El pacto entre dos totalitarismos

Daniel Muchnik
Daniel Muchnik PARA LA NACION
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25 de agosto de 2014  

Este sábado se cumplieron 75 años del pacto Molotov-Von Ribbentrop. Fue un acuerdo de no agresión entre dos totalitarismos que se odiaban, el de la Alemania nazi y el de la Unión Soviética, y que, al mismo tiempo, salvando pocas distancias, se parecían. El punto principal era que ninguno de esos dos países participaría en alguna alianza política o militar contraria al otro. Todo se derrumbó dos años después, en 1941, cuando Alemania rompió el acuerdo.

Esa firma movió el tablero político internacional, descolocó a los más importantes dirigentes, llenó de terror a una Europa desorientada donde se escuchaba ya el tronar de los cañones de la Segunda Guerra. Los ciudadanos no olvidaban las consecuencias de la Primera Guerra (1914-1918), que se devoró a millones en las trincheras. Inglaterra y Francia habían terminado maltrechas, sin poderío bélico, sin reservas. Los imperios se habían deshilachado.

El pacto contenía cláusulas secretas que incluían que, antes de suscribirlo, Stalin debía desprenderse de todos los funcionarios judíos de la cancillería y de otros ministerios, y se comprometía a entregar a los germanos a gran parte de los comunistas alemanes que habían encontrado refugio en tierra rusa tras el furor nazi desde 1933.

Polonia, país que Hitler apetecía, quedaría como una zona a repartir entre ambos Estados, según "común acuerdo" o sus "intereses mutuos". Alemania, como contrapartida, reconocía a Finlandia, Estonia, Lituania y Letonia, bajo la órbita de Moscú. Incluía un intercambio comercial intenso. Los soviéticos enviaban miles de toneladas de materias primas y alimentos indispensables y Alemania devolvía maquinaria y pertrechos militares con tecnología moderna. Ese intercambio se mantuvo hasta pocas horas antes de la invasión nazi al territorio ruso, el 22 de junio de 1941. Hitler nunca había descartado un ataque a la URSS y estaba esperanzado en poner de rodillas a Inglaterra para poder cumplir su sueño megalómano.

Eran tiempos de una persistente paranoia, en todos los ámbitos. El mundo estaba enfermo. El abandono de Checoslovaquia por parte de Londres y París fue para la locura de Stalin una demostración de que los franco-británicos estaban asociados a los alemanes para ayudarlos a volverse contra la Unión Soviética. Stalin creyó que Gran Bretaña seguía siendo su enemigo principal, pero desconfiaba menos de Francia. Sin acceder al poder todavía, Churchill clamaba por una alianza con Moscú y mandaba correspondencia de buena voluntad al Kremlin. Incluso, ya en Downing Street, castigado por las bombas, le avisó que sería traicionado por Hitler. Stalin hizo caso omiso.

A la URSS, el pacto le permitía volver a la mesa de las decisiones políticas europeas, después de haber sido marginada tras la revolución de 1917. A Hitler le daba aire para decidirse a pelear por la conquista de toda Europa Occidental y los Balcanes. Invadió Polonia al mes siguiente, combatió a Inglaterra pocos meses después y conquistó Francia en junio de 1940. Todo con una facilidad que llenó de indignación y asombro a los dirigentes mundiales. Franklin D. Roosevelt, presionado por los neutralistas de su país, pero personalmente volcado a salvar a Inglaterra de los feroces ataques aéreos nazis, no les pudo perdonar jamás a los franceses una derrota tan rápida e indigna.

A Stalin lo atemorizaba su debilidad bélica: se había quedado sin generales, con fuerzas armadas mal equipadas y sin medios de comunicación. Sospechaba del mariscal Mijail Tujachevski, jefe del ejército, un estratega brillante, de 43 años, precursor de la guerra relámpago. Le inventó una "conspiración militar-trotskista" y lo ejecutó junto con otros ocho generales. Fue el comienzo: terminó asesinando o enviando a Siberia a más de 15.000 altos oficiales a lo largo de los años siguientes. Cuando los alemanes entraron a toda marcha en 1941 y llegaron a 60 kilómetros de Moscú, Stalin sacó a los altos mandos del Gulag y les rogó acción inmediata.

Fue aquello un momento de gloria para Hitler, se le abrían todas las posibilidades de tener en un puño al viejo continente y cumplir con su deseo de expansión con millones de soldados bien entrenados. Lo acompañaba un transparente anticomunismo que imperaba en el hemisferio norte. Importantes empresarios, como Henry Ford, Irenée DuPont (con intereses en la industria química) y G. K. Howard (vicepresidente de General Motor), altos ejecutivos petroleros y dueños de diarios se definían como fervientes anticomunistas y alababan públicamente a Hitler. Empresas norteamericanas tenían sucursales de alto nivel de producción en Alemania. Muchos representantes de la nobleza británica estaban en el mismo bando de repudio a los bolcheviques y de buenas relaciones con Berlín. En Francia, los empresarios preferían un entendimiento con Alemania y despreciaban la gestión socialista de León Blum. Los ultranacionalistas deseaban aplastar a toda la izquierda. Y los comunistas franceses, siguiendo las órdenes de Moscú, mantuvieron silencio y aceptaron la invasión alemana a su país. Recién se rebelaron y organizaron la Resistencia tras la invasión nazi a Rusia.

Las enseñanzas de aquel pacto son muchas. Cuando sólo impera el terror, las decisiones pueden ser fatales. Persiste la desconfianza, cada cual cree que los otros están definitivamente equivocados. No había más que desentendimientos, sospechas y delirios de todos contra todos. En aquel vacío, los dos totalitarismos se usaron y se aprovecharon para que el mundo comenzara a despedazarse.

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