
El poder, cosa de bigotes
Los pueblos chicos tienen estas cosas. Vengo de uno donde los vecinos –de corazón duro y mejilla raspada por los besos– apodaron "la bigo" a la única que no lo sabe. No se me dio por preguntar por qué; era lo suyo una obviedad resistente a la pinza depilatoria.
Podría pensarse que si esa mujer perdiera lo que sustenta el apodo, lo perdería todo. Y que, por eso, no acomete. Pero hay quienes pasaron por prueba parecida y siguen siendo los mismos o, incluso, son más los mismos que antes.
Vean, si no, al ex presidente José María Aznar, que –en un gesto que toda España esperaba– luce ahora un bajo de nariz tan lampiño como el de un bebé. Eso, tras haberse ganado, en ocho años de presidencia, motes como "el Tío Bigotes", el "Bigotes" o "¡ese bigotudo!", según la cosa viniera de amigos o enemigos.
Aznar ya no es lo uno ni lo otro. Es un hombre de cara limpia que, sin embargo, es más Aznar que antes. Y allí anda, sacándole los pelos a Al Gore con eso de que el cambio climático es puro cuento. O volviendo más esdrújulas las cejas de Zapatero, tirándole de la barba con la cantinela de que "el socialismo simpático" que practica no sacará a España de la crisis.
No se sabe si se afeitó el bigote en gesto voluntario o accidental, al escuchar, por ejemplo, a su delfín Rajoy, diciendo que el desfile patrio era "un plomazo". Pero que se lo sacó, se lo sacó.
La bigo del pueblo, en cambio, todavía lo está pensando. Por eso, supongo, no es presidenta. Porque el poder es cosa de pelo.






