
El Pacto, un siglo y medio después
Alberto Ricardo Dalla Vía Para LA NACION
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Los argentinos vivimos fechas paradigmáticas. Mientras esperamos el bicentenario de la Revolución de Mayo, se cumplen 150 años del Pacto por la Unión Nacional, firmado el 11 de noviembre 1859 en el cuartel general de las tropas de la Confederación, en San José de Flores, entre el presidente Justo José de Urquiza y el gobernador interino de Buenos Aires, Felipe Llavallol. Ellos ratificaron el acuerdo alcanzado el día anterior en la quinta de Terrero, ubicada en la actual avenida Rivadavia entre Boyacá y Donato Alvarez.
Se destacó la amistosa actuación del general paraguayo Francisco Solano López, hijo del presidente de ese país. Por pedido expreso de Urquiza, visitó a los gobernantes de Buenos Aires y logró convencerlos de la necesidad de un acuerdo con las autoridades de la Confederación. Hubo arduas conversaciones entre los generales Tomás Guido y Juan E. Pedernera y el doctor Daniel Aráoz, por un lado, y el doctor Carlos Tejedor y Juan Bautista Peña, por el otro. La unión nacional le debe un merecido tributo a su habilidad diplomática.
Se evitaron así las consecuencias negativas que hubieran resultado de un asalto sobre la ciudad, y mayores derramamientos de sangre, cuando la escuadra de la Confederación sorteó las baterías de la isla Martín García y se apostó frente a Buenos Aires y mientras un ejército de 20.000 hombres se acantonó en Flores, después de haber triunfado, el 23 de octubre, en los campos de Cepeda, al sur de Santa Fe.
Mientras tanto, en el pueblo de Flores continuaba funcionando el ferrocarril mediante el que se trasladaban de la Capital a Floresta y viceversa los políticos de una y otra parte. Eran tiempos tumultuosos. Buenos Aires no había sido parte de la Constitución sancionada el 1° de mayo de 1853 por las otras trece provincias debido a que la revolución del 11 de septiembre de 1852 instaló una legislatura y un gobierno propios, que rechazaron el Acuerdo de San Nicolás de los Arroyos y promovieron la sanción de la Constitución de 1854, bajo el gobierno de Pastor Obligado, en la que se declaraba su soberanía.
La organización independiente los llevaba a conducirse como dos Estados diferentes. Buenos Aires haría reclamaciones al gobierno de Paraná por conducto de su propio Ministerio de Relaciones Exteriores. Cada uno tenía sus representantes diplomáticos extranjeros, de modo que actuaban en París los ministros plenipotenciarios Juan Bautista Alberdi, por la Confederación, y Mariano Balcarce, por Buenos Aires.
Desde algún punto de vista, el Pacto de San José de Flores podría considerarse un tratado internacional entre dos Estados soberanos, pero esa visión formal no responde a nuestra realidad y a nuestra historia. Estaba presente el pasado común, esperando la reunión de Buenos Aires con sus provincias hermanas.
El fraccionamiento del Estado argentino en dos partes era, evidentemente, doloroso, pero pasajero. Años más o menos, la recomposición de la familia argentina debía necesariamente producirse. Urquiza, con visión superior, lo había pronosticado. Su afirmación tenía el valor de una previsión, pero además, la significación de una promesa de colaboración.
En la provincia de Buenos Aires, el gobernador Valentín Alsina se había constituido en su más vehemente adversario político. Se formaron dos partidos: los oficialistas porteños, que estaban por la segregación, denominados "pandilleros" porque solían andar en grupos, y los opositores, o "chupandinos", llamados así por reunirse en los bares y pulperías. Ellos, junto con los emigrados, pugnaban por la unión nacional. En la Confederación era general el deseo de la unión, y así se lo había ordenado el Congreso de Paraná por ley del 20 de mayo de 1859, fuera por medios pacíficos o por la guerra.
El general Urquiza no quiso abusar de su superioridad ni explotar el éxito obtenido en Cepeda, haciendo sobre el enemigo una persecución a fondo, y exigió tan sólo la separación de la escena del gobernador Alsina. "Desde el campo de batalla os saludo con el abrazo de hermano: integridad nacional, libertad, fusión son mis propósitos." A la obstinación de Alsina se contrapondrían la moderación y el criterio superior de Mitre, quien opinó que si los principios podían salvarse con una paz honrosa, la guerra sería injustificable.
Las consecuencias más importantes del Pacto de San José de Flores fueron dar por terminada la lucha entre ambas partes y la puesta en marcha de la reforma constitucional de 1860, propuesta por Buenos Aires, con lo cual se salvaba el inconveniente de su ausencia en el Congreso de 1853. Además, se nacionalizaba la aduana, lo que satisfacía el reclamo de las demás provincias. Después de permanecer un mes en Flores, el ejército de la Confederación se embarcaría en el puerto de Tigre, abandonando el territorio provincial.
Pero no todo estaba dicho: sobrevendría la batalla de Pavón, el 17 de septiembre de 1861, que no llegaría a conmover el cumplimiento de la unidad nacional alcanzada en San José de Flores. Y aún debería esperarse hasta 1880 para que la cuestión de la capital fuera resuelta. La dialéctica entre Buenos Aires y el interior permanece en lo profundo de nuestra realidad. Aguardamos aún la conformación de un federalismo plenamente vigente. Se exhiben con crudeza los desequilibrios sociales y políticos de una desmesurada concentración poblacional en el conurbano bonaerense. Esa deberá ser una de las reflexiones liminares del próximo Bicentenario.
El 30 de junio de 1860, el ministro de Guerra de la Confederación, coronel Benjamín Victorica, presentaba al Congreso su informe sobre la campaña de la integridad nacional. Concluía con estas promisorias palabras: "Una época muy venturosa se inicia. Integrada la República, reunidos los esfuerzos todos, los elementos que el país cuenta, sus capacidades, sus ilustraciones todas, y con el entusiasmo y la firmeza que inspira el porvenir que la paz y la unión descubre, hay campo inmenso para la más grande ambición de gloria que el verdadero patriotismo inspire, en los trabajos que urge emprender".
El recuerdo del Pacto de San José de Flores permanece como mensaje de unión nacional y nos recuerda el esfuerzo y la lucha de muchos compatriotas por construir nuestra tan preciada institucionalidad. Nuestra responsabilidad es preservarla y fortalecerla, sin debilitarla jamás. ©LA NACION





