
El Paraíso perdido de Stefan Zweig, donde nunca amanece
Aunque no es la primera vez que la veo, la imagen aún me provoca inquietud. Es una pareja acostada sobre dos camitas individuales pegadas: la mujer, mucho más joven, parece abrazarlo. Él luce camisa de manga corta y corbata, tiene las manos sobre la parte baja del pecho, como si ella las hubiera acomodado amorosamente antes de acompañarlo en el viaje final. La foto está incluida en Muerte en el Paraíso , la voluminosa biografía del brasileño Alberto Dines, un fresco arrasador de la vida y la obra del enorme escritor austríaco Stefan Zweig, quien el 23 de febrero de 1942 se suicidó junto a Lotte, su segunda esposa, en el dormitorio de su casa de Petrópolis, Brasil, el "Paraíso" en donde habían buscado refugio huyendo de la Europa ultrajada por el nazismo.
Hay dudas acerca de si fue veronal o morfina el veneno utlilizado. Y hay certeza de que no fue algo improvisado; al encontrarlos, la casera comprobó que habían dejado todo en orden y veinte elaboradas cartas de despedida en las que no se lee desesperación sino hastío y frustración.
La más célebre es la que Zweig dedicó al Brasil de Getulio Vargas que le dio albergue, por entonces una explosión de naturaleza salvaje y poco alfabetizada, absolutamente contrapuesta a la región en la que el escritor creció y se formó y que Hitler tomó como presa de su megalomanía. La carta es una pieza única de la desolación suicida que culmina con un curioso, esperanzado corolario: "Saludo a mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me les adelanto", escribió el hombre que luego de haber sido por décadas un autor de un éxito descomunal con sus obras de teatro, sus biografías y sus novelas, había tenido que huir de su territorio y de su lengua familiar para poder sobrevivir.
"Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea", escribió en el prefacio de sus memorias El mundo de ayer , publicadas de manera póstuma. Un recuento abrumador de un tiempo en el cual la humanidad creyó encontrar al Hombre Nuevo, pero supo también acercarse a sus peores demonios; un período por el que atravesó toda una generación, pero que Zweig, por su naturaleza pacifista, su cercanía al psicoanálisis y su credo intelectual de ciudadano del mundo no pudo soportar.
La biografía de Dines se destaca estos días en la Bienal del Libro de Río de Janeiro, una feria multitudinaria de negocios y venta al público que corta el aliento por su nivel de producción y el refinamiento cercano al lujo que ofrecen las editoriales. Setenta años después del suicidio de Zweig -con Europa nuevamente inmersa en una crisis económica que es también una crisis moral-, Brasil ya dejó de ser el país primitivo y exótico que lo recibió y admiró. Sin embargo, no todo cambió y el mundo sigue en vilo por el fantasma de la guerra. La cultura del libro y el poder de la palabra no logran ponerle punto final al desatino. La razón aún pierde ante la violencia: el dilema que llevó a Stefan Zweig a acabar con su vida aún sigue sin resolverse.







