
El peor crimen rural de la historia
En 1872, un grupo de gauchos asesinó a 35 inmigrantes
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En la madrugada del lunes 1º de enero de 1872, unos 45 jinetes nativos, mal entrazados, pero con voladas cintas punzó en sus sombreros, irrumpieron vociferando en la plaza de Tandil, entonces un incipiente pueblo de la frontera bonaerense, alboroto para desencaje de sus rostros cetrinos y lucimiento de sus armas de fuego, dagas y lanzas. Fue el primer acto previo a la más vertiginosa, incomprensible, cruenta y salvaje gira criminal de la historia rural bonaerense. En menos de cuatro horas sumaron 36 asesinatos contra inmigrantes (16 franceses, 10 españoles, 3 británicos y 2 italianos, además de 5 nativos). Degollaron a casi todos y, en un caso, sólo después que la víctima quedó amarrada a la rueda de un carro. Violaron a una jovencita de 16 años -también degollada- y mataron de un tiro a una nena de 5 años. Comandaba a los forajidos Jacinto Pérez, alias San Jacinto el Adivino, gaucho violento y lugarteniente del santón Gerónimo de Solané, un analfabeto de origen desconocido ("Zambo chileno" para el porteño The Standard), que apareció en la zona meses antes como Tata Dios o Médico Dios. Llegó de Azul donde estuvo preso por ejercicio ilegal de la medicina y hay quienes sostienen que viajó requerido por Ramón Rufo Gómez, cuñado del juez de paz Figueroa. Fue a buscarlo para que curara las jaquecas de su esposa y lo protegió en la estancia La Argentina. El predicador se instaló en el puesto La Rufina, donde llegó a reunir casi medio millar de seguidores. Se le atribuyó anunciar hecatombes -inundaciones, plagas o sequías- e inspirar el odio contra los extranjeros: también instigar al grupo que reclutó Jacinto Pérez para ejecutar su proyecto criminal xenófobo. Pero ni siquiera cayó "la movediza", la gran piedra que se mantuvo otros oscilantes cuarenta años.
Solané era uno de esos providenciales que seducen a incautos y desesperanzados, poco o nada instruidos, urgidos por una sobrevivencia en peligro y degradados por la mala vida que les deparaban sus propios desaciertos y los gobiernos.
Espejos en que mirarse
Si aquel suceso -la persecución, ajusticiamiento y secuelas- dejó alarmas para aventar peligros actuales, la lectura desapasionada de los testimonios por recurrir pueden aproximar el diagnóstico sobre otros personajes providenciales que puedan abrevar en las angustias presentes y se erijan en salvadores. La orgía de sangre de Tandil tuvo su primer indagador contemporáneo de importancia en Hugo Nario (Tata Dios: el Mesías de la última montonera y Los crímenes de Tandil: 1872) y el más reciente y enjundioso John Lynch (Masacre en las pampas, Emecé, 2001). Existe una nutrida bibliografía y documentación en la que se concluye que la autoridad no develó los móviles del crimen y el hueco dividió a la prensa en opiniones disímiles: el sumario y la tarea judicial resultaron escuálidas.
Es que el caudillaje no concluyó con la batalla de Caseros. Veinte meses después -en su palacio San José-, Justo José de Urquiza recibió el balazo no mortal -porque lo detuvo su lujosa dentadura postiza-, pero sí lo fueron las cinco puñaladas inmediatas que le infirió Nicodemes Coronel, el imponente y temible infiel capataz de su otra estancia (San Pedro).
La parte bárbara que Sarmiento le endilgaba al gaucho, no pudo evitar personajes de chiripá y encajes, pero sombríos y enigmáticos, como tampoco pudo soslayarlos el propio José Hernández. Acababa de llegar a Buenos Aires ese mismo 1872 desde Brasil donde permaneció alejado del caudillaje. Aquí se sentó a escribir su Martín Fierro (personaje que limpia su cuchillo en el pasto después de matar a un negro) y cuya primera parte apareció a fines de ese mismo año.
