
El ogro filantrópico
Por Alvaro Abós Para LA NACION
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No me interesa si la senadora Cristina Fernández es malhumorada, si trata a sus interlocutores con soberbia, si habla o deja de hablar con los periodistas. La crítica que se demora en estos rasgos no tiene entidad y casi se podría decir que le hace el juego a la propaganda oficialista.
También incurren en inconsistencia quienes, quizás para echar dudas sobre la viabilidad de la candidatura, recuerdan otros casos en los que una mujer que pretendió o llegó al poder fue pulverizada por sus rivales (Eva, Isabel...). Ni el género ni los rasgos de personalidad explican el clientelismo ni la mezcla de política con negocios de cúpula.
Tampoco aciertan quienes acusan al partido del Estado de practicar lo que se ha dado en llamar la democracia conyugal. El discurso del poder tiene respuestas adecuadas a ello. En efecto, la candidata oficialista acumula tanta o más experiencia en el campo político que su marido: hace 24 años que ocupa cargos, siempre elegida por el voto. Cuando los caciques peronistas proclaman: "¡Cristina es un cuadrazo!", quizás expresen un desatino, pero su frase no es ajena a la realidad. Los hechos la sustentan: ella es un cuadro, sí.
Es cierto que la transferencia del poder por vía conyugal tiene pocos antecedentes en el mundo. Es un nuevo aporte a nuestra módica capacidad inventiva: el dulce de leche, los piqueteros y ahora la democracia conyugal. ¡Vamos, Argentina! Otra cosa es la candidatura desde la óptica de la cultura política. Como muestra de un país que aspira a mejorar los alicaídos niveles de su vida pública, el "dedazo" es impresentable. ¿Por qué? Recordemos: el gobierno de Kirchner llegó al poder en 2003, en medio de una crisis. Una de las promesas del candidato triunfante fue cambiar las reglas para que el pueblo pudiera elegir mejores mandatarios. Ninguna de esas reformas se realizó. La sociedad civil pareció contentarse con la recuperación económica. Al reclamo de transparencia y representatividad le dieron carpetazo.
Las elecciones del 28 de octubre de 2007 se realizarán con lista sábana, sin la posibilidad de tachas, con candidatos que no surgirán de internas. Ideólogos del Gobierno sostienen que cualquier crítica en este sentido es hipócrita, pues, si bien es cierto que la candidata oficial no surgió de una elección interna, sino de la mera decisión del César, lo mismo pasa con los candidatos de la oposición. ¿Acaso la postulación de Macri para gobernador de Buenos Aires o la de Carrió para presidenta surgieron de comicios internos?
Este argumento es capcioso: es como si el Estado dejara de cobrar impuestos con la excusa de que los argentinos los evaden cuando pueden. Quienes así argumentan identifican el Estado con el gobierno de turno.
Y ésta es la madre del cordero. El Estado argentino se ha convertido en patrimonialista: es la propiedad personal del Príncipe. Hemos llegado a una situación parecida a la de México cuando el Partido Revolucionario Institucional (PRI) llevaba medio siglo en el gobierno. Ya hacía mucho que se había transformado de partido popular en el Partido del Poder. Y la elección de los sucesores era prerrogativa del Príncipe (en México, el presidente de la república). Escribía Octavio Paz en 1978: "El cuerpo de los funcionarios y empleados gubernamentales, de los ministros a los ujieres y de los magistrados y senadores a los porteros, lejos de constituir una burocracia impersonal, forma una gran familia política, ligada por vínculos de parentesco, amistad, compadrazgo..."
Octavio Paz llamaba a ese Estado mexicano "el ogro filantrópico". Era cierto que había conseguido mejoras y atenuado la miseria extrema del país, pero durante largas décadas el país había sido gobernado por una burocracia fofa y corrupta, cuyo principal interés era la reproducción de sí misma. No era una dictadura. Se mantenían las libertades, pero la vida política estaba esclerosada.
Salvadas las distancias entre dos países tan distintos como México y la Argentina, hay un aire de familia entre ambas situaciones: como el viejo PRI, el Partido Justicialista y sus travestismos seudomodernos, como el Frente para la Victoria, son máquinas burocráticas, cuya columna es la caja. Son burocracias eficaces para ganar elecciones, pero no pueden inyectar vitalidad a las instituciones. El país ha dilapidado un tiempo crucial, estos cuatro años de recuperación económica, sin haber avanzado en la reconstitución de la representatividad política.
No es el hecho de que el Presidente haya elegido como agente de la perpetuación a su mujer lo que sella la decadencia. Hubieran podido ser, en lugar de su mujer, su primo, su chofer o mister X, el más ignoto de los candidatos. Es el mecanismo de la decisión el que está viciado: la continuidad es prerrogativa absoluta de la cúpula. No ha habido consulta, escucha, diálogo, opción ni debate. El Estado es coto personal del poderoso; primero se toma la decisión áurea, después ella es comunicada al aparato para que los corifeos la aclamen mientras la máquina de la Propaganda Ministerium retoca el diktat con algún moño mediático. En esos retoques se incluye la parafernalia aceitada por los cien millones de pesos anuales gastados en publicidad oficial desembozada o encubierta. No faltarán los glosadores que sobreviven al calor oficial: ellos dirán que Cristina es lo nuevo, es el cambio en el cambio, es la opción por lo distinto, y otros disparates. Se exaltará el valor presidencial aduciéndose que el primer magistrado, aun con todas las críticas que se puedan formular, tuvo el coraje de irse, etc., etc.
Vaya y pase que los publicitarios usen estos argumentos, es oficio de ellos vender candidatos como venden jabones; menos inocente es la faena de aquellos (in)comunicadores que siguen al pie de la letra la agenda armada en los despachos oficiales y presentan el hecho irrefutable del Príncipe travestido de interrogante, generando falsos debates y preguntas retóricas de este tipo: "¿Significa Cristina un cambio o una continuidad?".
Desde ese punto de vista, episodios que aparecen aislados y diversos adquieren una intensa conexión. La ministra de Economía guardaba miles de pesos y de dólares en el baño del ministerio. ¿Eran de su hermano, eran de ella, eran de una financiera, eran del Banco Central? No lo sabemos y seguramente no lo sabremos nunca.
Así como el patrimonio personal de quienes integran la cúpula se confunde con el patrimonio público, también el poder se reparte en el dormitorio. Y no es que esa estancia de la casa sea un lugar prohibido para tales menesteres. Daría lo mismo que la decisión se hubiera tomado en el dormitorio, en el living, en el patio de atrás, en un despacho austero o en el estadio Monumental. La tragedia es que el poder de decisión ha dejado de ser del Estado. Ni siquiera es de un partido político. Es del Príncipe. Y de la Princesa.





