
El muro invisible
Hoy, a nueve años de la caída de la célebre medianera berlinesa de hormigón, una pared infranqueable sigue en pie: la que levantan en sus mentes los habitantes del ex mundo comunista y los del capitalista. Se miran con desconfianza y son diferentes en el aspecto, en la cultura y en los modos de ser. Es el síndrome ossi-wessi.
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Berlín.- HOY, casi nadie sabe con certeza por dónde pasaba el muro antes de su pesada caída, en 1989. Poco queda del hormigón que dividió a la ciudad durante más de dos décadas; apenas 400 metros decorados con graffiti, que la oficina turística quiso llamar, en inglés, East Side Gallery...
Una pared infranqueable, sin embargo, sigue en pie. Pero no se eleva sólida en medio de las calles, sino invisible en la mente de los berlineses. No se habla ya de este y oeste porque no hay división física, sino de tipos humanos que mantienen una frontera imaginaria: los ossis y los wessis, habitantes del ex mundo comunista y del capitalista, respectivamente.
Unos se reconocen a otros y se miran con desconfianza. Son diferentes en aspecto y modo de ser. De un lado, ropas anticuadas, a veces mal combinadas por el escaso hábito de consumo, y notoria retracción. Del otro, mayor refinamiento en la vestimenta y visible optimismo (cuando no, arrogancia). En ningún lugar como en Berlín resulta tan evidente el contraste, porque aquí ossis y wessis comparten tanto el trabajo como las horas de ocio.
En las oficinas públicas, por ejemplo, los habitantes de la pretérita República Democrática Alemana (RDA) siguen planteando un gran desafío al gobierno, que paulatinamente se está trasladando desde Bonn hacia la nueva capital. "A la mayoría de ellos le cuesta comprender el concepto capitalista de la administración, y por eso tenemos que invertir bastante dinero en capacitación", cuenta a La Nacion Raban Freiherr von Mentzinge, director de la recién estrenada Oficina de Prensa e Información gubernamental en Berlín.
En una sociedad en la que el Estado todo lo proveía y controlaba, la pasividad solía ganarle la pulseada a la iniciativa personal. En el mundo laboral, la creatividad quedaba sepultada bajo pilas de formularios sellados rutinariamente. La herencia de aquel tiempo se expresa hoy en una actitud calma, que choca con el frenético ritmo occidental.
La mentalidad forjada en la RDA tampoco descansa en los ratos libres, cuando cae la noche. En los cafés, dicen los observadores atentos, los ossis pueden reconocerse por su forma de hablar burocrática y protocolar. "Dan demasiadas vueltas para decir lo más simple; no van directamente al grano", resume Holger Wild, un joven wessi que frecuenta los locales de Mitte, ex barrio del sector socialista que ahora está de moda. "Y sus zapatos... -cambia de tema, con tono despectivo-. Son tan feos..."
Según confesará Wild luego, su resentimiento tiene una razón millonaria -aunque no una justificación-: la cuota impositiva que él, como todo alemán, viene pagando para solventar la reconstrucción de la ex RDA. En números, más de $ 23.000 millones desde 1991.
Por supuesto, hay mucho más para decir sobre los alemanes que durante cuarenta años anduvieron con calzados símil cuero por las calles de Berlín oriental: se quejan de los precios y del desempleo; echan de menos el paternalismo del Estado, que a cambio de su libertad les aseguraba trabajo, vivienda y automóvil; se sienten en desventaja con respecto a los occidentales, e incluso llegan a maldecir la hora en que el muro se desplomó.
En Berlín oriental, el paisaje poblado de edificios de estilo soviético, especie de cajas de zapatos perforadas por un sinfín de pequeñas ventanas, se está alterando. Las viviendas homogéneas y grises comenzaron a ser remozadas, lo que provocó un aumento en los alquileres de hasta el veinte por ciento. Y llegaron nuevos vecinos, los shopping center, trayendo consigo productos inalcanzables para la mayoría. "Para muchos de nosotros, salir de compras resulta traumático, porque el dinero no nos alcanza. No todos tenemos el nivel de vida adecuado para afrontar el consumo occidental", se queja Elke Hoffmeister, una ossi que, tras haber perdido su trabajo, teme por el de su marido, comerciante.