La masacre de Tandil encendió la queja de los cónsules extranjeros y las opiniones de consumo interno se dividieron. LA NACION del 18 de enero de 1872 descartó las causales religiosas y hurgó los orígenes sociales del crimen múltiple. Refiriéndose al perfil de los autores sostuvo que el gobierno los enviaba "a la frontera por seis meses y los retenía seis años. Cuando (cada uno) regresaba, descubría que había perdido su trabajo y sus cultivos, el rancho había sido saqueado, la casa incendiada y su mujer e hijos vivían como cautivos entre los indios, pues el gobierno que lo esclavizaba para el servicio en la frontera no lograba de hecho, defender esa misma frontera".
Seguramente, la trama menos asumida y amalgamada de la historia argentina sea aquella en que se entrecruzan las ideas progresistas con injertos de educadores, colonos y artesanos extranjeros, pero también con el costumbrismo rioplatense, de los estancieros tradicionales, los gauchos de siempre y los indómitos hombres de frontera. El cronista de LA NACION que dio cuenta de los dos únicos ajusticiamientos que se verificaron a raíz del episodio señaló -el 14 de setiembre de 1872-, refiriéndose a las últimas palabras del sentenciado Esteban Lasarte (33 años, soltero, gaucho al parecer trabajador y honesto, simpático y corajudo), que adujo haberse plegado a la horda casi casualmente, y logró fumar un cigarrillo y beber champaña antes de ser fusilado en la plaza de Tandil. Pero plantó también su febril ideario: "Quiero ser enterrado por hijos del país -rogó y continuó-; no quiero que ningún italiano me toque ni aun el chiripá".
Recorrido sangriento
Todo empezó con gritos en la plaza, cuando aún no había sangre derramada y todo podría pasar como trasnochados festejos del Año Nuevo: los pobladores dormían. Un grupo de los asesinos en ciernes se desprendió y asaltó el calabozo del juez de paz Figueroa sin que le opusieran resistencia. Allí reclutaron todas las armas, liberaron e incorporaron al único prisionero -el aborigen Nicolás Oliveira-, volvieron a la plaza y, reagrupados, iniciaron la fuga. No es seguro que vivaran a la Confederación Argentina, pero sí retumbaron los "mueras" a los extranjeros y masones, su objetivo criminal. Seguramente no se hubieran animado con los inmigrantes de residencia urbana, pero aprovecharon que un festejante tardío atravesó la plaza y era italiano -un músico de 45 años-, para anotarse el primer asesinato y abrirse paso al galope por el camino hacia el Norte, pero no por más de kilómetro y medio. Se toparon con dos carretas de vascos tiradas por bueyes. Mataron a 9 de ellos a puñaladas y lanzazos, y otros tres quedaron heridos de muerte. Después llegaron a la tienda del vasco Vicente Leanes: lo mataron a él y a un sirviente hijo de italianos. Siguieron luego hasta la estancia británica de Henry Thompson y encararon su almacén. El empleado escocés William Stirling escuchó el galope y abrió la puerta y recibió un disparo. Por las dudas lo apuñalaron, pero sobrevivió seis días. La joven y recién casada pareja a cargo del almacén escapó, pero fueron alcanzados: William Gibson Smith, de 25 años, y su esposa Helen Watt Brown, de 23, murieron apuñalados y degollados. La horda asesina cabalgó hasta el negocio del vasco francés Juan Chapar. Los enfrentó, se frenaron, pidieron sólo cambiar caballos, pero lo rodearon y lo atravesaron de un lanzazo. Luego mataron a dos hijas de 4 y 5 años y a su hermanito de seis meses se lo arrancaron a la madre, la última víctima antes de empezar por los sirvientes y, sobre todo, destruir el libro con las deudas de la clientela.
La Guardia Nacional encabezada por José Ciriaco Gómez dio alcance a los asesinos. "Andamos matando gringos y masones", llegaron a gritarle antes de la descarga. Cayeron muertos Jacinto Pérez y otros 9, más 8 prisioneros. Siguieron persecuciones y se apresó al santón Solané, que no había participado de la matanza y negó haberla instigado. Estaba sujeto a dos barras de grillos cuando el 5 enero por la ventana lo mataron de 3 disparos. La masacre rindió su negro fruto: por muchos años los potenciales inmigrantes consideraron que el país tenía alto riesgo para los no nativos.





