El peronismo tiene una larga historia de renuncias

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
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15 de mayo de 2003  

La renuncia y, en particular, el amago de renuncia gozan de gran predicamento dentro de la liturgia peronista. No pocas veces ha venido acompañada por segundas intenciones y -lejos de marcar un alejamiento, como se deduce de su lectura lineal- a veces busca, por el contrario, un fortalecimiento impensado por las vías más sorpresivas, a la manera de un electroshock.

Obviamente, el maestro en el uso de ambas alternativas fue el fundador del justicialismo, Juan Domingo Perón, quien echó mano de sendas opciones un par de veces durante sus treinta años de dominio absoluto sobre la política argentina, con resultados extraordinarios, especialmente la primera vez que lo hizo.

En efecto, el 10 de octubre de 1945, presionado por sus pares castrenses del gobierno de facto instaurado dos años antes y del que él era uno de sus principales jerarcas, presentó su triple renuncia a la vicepresidencia de la Nación y a la titularidad del Ministerio de Guerra y a la Secretaría de Trabajo y Previsión, que también retenía, y marchó preso a la isla Martín García.

Siete días después, el 17 de octubre, millares de obreros se volcaron a la Plaza de Mayo para reclamar la libertad de su líder. Se trató, pues, de una renuncia concreta y múltiple que lo llevó del ocaso a la gloria en sólo un puñado de horas.

La siguiente renuncia quedó sólo en amago: el 31 de agosto de 1955, ante ese anuncio de dimisión, la CGT salió a la tarde en apoyo incondicional del conductor justicialista con una concentración multitudinaria frente a la Casa Rosada.

Perón no sólo retiró su renuncia, sino que pronunció el discurso más violento de toda su carrera (aquel que contenía la frase: "Cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de ellos").

A diferencia de lo que muchos creen, apenas unas semanas más tarde, y aun siéndoles favorables las fuerzas leales que luchaban contra la insurrección castrense de Puerto Belgrano y Córdoba, que se habían levantado contra su gobierno, Perón prefirió presentar una confusa dimisión ("El Ejército puede hacerse cargo de la situación", le escribió a su ministro Franklin Lucero el 19 de septiembre de 1955) y sólo entonces el poder fue asumido por los hombres de la Revolución Libertadora.

Muchos años después, cuando regresó al país y ya era presidente por tercera vez, Perón amenazó nuevamente con irse el 12 de junio de 1974, durante la mañana. Nuevamente la CGT se puso en marcha y, por la tarde, el jefe justicialista tuvo su Plaza de Mayo llena. Complacido por el respaldo, desistió de su idea, pero el suyo fue un discurso de despedida ("Llevo en mis oídos la más maravillosa música, que es para mí la palabra del pueblo argentino"). Murió diecinueve días más tarde.

El caso de Eva Perón

Pero el maestro hizo escuela, y no sólo en su mejor discípula, Eva Duarte. El 22 de agosto de 1951, una impresionante multitud reunida en la avenida 9 de Julio entabló un "diálogo" fascinante con la entonces más que influyente primera dama y candidata a la vicepresidencia de la Nación.

Presionada por las fuerzas armadas, por su propio marido y por el cáncer que la consumía, Eva Perón se encontraba en un verdadero brete. Finalmente, el 31 de agosto, a través de Radio del Estado, presentó su "renuncia indeclinable" a esa candidatura ("Renuncio a los honores, no a la lucha", dijo en ese mensaje).

En cambio, la tercera esposa de Perón, María Estela Martínez, cuando fue presidenta se mantuvo en sus trece ("No he renunciado ni renunciaré", repetía siempre), pero las Fuerzas Armadas la derrocaron, de todas maneras, el 24 de marzo de 1976.

Tres años antes, otra renuncia peronista, la de Héctor J. Cámpora a la presidencia de la Nación, consiguió para el gobierno de entonces el récord de convertirse en la gestión democrática más corta de la historia argentina: apenas 49 días.

Veintinueve años más tarde, otro justicialista, Adolfo Rodríguez Saá, superaría ese récord con un gesto similar, a sólo una semana de haberse sentado por primera vez en el sillón de Rivadavia.

Eduardo Duhalde también tiene sus propios renunciamientos: en 1991 dejó la vicepresidencia para competir por la gobernación bonaerense; forzado por Menem, se vio obligado a renunciar a la candidatura presidencial que tenía en mente para 1995, y, ahora mismo, renunció a ser presidente hasta el 10 de diciembre, como así lo había dispuesto la Asamblea Legislativa.

Si no hay ningún otro imprevisto, el doctor Duhalde abandonará el poder en tan sólo once días.

Algunos peronistas creen que sus propias renuncias pueden conducirlos a un mejor porvenir político: Gustavo Beliz abandonó ruidosamente el Ministerio del Interior en tiempos del menemismo para crear su propia fuerza; José Octavio Bordón fue y vino, aupado sobre renuncias varias, y Carlos "Chacho" Alvarez, de innegable origen peronista, inscribió el primer acto de la hecatombe aliancista cuando renunció a la vicepresidencia de la Nación, el 6 de octubre de 2000.

José Manuel de la Sota renunció a su desteñida candidatura a la presidencia (su lugar fue ocupado por Kirchner) y todavía nadie se explica por qué el santafecino Carlos Reutemann renunció con tanta firmeza a convertirse en candidato presidencial de su partido, cuando contaba con el mayor consenso social para aceptar el desafío.

En lo personal, Carlos Saúl Menem guarda un excelente recuerdo de su primera renuncia. Cuando resignó, en 1989, la gobernación de La Rioja lo hizo para asumir algo que pretendía -y aún pretende, por tercera vez- con ansia voraz: la presidencia de la Nación.

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