
El polémico Pierre Bourdieu
Por Emily Eakin The New York Times
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PARIS
EN términos casi absolutos, es el intelectual más influyente de Francia. Enseña en el Colegio de Francia y en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Dirige una destacada publicación de sociología y supervisa una edición popular de obras sobre crítica social. Su nombre aparece casi semanalmente en la prensa francesa. Importantes revistas literarias le han dedicado ediciones enteras. Sus tres últimos libros fueron best-sellers . Cuando se despacha contra la economía de libre mercado o las leyes que restringen la inmigración, es noticia en toda Francia.
Su influencia trasciende las fronteras. La Asociación Sociológica Internacional incluyó su libro Distinción. Una crítica social del gusto entre las diez obras de sociología más importantes del siglo XX. En las universidades de los Estados Unidos se ha puesto de moda con un furor nunca visto desde que arribaron a sus costas las ideas del último gran teórico francés, Jacques Derrida, en los años 70. En fin, a Pierre Bourdieu, que de él se trata, le sobra "capital simbólico" (digamos posición social), para citar uno de sus célebres neologismos, de suma importancia en los grandiosos esquemas teóricos que ha venido elaborando en las últimas cuatro décadas.
Para él, la sociedad humana se asemeja a una competencia feroz cuyo premio es la posición social. Poseer capital económico (bienes), social (redes de relaciones) y cultural (conocimientos especializados y diploma de una universidad prestigiosa) es una ayuda. Por supuesto, la gente, salvo la más rica e instruida, dispone de poco capital, sea cual fuere. La mayoría tiene pocas probabilidades de obtenerlo. En muchos sentidos, es la visión sombría de una perpetua lucha de clases, pujas por el poder y el prestigio (en su mayoría inútiles) y una sociedad dividida entre dominadores y dominados. "Quiero demostrar que la cultura y la educación no son meros pasatiempos, ni su influencia es secundaria-explica-. Son importantísimas para afirmar y reproducir las diferencias entre grupos y clases sociales."
El último gran pensador
Sorprende la modestia de este septuagenario de hablar suave, risita áspera y sonrisa bondadosa, al que muchos franceses consideran, quizá, su último gran pensador. Afirma que todos entramos en la vida adulta con una predisposición al triunfo o el fracaso que él llama habitus ("hábito"), un conjunto de experiencias profundamente fijadas que limitan nuestro desempeño de diversas maneras, todas ellas importantes. En lo social, es nuestro modo de internalizar las diferencias de clase y la forma en que eso dificulta nuestro ascenso. "El habitus no es algo fatal, pero lamentablemente sólo puede moverse dentro de parámetros muy limitados -advierte-. Viene a ser uncomo un pequeño programa de computación que guía nuestras opciones."
A diferencia de otros grandes sistematizadores con los que está en deuda (sobre todo, Michel Foucault y Karl Marx), Bourdieu puso a prueba sus ideas en minuciosos trabajos de campo. En veintitantos densos volúmenes, abundantes en cuadros y estadísticas, y con una prosa académica a menudo impenetrable, ha encarado, uno tras otro, los aspectos de la cultura francesa, desde las universidades subsidiadas por el Estado hasta los "opinadores" que aparecen en los noticieros vespertinos. En cada caso, procuró demostrar cómo, hasta en una democracia que proclama la igualdad de oportunidades, la mayoría de las instituciones y convenciones sociales sirven para mantener el statu quo y sus desigualdades generalizadas.
Por ejemplo, el ingreso en las grandes écoles de elite se basa pura y exclusivamente en un examen nacional. Pero, al analizar a varios grupos de estudiantes admitidos, Bourdieu descubrió que una mayoría abrumadora pertenecía a las clases altas. Tenían más probabilidades tanto de presentarse al examen como de utilizar el lenguaje cultivado y el razonamiento analítico bien vistos por los examinadores. "El sistema escolar francés parece meritocrático, pero de hecho es muy conservador -dice Bourdieu-. La educación, que siempre presentan como un instrumento de liberación y universalidad, en realidad es un privilegio."
Entre los grupos analizados por Bourdieu, tal vez ninguno sale tan perdidoso como el de los intelectuales. Por su tendencia a ocupar puestos prestigiosos y poseer diplomas, refuerzan la idea de que el conocimiento pertenece exclusivamente a la elite social. Los ataques más fulminantes de Bourdieu apuntan a lo que ha dado en llamar los "intelectuales totales", esos personajes carismáticos que se publicitan a sí mismos y abusan de su posición especial (y de la confianza del público) despachándose sobre temas en los que, en realidad, no son expertos. En su polémico y exitoso libro La televisión (1996), denunció a los entrevistadores televisivos como "pensadores rápidos" que sustituyen los argumentos sólidos por "comida rápida cultural".
¿Un hipócrita?
Algunos detractores lo acusan de simplificar excesivamente la realidad social. Otros, de intentar crear conceptos universales a partir de situaciones peculiarmente francesas. O bien, desechan su obra como una "sociología de lo obvio". El motivo de queja más frecuente es, de lejos, su hipocresía: el intelectual universitario más exitoso de Francia, ¿cómo puede pretender que tomen en serio sus críticas a la vida intelectual y universitaria? La historiadora Jeannine Verdes-Leroux reunió sus objeciones personales en un libro cargado de emotividad; lo tituló El sabio y la política. Un ensayo sobre el terrorismo sociológico de Pierre Bourdieu .
Sin duda, Bourdieu es un típico producto del sistema social que él ataca. Resulta difícil no percibir su carrera como una excepción flagrante a sus reglas sociológicas. Nació en un hogar pobre de una aldea del sudoeste de Francia; hasta iniciar la primaria, habló el dialecto gascón, hoy moribundo. Su padre, un aparcero itinerante devenido en cartero, que nunca terminó el secundario, se propuso asegurar el triunfo de su hijo y lo inscribió en el mejor colegio de la región. Más tarde, Pierre fue admitido en la Escuela Normal Superior, alma máter tradicional de los intelectuales franceses. Sin embargo, él niega que su historia personal contradiga su tesis, alegando que el sistema deja ingresar a un número simbólico de estudiantes de las clases inferiores para mantener la ilusión de la meritocracia.
Fue el primero de su promoción, pero los círculos intelectuales de París lo rechazaron. "Mucho de lo que he hecho ha sido una reacción contra la Escuela Normal -confiesa-. Creo que, de no haber abrazado la sociología, me habría vuelto muy hostil hacia los intelectuales. Ese mundo me horrorizó." Lo que menos deseaba o esperaba era incorporarse a él. En 1981, luego de haber rechazado propuestas por tres años sucesivos, según dice, aceptó el nombramiento de profesor de sociología en el Colegio de Francia. Lo peor fue cumplir con la antiquísima tradición de pronunciar un discurso inaugural ante el Colegio en pleno y un público distinguido. Asistieron, entre otros, Lévi-Strauss, Foucault, el alcalde de París y los ministros de Cultura y Educación. Le Monde publicó el texto en primera plana. "Hasta esa misma tarde, pensaba no asistir. Fue como el rechazo del Premio Nobel por parte de Sartre -recuerda su íntimo amigo Loic Wacquant, sociólogo de la Universidad de California (Berkeley)-. No podía avenirse a participar en ese ritual de consagración pública. Finalmente, pronunció su discurso: una crítica sociológica del valor cultural asignado a los discursos inaugurales." © La Nación
Traducción de Zoraida J. Valcárcel






