pablo Alabarces explica, entre otras cosas, la razón de ser de las insoportables publicidades televisivas que nos azotan cada cuatro años (esos locutores que gritan y lloran y apelan con sus rugidos al nacionalismo más ramplón). Y Ezequiel Fernández Moores, motivado por los polémicos fallos de los primeros partidos de la fase de grupos, escribe una crónica sobre los árbitros, esos seres que se hacen notar solo en situaciones extremas y que suelen ser el blanco de todos los insultos: "Toda la prensa advirtió que se venía otro Mundial de desastres arbitrales. Temían que sucediera lo mismo que en 2002, cuando Corea del Sur, coorganizador con Japón, llegó a semifinales de la mano de los jueces. Sobre todo por la labor de un ecuatoriano llamado Byron Moreno, escandaloso contra Italia, que ocho años después fue arrestado en el aeropuerto de Nueva York con seis kilogramos de heroína. Hay que aclarar que, tres veces suspendido, ya había cesado como árbitro".

Estos son solo algunos sitios para evitar ser atrapados por la entropía de los comentaristas deportivos, aunque no deben ser los únicos. Lugares donde recalar para atravesar la espera entre un partido y otro. Espacios, por qué no, para refugiarse en caso de que suceda lo que nadie tiene intención de que suceda: que la Argentina no sea uno de los dos equipos que tengan una cita el próximo 13 de julio en Río de Janeiro.

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