
El nombre del mundo es timba
En el principio fueron aquel pariente burrero o aquella tía timbera. Y la ludopatía –ese modo elegante de llamar a la cosa- no lograba atravesar ese cerco sanitario de familiares que nos decían “no vayas a terminar como ellos”.
Hoy es posible apostar online a cualquier hora del día y sobre cualquier tema (¿llegarán por fin los alienígenas? ¿Trump invadirá Irán? ¿Jesucristo volverá a la Tierra en 2026? ¿Quién va a ser el próximo James Bond?) en plataformas como Polymarket o Kalshi, que son ferias masivas de apuestas pero prefieren llamarse “mercados de predicción”.
Estos lugares prosperan al amparo del vacío legal. Basta con registrarse para empezar a votar entre millones de apuestas disponibles. En los últimos dos años su actividad pasó de cien millones de dólares al mes a trece mil. En tiempos de confusión: cuando el futuro es incierto y se aleja de nuestras manos, solo queda el pobre consuelo de hacer apuestas. En contextos como estos el ciudadano se vuelve apostador. Y el nombre del mundo es timba.
Y además:
“Ya no hace falta ser aficionado al deporte o al casino, basta con estar conectado a internet, seguir la cultura pop y participar en comunidades digitales. El producto se vuelve especialmente peligroso para los más jóvenes” advierte el español Enrique Dans, profesor de Innovación y Tecnología en el IE.







