
El nuevo Zahir de los argentinos
Por José Luis Sáenz Para LA NACION
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"En Buenos Aires el Zahir es una moneda común", nos alerta Borges en un cuento. Explica que es Zahir todo lo que una vez visto ya no se puede olvidar y se convierte en una idea fija, por lo que esos seres o cosas tienen la terrible virtud de que acaban por enloquecernos. Así nos recuerda un tigre mágico, que "fue la perdición de cuantos lo vieron, aun de muy lejos, pues todos continuaron pensando en él, hasta el fin de sus días". Se trataba de una especie de tigre infinito, hecho de muchos tigres, que lo atravesaban de vertiginosa manera, e incluían mares e Himalayas y ejércitos que parecían otros tigres.
Sus efectos terminan siendo siempre terroríficos: "Lo que no es el Zahir me llega tamizado y como lejano", dice el narrador, como si hubiese una vida antes de verlo, y otra muy distinta luego de haberlo visto.
En la actualidad podemos sospechar que hay nuevos zahires, posteriores a los enumerados por Borges. Para los norteamericanos, por ejemplo, puede ser un zahir la visión llena de terror, estupefacción e impotencia de aquellos aviones que se estrellaban en las Torres Gemelas el 11 de septiembre del año pasado. Una visión luego reiterada una y mil veces, a lo largo de los días y las semanas, a través de todos los medios de comunicación mundiales. Por suerte, los norteamericanos han tenido la capacidad de revertir esa visión, o por lo menos atenuarla.
Nosotros los argentinos, en cambio, desde hace meses seguimos pegados a la visión de un corralito, cacerolas, y dólares... muchos dólares en baile, diluidos, o aprisionados, o saqueados, o convertidos en lejanísimas promesas. Un Zahir que nos impide volver a mirar la realidad, mientras esa realidad sigue día tras día y seguirá, mal que nos pese, aunque siga sin nosotros, aunque nos pase por encima, así como amanece todos los días, por más que no nos atrevamos a abrir nuestras persianas.
Lo más grave, quizás, es que se nos ha detenido el tiempo para todo lo que no sea esta crisis económica. Ya no nos ocupamos más de nuestros asuntos, o lo hacemos de manera desganada y sin mayor concentración. Es inútil que nos digamos -como alguna vez nos retó Ortega y Gasset- "¡argentinos, a las cosas!". No, no vamos a las cosas. Seguimos detenidos en aquel 20 de diciembre -por poner alguna fecha al fenómeno- y en cuanto se nos pide que indaguemos las causas para establecer un diagnóstico, lo único que sabemos hacer es acusarnos unos a otros, civiles, políticos, economistas, jueces, gobernantes, ex gobernantes, acreedores, deudores, banqueros, exportadores, importadores, industriales, comerciantes, desocupados... Toda nuestra realidad se nos ha atomizado, y no encontramos la forma de reintegrarla. Seguimos como quien observa atónito los mil fragmentos por tierra de un plato hecho trizas, y no atina ni a recogerlos.
¿Dónde, cuándo y cómo comenzó esta barranca abajo? Cada uno se remonta a una fecha distinta, de acuerdo con su ideología: 1995, 1989, 1983,1976, 1974... y mejor que no sigamos, porque terminaremos en 1810 o en las Invasiones Inglesas, por no decir en Garay o Mendoza. Y de última, lo importante no es tener a quien echarle la culpa, sino cómo salir de la encrucijada, o sea, cómo seguir adelante, cómo seguir viviendo. Y eso no lo sabemos. Seguimos en la visión extática de ese tigre monstruoso, que tan sólo nos hace brotar más y más tigres en su interior.
Otros monstruos
Precisamente ya otro escritor argentino había planteado un monstruo semejante, cuando la crisis económica de 1890. Por cierto que hablamos de La Bolsa , de Julián Martel, en cuya última página, esa mujer adorable -que bien podía ser la Argentina- se transformaba en un monstruo. Ella retenía y hacía pedazos al protagonista, y mientras sus ojos se revolvían en órbitas profundas y sin párpados, en medio de esa agonía, loco para siempre, oía esas tres palabras que salían del monstruo: "Soy la bolsa", hoy traducibles en: "Soy la crisis".
De hecho, desde esos momentos de diciembre es casi imposible sustraerse a ese monstruo. Invade todas nuestras conversaciones y preocupaciones. Muchos se pasan la noche en insomnio pensando en el corralito o, si se creen liberados a costa de pensar en él, hacen como el protagonista del cuento de Borges: "Noches hubo en que me creí tan seguro de poder olvidarla (la moneda) que voluntariamente la recordaba". Todos volvemos a ella, inagotablemente. Pensemos en la cantidad de artículos escritos en los diarios, programas de radio y televisión, charlas familiares o entre amigos, corrillos en los trabajos, asambleas, protestas, etcétera. ¿Cuántas cacerolas se han golpeado ya? ¿Cuántos llaveros? Y mientras tanto, la vida ha pasado, y ha pasado de largo, sin nosotros, porque sólo la hemos vivido a medias. Y son días que no vuelven. No nos darán días de descuento cuando lleguemos al fin de nuestras vidas para compensarnos por todos los que llevamos perdidos en este esperar, esperar y esperar... ¿qué?
Los resultados ya están acercándose a la patología. Ni hablemos del hambre o la falta de medicamentos. Estrés, miedo, inseguridad, incertidumbre, ansiedad y depresión, que conducen a diversas enfermedades psicosomáticas, con problemas lumbares, cervicales y de presión. Quien quiera olvidar todo, salir de sí mismo y tomar una bocanada de aire fresco, se encontrará rodeado de chicos mendigando por las calles, personas sin techo en las plazas, cacerolazos en las avenidas, piquetes en las rutas, etcétera. Las dramáticas separaciones familiares en los vestíbulos de Ezeiza ya son famosas.
Por último, quien logre llegar a su casa con ánimo de prender la televisión se verá ante propuestas crispadas, gritonas, agresivas, cuando no con una publicidad que se solaza en disyuntivas del calibre de "reventar la noche o que la noche te reviente". Hasta en el escenario del Colón hay cacerolazos y piqueteros, traídos directamente de París, como si aquí no tuviésemos superproducción en esos rubros. Todo tanto o más enajenante que la misma realidad. ¿Para tomar conciencia, o para terminar de perderla? Porque, como se quejaba Borges: "Ya no percibiré el universo, percibiré el zahir".
Por último, quedaría para descifrar aquel párrafo final de su relato: "Quizás yo acabe por gastar el Zahir a fuerza de pensarlo y de repensarlo; quizás detrás de la moneda esté Dios". ¿Será verdaderamente Dios, o tan sólo un dios a la medida de esta Argentina de hoy?






