El Presidente, el último en enterarse
Hinchas de Corinthians hicieron papel picado con el billete de mayor nominación de la moneda argentina; una imagen fuerte, como para convencer a Fernández de que el problema del país no consiste, como dijo, en estar “creciendo mucho”
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Lo más revelador de la crisis que el Gobierno vive desde hace una semana no fue ni la renuncia de Guzmán ni la corrida cambiaria ni la falta de dólares, sino un rasgo en el que acaso no se ha reparado lo suficiente: la cantidad de veces que el entonces principal ministro de un país al borde del abismo económico buscó, sin éxito, que el Presidente le atendiera el teléfono. “Es urgente”, le insistió Guzmán en uno de sus últimos intentos, el sábado, a un colaborador de Alberto Fernández, que volvió a sorprenderlo con la respuesta: tenía la orden de no pasar llamadas. Esa sensación de desprecio lo convenció de publicar su renuncia en Twitter, justo en el momento del acto de Ensenada en que Cristina Kirchner lo comparaba con Melconian.
Es probable que el jefe del Estado no haya terminado de creer cabalmente en lo que Guzmán le estaba queriendo decir y por eso no se inmutó. Seguramente la posibilidad del alejamiento había aparecido ya en otras ocasiones. El portazo definitivo se empezó de todos modos a gestar el lunes de la semana pasada, cuando el todavía ministro le pidió por enésima vez a Alberto Fernández que echara al subsecretario Federico Basualdo y al interventor en el Enargas, Federico Bernal, ambos de buena relación con el kirchnerismo, porque necesitaba controlar esa área. Guzmán no solo no se detuvo ante la difusa promesa de solución que recibió, sino que amplió su lista de requerimientos en el transcurso de esa semana: el jueves le dijo que quería también fuera del Gobierno a Darío Martínez, secretario de Energía. “Si no, prefiero no seguir”, reforzó. Lo que pasó desde entonces es más o menos conocido. El Presidente volvió a contestarle ese día que no se preocupara, que les pediría la renuncia al día siguiente; Guzmán lo esperó hasta el viernes a la tarde y, al ver que al cabo de ese plazo ni siquiera podía comunicarse con él, entendió que la respuesta era no. Y empezó esa noche a redactar el texto de la renuncia. La terminó el sábado, después de más llamados infructuosos, uno de ellos a Julio Vitobello, secretario de la Presidencia, que acompañaba en ese momento a Alberto Fernández en la casa del empresario Fabián de Souza, en Puerto Panal. Esa visita al socio del Grupo Indalo no se alteró ni siquiera con la carta publicada en Twitter. Pasaron varias horas hasta que Guzmán y el Presidente volvieron a hablar.
Hay que escuchar a quienes trabajan en la Casa Rosada para entender que esa falta de atención sobre un asunto candente en medio de la crisis no es algo que los sorprenda. Más bien parece un patrón de conducta: no es la primera vez que el jefe del Estado actúa del mismo modo frente a los problemas. Al contrario, suele desoírlos o postergarlos. ¿Un mecanismo de negación? Es probable. Alguien que conoce a Alberto Fernández desde hace muchos años recuerda haber querido hacerlo reaccionar una vez en una conversación privada. “Vos me contás: ‘Le dije a Fulano’, ‘le contesté a Mengano’, pero ¿qué hiciste realmente para resolverlo?”, dice que le aconsejó, remarcando el “hiciste”, y que el Presidente le contestó como siempre que se siente incómodo: fijó los ojos en la pantalla de su teléfono móvil e intentó cambiar de tema.
