
El policía bueno y el malo
A raíz de las complicadas negociaciones con el Fondo y con los acreedores, circularon versiones de que el Presidente y su ministro de Economía se habían distanciado y que no podía descartarse un rompimiento. Por lo que los candidatos a reemplazarlo ya estaban pensando en enviar el ambo gris oscuro a la tintorería, para tenerlo listo cuando los llamaran a jurar.
Sin embargo habría que ser prudente antes de encarar este gasto, sobre todo si no se tiene a la vista la alternativa de un casorio o, Dios no lo quiera, la del sepelio de algún ser querido, o de un correligionario. Porque es cierto: si hay dos tipos distintos sobre la Tierra, ésos son Kirchner y Lavagna. Uno es volcánico, incandescente. Y el otro, frío como un bufoso . Uno se planta, dice no y pone a parir a los empresarios más conspicuos. El otro luce siempre inalterable y hasta cabe imaginarlo, en caso de accidente o aun de catástrofe, pidiendo socorro con el mismo tono de voz que emplea para pedirle a Horst Kšhler un poco más de tiempo y de piedad para el pueblo nativo.
Pero, justamente, son estas características tan dispares las que, según otros, aseguran una larga vida a la pareja. Como ocurría, salvando las distancias, con Stan Laurel y Oliver Hardy o, ahora, con el dúo Pimpinela. Aunque en el caso del mandatario y el ministro las referencias deberían apuntar más a otra imagen que ha hecho popular Hollywood: la del policía malo y el policía bueno. El primero es el que interroga al bandido cegado por la luz de una lámpara de doscientos watts, dándole puñetes y tirándole del pelo. Y el segundo es el que, por el contrario, lo trata por las buenas, alcanzándole un cafecito, ofreciéndole un cigarrillo y preguntándole qué le gustaría para el almuerzo. En realidad, ambos están combinados de antemano para que el tipo cante y lo que hacen no es más que teatro.
Esta distribución de roles es utilísima bajo las presentes circunstancias. Y hasta podría aventurarse que ha sido aplicada con éxito en el caso de las tarifas -que sí, que no, pero al final aumentaron- y que se ensaya ahora también con el del FMI y la deuda -que aquí me planto; negociemos, pero no mucho; no vayas a Miami, pero andá- lo que indicaría que tal vez también en este caso todo termine bien y hasta con Kichner y la Krueger, apretaditos, bailando un tango en el Salón La Argentina.
Pero lo más interesante es que esta distribución de roles no es fija, sino que cambia cuando el escenario es el doméstico. Aquí, mientras el ministro hace de policía malo con el presupuesto, el Presidente toma el papel del buenazo y reparte 1300 millones de pesos a los transversalizados incondicionales de provincias, lo que le asegurará su baño ritual de multitudes cuando se presente en el interior.
"Lavagna está firme -dijo alguien en el Margot-, pero el que se va a ir antes es uno de los Fernández, porque va a hacer campaña para la jefatura de la Ciudad." "Maestro -suplicó el reo de la cortada de San Ignacio, con un brillo picarón en los ojos-, ya que Kirchner va a designar nomás a un Fernández para que reemplace a Ibarra, ¿no se podría hacer algo para que fuera Cristina?"






