
El perfil del marino
Por Enrique A. Antonini Para LA NACION
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Se celebra hoy el Día de la Armada, aniversario de la Batalla de Montevideo, librada el 17 de mayo de 1814.
Hace unos días, LA NACION daba cuenta de que dos corbetas de nuestra Armada Nacional habían participado del ejercicio combinado Atlasur V junto con embarcaciones de las marinas de guerra de Sudáfrica, Brasil y Uruguay. La crónica informaba, además, que con esa actividad se había podido entrenar sólo el 1,16 por ciento de los efectivos de la fuerza.
Las restricciones presupuestarias que sucesivamente se impusieron a las Fuerzas Armadas han dificultado enormemente, entre muchas otras, las indispensables tareas de capacitación y entrenamiento. Las actividades se han minimizado a lo imprescindible, hasta el punto de que no se cumple el ciclo logístico natural para el adiestramiento del personal. No obstante, la Armada se ha esforzado permanentemente por mantener inalterables sus características tradicionales. Así, por ejemplo, y como una de las más distintivas, su reconocido "espíritu de cuerpo", el que de ningún modo puede ser asociado con actitudes corporativas.
El marino ha aprendido, a través de su contacto con el mar, que la naturaleza supera a sus fuerzas y que la única manera de enfrentarla con éxito es mediante el trabajo en equipo, criterio que también atañe a los infantes de marina y a los aviadores navales, tripulantes al fin del mismo barco. De modo que el individualismo en el seno de la Armada es considerado un contravalor. El trabajo en conjunto multiplica sinérgicamente las individualidades, lo que genera la certeza de que cada miembro del grupo se desempeñará eficazmente en la tarea que le ha sido asignada, y en esto consiste la esencia del espíritu de cuerpo.
Esta manera de trabajar requiere desarrollar determinados valores que los integrantes de la Armada no sólo aplicarán en su actividad profesional específica sino que, además, formarán parte de su patrimonio para toda la vida. Ellos son:
- Subordinación al superior. A bordo de un buque todas las voluntades individuales se conjugan en la voluntad del comandante: él es el que fija el rumbo y todos lo siguen. No significa callar opiniones, sino acatar las decisiones del superior una vez adoptadas.
- Trato afable para con los subordinados. Los largos períodos de navegación lo hacen imprescindible.
- La naturaleza no conoce horarios ni prioridades. Su fuerza impone el ritmo de la actividad diaria y ante ella es necesario mantener la actividad y celo incansables.
- Lealtad al superior y al subalterno. Asociada con ella, el compañerismo, en el buen sentido de la palabra, esto es: ningún hombre de mar abandona a otro hombre de mar en peligro.
- La valentía, es decir, el hábito de calcular el riesgo de cada situación, aceptarlo y conducirse dentro de sus límites sin vacilar.
No hay escuelas que puedan completar esta formación: estos valores sólo se adquieren y se arraigan en la vida marinera, a bordo de las unidades navales. Por eso la necesidad de continuar con la instrucción naval que posibilite a los integrantes de la Armada cumplir con las horas de navegación suficientes no sólo para su formación profesional sino también para madurar estas características de su personalidad.
Esta es la Armada que imaginó Domingo Faustino Sarmiento, fundador de la Escuela Naval, y por la que batalló aquel ilustre marino que fue Guillermo Brown. Es también la que gloriosamente cobijó a marinos de la talla de Azopardo, Piedrabuena o Bouchard y la misma que, con el esfuerzo y sacrificio de las nuevas promociones, ha decidido poner proa al futuro, hacia una Argentina mejor.