Es inevitable que las dificultades se acumulen, independientemente de su magnitud. “No sabemos a cuánto está el kilo de café…, mirá si vamos a planificar un gasoducto de 1500 millones de dólares”, se resignó esta semana un técnico interesado en que la obra arranque este invierno. Malas noticias: en el mundo de la energía, demorar es retroceder. El último ejemplo fue el formulario de segmentación de tarifas, que los voceros de la Casa Rosada prometían para hace dos viernes. Habrá que seguir una vez más a Basualdo. Dicen que ahora empezó a interesarse en un método más sencillo para segmentar, el de la georreferenciación, que se basa en la ubicación de los usuarios, no en los ingresos, como se intentó hasta la semana pasada. Nada muy innovador: es el esquema que Roberto Baratta propuso en 2011 para la quita de subsidios durante el segundo gobierno de Cristina Kirchner. También fracasó. Entonces las diferencias no se filtraban, pero ya a los técnicos del Enargas les parecía un modo bastante elemental de llevarlo a la práctica. Hasta exageraban la anécdota: decían que Baratta había mandado al organismo un borrador de resolución que incluía copias de la guía Filcar para hacer la segmentación y que, al ver consignado en el mapa de la tarifa plena la avenida Figueroa Alcorta como límite este en la Capital Federal, le preguntaron si tenía algún motivo “para seguir subsidiando a Macri, que vive en Barrio Parque”. El subsecretario aceptó ampliar el área, pero el sistema acabó sepultado por los recursos de amparo de los usuarios no bien llegaron las primeras facturas.
Cualquier interlocutor del Gobierno percibe en casi todas las áreas esta mezcla de inexperiencia y falta de convicción. Los empresarios, por lo pronto. Rebosantes de pesimismo, algunos se conforman con que al menos se les dé alguna precisión. Unas 35 cámaras de la Coordinadora de las Industrias de Productos Alimenticios (Copal) invitaron el miércoles a almorzar a Miguel Ángel Pesce. Llevaban múltiples dudas y una urgencia común: dólares para importar. El jefe del Banco Central no les quiso mentir. Les dijo que todo se había complicado con la renuncia de Guzmán y que las necesidades energéticas obligaban a darles prioridad a las compras de gas y gasoil por sobre el resto. Según los cálculos que expuso ahí, en julio se requerirán unos 2000 millones de dólares solo por importaciones de gas y en agosto empezaría a verse algún indicio de mejora. “No antes de septiembre”, concluyó.
Para la Argentina actual es una eternidad. Imposible que no repercuta en el ánimo de quienes deberían estar pensando en invertir. Un día antes, en la Unión Industrial Argentina, varios directivos habían discurrido sobre lo mismo. Luis Tendlarz, presidente de Algodonera del Valle, planteó directamente que la falta de insumos importados impactaría en los niveles de producción de ese sector. Ese cepo es tan amplio y tantas las necesidades que casi no existe empresa que no padezca en mayor o menor medida el problema. Adidas, que ayer presentó la nueva camiseta del seleccionado para el Mundial, fabricada en el país, dice ahora haber sido aliviada con algunas autorizaciones, pero hasta el fin de semana pasado no estaba condiciones de asegurar que el resto de la indumentaria del equipo, la que viene de Asia, estaría lista para el 22 de septiembre, fecha del partido pendiente con Brasil por las eliminatorias.
Convencidos del carácter estructural de estas restricciones, algunos sectores empezaron a exigirle al Gobierno alternativas. Los productores agropecuarios, por ejemplo, consiguieron que Pesce incluyera la importación de fertilizantes y agroquímicos en un nivel similar al de los laboratorios, que tienen menos trabas, y los fabricantes de alimentos al menos se llevaron del mismo almuerzo una promesa: el Gobierno intentará reactivar un mecanismo ya utilizado otras veces para el comercio con Brasil, el de una caja compensadora que le permite a cada país pagar en su propia moneda mediante convenios entre ambos bancos centrales. La situación es tan frágil que alguno ya dudaba de la idea esa misma noche, después de ver a los hinchas de Corinthians romper billetes de 1000 pesos en la Bombonera.
Papel picado del billete de mayor nominación: una imagen fuerte. Como para convencer a Alberto Fernández de que el problema de la Argentina no consiste, como dijo, en estar “creciendo mucho”. La demora en asimilar ese diagnóstico complicará una vez más la solución. Ya le pasó con la renuncia de Guzmán. El negador siempre es el último en enterarse.









