
El mundo sigue andando
Por Orlando Barone Especial para La Nación
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PINAMAR.- LA historia se desarrolló aquí, en un escenario que hubiera merecido otro guión y un final feliz, estilo verano, en vez de un desenlace truculento.
Después de tres años de la muerte de José Luis Cabezas, salvo para sus padres -los únicos para quienes será inolvidable sin que se les pida que no lo olviden- hay una lógica atenuación del duelo. Se verá si el símbolo resiste la natural restricción a un círculo gremial o de pertenencia, y logra perdurar sin fronteras.
Se trataba de un fotógrafo que hasta el momento de morir era casi desconocido y cuyo salario mensual de obrero especializado no le garantizaba un futuro de jubilado próspero. Tampoco el bucólico destino de arena y de mar al que había sido designado le sugería siquiera una posibilidad de protagonismo como si se tratara de un corresponsal de guerra en la línea de fuego. Pero de pronto, desde el 25 de enero de 1997, aquel joven hasta entonces limitado al ejercicio de su oficio en la revista Noticias, acabó por ser el muerto más notable de toda una época, así como la muerte de Alfredo Yabrán fue su contrapartida, clausurando la parábola de extremos trágicos: aquél representando el bien y éste, el mal, según el veredicto moral de la sociedad.
Yabrán era un empresario multimillonario y, paradójicamente, también desconocido y con afán de seguir siéndolo, hasta que el fotógrafo aquél le disparó con una certera foto esa metafórica bala que él había invocado inconscientemente: "Sacarme una foto es como meterme una bala en la cabeza". Más tarde, para no desairarlo, una bala real acabó perforándosela.
Una suerte de coincidencias simbólicas convergen en la historia: los dos grandes muertos -la calificación es de índole mediática y no cualitativa- terminaron con balas en la cabeza. En ambos casos se ciernen dudas acerca del presunto disparador, y también son un enigma los motivos. Una de las víctimas se llama Cabezas; la otra era la cabeza de un intrincado y oscuro grupo económico. Los cadáveres de ambas aparecen en campos solitarios. Y por piadosas e higiénicas razones de estética no fueron exhibidos públicamente. Uno estaba carbonizado y el otro irreconocible.
Sus respectivos y desiguales roles compitieron en resonancia: el de Cabezas, por el protagonismo de la empresa periodística que integraba y que hace que el crimen se perciba como un atentado a la libertad de prensa; el de Yabrán, porque su vinculación con la gestión política y la sospecha de que pudiera haber sido el instigador conllevan la idea de la impunidad del poder que Yabrán había proclamado.
Los ojos de Cabezas, su mirada clara en un diseño de eficacia dramática, se propagaron en millones de afiches de diseño eficazmente dramático que el tiempo redujo en cantidad y persistencia, y que la digestión de la memoria ha ido procesando entre la resignación, el descreimiento o la aceptación del fatalismo.
La prensa, unida en la primera gran manifestación en memoria de un periodista, logra instalar el símbolo de duelo en la conciencia colectiva aun a riesgo de sobreactuar su presión y de que el reclamo pudiera sonar corporativo. La revista Noticias debe aceptar que el año 1997 fue infortunado: meses después del asesinato del reportero y en un mismo día se suicida uno de sus fotógrafos -Antony Walsh- y muere en Guatemala, de un ataque al corazón, el periodista Carlos Dutil, uno de los investigadores de la "maldita policía". El peso psicológico de un sino trágico cargó sobre el staff periodístico: sus referentes más notables fueron interrogados por la prensa y los jueces. Sus directores y jefes debieron absorber una abrumadora e indigesta ola de rumores y mensajes no siempre racionales, no siempre desinteresados políticamente y no siempre mansos, obviamente. Durante estos tres años se publicaron más de catorce libros relacionados con el caso: uno de ellos, Don Alfredo , de Miguel Bonasso, ha superado tiradas de más de cincuenta mil ejemplares y figura todavía hoy en la lista de best-sellers.
La ciudad de Dolores, hasta entonces un rutinario mojón de mitad de camino en la ruta del verano, se vio renacer inesperadamente en el mapa como punto turístico.
Las especulaciones más delirantes y descabelladas siguieron difundiéndose hasta hoy, como los supuestos maleficios de la tumba de Tutankamón o los inextinguibles enigmas sobre el asesinato de Kennedy. Hasta las personas de conducta más seria se sintieron tentadas de urdir sus versiones fantásticas y aun ridículas por lo inconsistentes. Semejante teatro folletinesco tenía su justificación en un contexto oficial que lo alentaba con actores adecuadamente farsescos. Aquí y allá aparecieron charlatanes incentivados por el afán de notoriedad o de importancia.
Ahora, aparte del fallo del tribunal, se sabe que la sociedad ya había prejuzgado el juicio. Como elusivo, anecdótico e insuficiente. El tamaño, la magnitud que adquirió la tragedia, exigía, en la fantasía o en el deseo de la sociedad, culpabilidades menos modestas que las de los sujetos que fueron llevados al banquillo de los acusados. La cárcel está poblada de criminales pequeños y pobres, ignorantes y brutos. Esto es lo que hay: "Un cuento lleno de sonido y de furia, contado por un idiota", como dice William Shakespeare por medio de Macbeth.
Hay cenizas de un fotógrafo en un nicho del cementerio de Avellaneda, en la cava hay una cruz y una placa evocativas y la arena pisoteada por algunos curiosos, en distintas ciudades hay salas de periodistas consagradas con el nombre del fotógrafo, hay más de doscientos cuerpos de expedientes con destino al archivo judicial y a las polillas, hay una viuda y su hija pequeña tratando de sobreponerse a la desdicha y está el verano de Pinamar poblado de veraneantes dispuestos a ser felices.
"El mundo sigue andando", dice el tango de Gardel y Le Pera. El fotógrafo de la revista Noticias cumple hoy con su trabajo en el mismo lugar donde antes lo hacía Cabezas.




