
El péndulo de Foucault es argentino
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Los críticos, los desencantados, los escépticos, los negativos y todos aquellos que no entienden, que desprecian y que descalifican las ya famosas costumbres argentinas tienen siempre a mano una causa para explicar casi todos los males que nos aquejan desde hace más de medio siglo. Todos nos acusan de estar sometidos a la ley del péndulo. Pero es hora de ponerle fin a esa imagen con la que tan fácilmente se pretende descalificarnos. De ninguna manera es aceptable porque en la Argentina hasta la ley del péndulo puede ser violada o reformada.
Todos saben que el péndulo es un hipnótico instrumento que oscila de un lado a otro, tanto en forma vertical como horizontal y hasta circular. Pero los críticos, que no se informan suficientemente, como bien lo han dicho en estos días las más prominentes figuras de la República, no han reparado en que la máquina del movimiento permanente no se ha inventado y que el péndulo a veces -muchas- se detiene en el centro y, sobre todo, que siempre pasa, toca y conmueve todo el espacio que recorre hasta llegar a los extremos.
Por eso podemos desmitificar a los descalificadores de siempre, y para eso bastará con ver un ejemplo. Es cierto que en los 90 se aceptó que el Estado debía dejar de una vez y para siempre, como fuera, sin importar formas, pero sí contenidos, de ser un Estado empresario, y que menos de 10 años después el Estado ya ha recuperado la propiedad total o parcial de por lo menos cuatro importantes empresas nacionales.
Pero si a alguien se le ocurre decir que ésa es una muestra elocuente de la típica política pendular, entonces habrá que descalificarlo. Es que no sólo el péndulo nunca se posó en el centro, sino que tampoco se ha dignado siquiera rozar las proximidades del problema central que todos identifican pero nadie parece dispuesto a abordar: la línea que pasa por lograr un Estado eficiente y transparente, que dé lugar a la participación y al control, y no gordo o flaco de acuerdo con la moda de la época.
Según el director del programa de Transparencia del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec), Christian Gruenberg, "el programa del actual gobierno se caracteriza por reivindicar la gestión de un Estado eficiente, transparente y regulador. Sin embargo, nada se ha reformado para conseguir estos atributos. Por ejemplo, está pendiente la reforma del servicio civil para transparentar la selección de los funcionarios públicos, lo que sirvió en varios países para evitar la influencia política en cargos con poder regulatorio, con poder para otorgar contrataciones públicas y programas sociales, y con poder para ascender personal de planta o despedir al personal de menor jerarquía. Tampoco se ha avanzado en la reforma del sistema de contrataciones públicas para que la influencia política no distorsione la calidad de los bienes y servicios públicos que asigna el Estado".
Por si quedan dudas, se puede agregar la decisión oficial de no tratar la ley de acceso a la información, la designación de familiares de funcionarios en los organismos que deben controlarlos, la eternización de los superpoderes y la reglamentación de la ley sobre decretos de necesidad y urgencia que hace del paso del tiempo el legislador más eficaz. Pero no hay que perder las esperanzas porque el Presidente reveló que está preocupado por estas cosas y no sólo por éstas, tanto que amplió su radio y advirtió: "Para mejorar el país, no sólo tenemos que mejorar la dirigencia política y las instituciones, sino también los que escriben".
Así, la ley física de la pendularidad tal vez no sirva para explicar la Argentina, pero tampoco habrá que descartarla si recordamos que "El péndulo de Foucault", de Eco, no habla de ciencias exactas sino, precisamente, de esoterismo.