A nueve años de la caída del muro, Elke no cambia de idea respecto de la Alemania de Helmut Kohl, que avanza y se impone paulatinamente a la Alemania que dejó Erich Honecker. "No niego que la transformación sea buena -comenta sin demasiado entusiasmo-, pero la nueva realidad muchas veces se mete en nuestras casas sin preguntar." En el balance estadístico entre Este y Oeste, la ex RDA siempre sale desfavorecida. Allí, la desocupación es dos veces mayor que en la región occidental (20,6% contra 10%). Ocurre que numerosas industrias anteriormente subsidiadas por el Estado no pudieron adaptarse a las leyes del mercado y produjeron desempleados en serie. Para los que conservaron su trabajo, el sueldo terminó siendo un tercio menor que en la región occidental, cuando el costo de vida es similar a ambos lados del muro invisible.
El resultado de la disparidad de cifras es la desesperanza. Ralph Hoppner, un veterano obrero de Köpenick -barrio del Este- es, quizá, un ejemplo extremo de esa actitud: "Estoy decepcionado de la reunificación. Estábamos mejor con el sistema anterior; nos sentíamos más contenidos". Con indignación, acaba de leer en el diario Berliner Morgenpost que, para 1998, se proyecta un crecimiento económico del 2,7% en el sector occidental y de apenas el 2% en el oriental.
"A nosotros siempre nos toca la peor parte", sostiene, y denuncia: "No me sorprende. Cada vez que vienen a este lado, los políticos del oeste se quedan muy poco tiempo, el que impone el protocolo, y no hablan con la gente de sus verdaderos problemas".
Hoppner sabe que la construcción es actualmente el sector económico de mayor actividad en Berlín. Está a la vista: la ciudad entera es una gran cantera de obras, la más grande de Europa. Pero también sabe que, aun así, los puestos de trabajo no alcanzan para todos.
El Bundesbeauftragte, la oficina encargada de supervisar la gran metamorfosis en el este, insiste a través de su titular, Rudi Geil, en que el ritmo de la construcción no es suficiente para reavivar el empleo. Y menos para dar ocupación a los orientales, de cuya capacitación se desconfía: en la era socialista solían levantar edificios con materiales contaminantes como el asbesto, algo imperdonable para el país de Kohl, que en 1990 agrandó sus fronteras y extendió su vocación ecologista.
Pero no todos los berlineses del este derrochan tanta nostalgia como Hoppner, aquel que reniega de la reunificación. Los jóvenes son los que más sufren la falta de perspectivas y aun así no extrañan el muro. Eran pequeños cuando ocurrió el gran cambio y hoy se sienten cómodos en el ambiente de libertad, donde el arte alternativo -su arte- puede expresarse sin limitaciones. Y la indiferencia del mercado de trabajo no los conduce al refugio del pasado, sino a las calles céntricas, donde vagan mientras sus padres, ensimismados, tratan de resolver sus propios dramas.
Como Thomas Wedekind, de 17 años, que en sus ratos libres pega calcomanías con consignas antifascistas en los trenes urbanos. "Es para que la gente piense un poco", explica. Acostumbra a hacerlo con sus amigos, que pertenecen a un grupo apoyado por el Partido Demócrata Socialista (PDS), heredero del oficialismo en tiempos de la RDA.
Thomas está en los tramos finales de la escuela secundaria, pero en lo laboral no espera demasiado de su tierra: "No hay ninguna seguridad". Más bien planea irse a otro país, en busca de un destino mejor. "Quizá Buenos Aires o Caracas -dice ingenuamente-. Son ciudades que no conozco, pero que, según me contaron, deben ser interesantes para vivir."
Su ímpetu peregrino llama la atención en un paisaje poblado por caras largas. En los distritos orientales de Berlín se respira, sobre todo, melancolía y desgano, sentimientos que, a fuerza del hábito, han prodigado una enfermedad particular. Los síntomas del nuevo padecimiento, bautizado acertadamente como síndrome ossi-wessi, son la depresión y la depedendencia del alcohol y las pastillas.
"Lo sufren quienes perdieron su marco de referencia, en especial los empleados públicos de la administración socialista", explica Matthias Gottschaldt, director de la Clínica Oberberg, especializada en el mal berlinés, en obvia referencia a la desaparición del muro.
Como en algunos otros ámbitos -pero no en la totalidad-, la mitad alemana que venció en la Guerra Fría no se desentiende de sus vencidos. El nuevo Estado nacional se encarga de financiar las terapias personalizadas con parte de los fondos destinados a la seguridad social. Así, los ossis recuperan parte de la contención que en el pasado les daba el cerco de hormigón.
Por Maximiliano Seitz
(Enviado especial)





