
El mundo: global y multipolar, pero con poder concentrado
Más consciente de los derechos humanos y más interdependiente, el planeta sigue siendo desigual y centraliza las decisiones en un club de pocos miembros
1 minuto de lectura'

Quienes estudian la política internacional suelen discutir acerca de cuál es la métrica adecuada para estimar los cambios globales. Algunos miran la distribución de poder y observan cómo en treinta años el mundo dejó de estar dominado por dos superpotencias, con centro en Washington y Moscú, e ingresó en el período unipolar junto a Estados Unidos como la "potencia indispensable".
Advierten, sin embargo, que el unipolarismo es un relato acotado, porque lo que tenemos hoy es el "ascenso del resto": China, Rusia, la India, Brasil, Indonesia y Sudáfrica, entre otros. La incógnita más valiosa, claro, es la que especula sobre el futuro de China. En 1980, China representaba el 2,2% del producto mundial. Dentro de una década será la economía más grande del planeta y representará cerca del 20%. Buena parte del futuro orden global tendrá que ver con la habilidad, o no, que tenga China para convertir poder económico en poder político y simbólico.
Como sea, quienes creen que el juego geopolítico es ya cosa del pasado afirman que la globalización, y no la polaridad, es la clave para entender lo que pasó en estos treinta años. En efecto, el mundo se ha vuelto más globalizado, no sólo en el aumento de transacciones, sino también en el aumento de estructuras transnacionales de producción. La globalización, también, ha transformado nuestra manera de trabajar, de hacer política, de movilizar a la sociedad civil y de construir identidad, individual o colectivamente. Pero continúa la discusión acerca de los efectos positivos de la globalización. Distintos estudios muestran que los ganadores han sido los ciudadanos más ricos del planeta, el 1% de la población, y una suerte de clase media global emergente de países como China, la India, Brasil o Indonesia. Es cierto, la extrema pobreza se redujo en estos treinta años. Pero la desigualdad económica sigue siendo acuciante y ha crecido en países tan diversos como Estados Unidos, China, la India, Rusia o Suecia. El 8% de la población mundial se adueña del 50% del producto, mientras que el 92% restante se queda con la otra mitad.
Más democrático
Finalmente, quienes apuntan a cambios más profundos, sean políticos, legales o normativos, observan cómo la democracia y los derechos humanos son hoy ya elementos constitutivos de nuestra identidad política.
A comienzos de los 80 había poco más de cuarenta democracias y cerca de ochenta autocracias. Hoy existen poco más de noventa democracias y cerca de veinte autocracias. También a inicios de los 80, los derechos humanos eran o bien una noble aspiración o bien un instrumento ideológico de lucha contra el comunismo. Hoy, la sociedad de Estados, acompañada y muchas veces presionada por la sociedad civil global, ha llevado adelante profundos cambios para intentar evitar, no siempre con éxito, que las violaciones sistemáticas de los derechos humanos no queden sin castigo. En treinta años, en fin, el mundo se ha vuelto más multipolar, más globalizado, más democrático y más consciente de los derechos humanos.
Estos cambios, claro, persisten en un contexto más amplio de continuidades, esas que a un Tucídides renacido le harían apreciar, una vez más, cómo el poderoso sigue haciendo lo que quiere y el débil sufriendo lo que debe. Es cierto, algunos poderes estarán declinando, otros ascendiendo, pero el club del poder sigue teniendo pocos miembros y hoy está más preocupado por aumentar la legitimidad interna de cada miembro que la legitimidad externa hacia el resto de la sociedad internacional.
Con toda la legalización y la difusión de normas a nivel global, las instituciones internacionales continúan siendo sitios de poder y hasta de dominación. La sociedad internacional parece haber encontrado un límite difícil de sortear para resolver de manera multilateral problemas de acción colectiva.
La incompleta ronda de Doha de comercio mundial; el incompleto Kyoto 2 para actuar contra el cambio climático; el siempre esquivo desarme nuclear; el fracaso de la lucha contra el narcotráfico; el aumento del espionaje informático y la esquiva legalización de la norma para intervenir por motivos humanitarios son algunos de los problemas que ilustran la enorme dificultad que tiene la sociedad internacional para capturar el interés común, manejar el poder desigual y mediar la diferencia y el conflicto por valores y normas.






