
El problema ha vuelto a ser político
QUIZAS el caso de Domingo Cavallo refleje, mejor que ninguno, las contradicciones y las posiciones en la cresta de la Alianza gobernante.
Hay fricciones ahí, innecesarias muchas de ellas, que suceden cuando los más importantes sectores económicos internacionales comenzaron a preguntarse por la coherencia de la coalición y por la capacidad del Presidente para liderar su propia administración. No hay un problema, entonces, sino dos.
La consolidación de Ricardo López Murphy al frente de la cartera económica restituyó la normalidad en el sector del Gobierno que más expectación provoca en vastos sectores sociales. Esa conducción económica nueva y creíble dejó las cosas como al principio de todo: el problema volvió a ser político.
Hay que detenerse en el caso Cavallo. El ex ministro acordó su acceso a la presidencia del Banco Central con el propio De la Rúa el primer jueves de marzo. Esa misma noche, Raúl Alfonsín y Carlos Alvarez bendijeron la decisión presidencial, mal gestado, el primero y con cierta euforia, el segundo.
En las últimas horas de ese día, José Luis Machinea (que había negociado personalmente con Cavallo) habló con De la Rúa por teléfono y le comunicó que la operación Cavallo estaba concluida. Un desliz del Presidente le insinuó una conjura: Bueno, ahora tenemos que seguir conversando sobre tu ministerio, le zampó. Después de contar con un par de datos conspirativos más, Machinea escribió, el viernes 2 de marzo, su renuncia.
Es notable que el Presidente haya decidido semejante empujón al ministro más importante del Gobierno sin tener en la mano a un reemplazante serio y cierto. Muchas horas después, ya sobre el final del viernes errático, De la Rúa levantó el teléfono para convocar desde París a López Murphy, el candidato que no aspiraba ni quería suceder a Machinea.
La intriga por la intriga misma ocurrió en tales cimas durante el viernes y el sábado largos como una pesadilla. Hasta el delarruismo más fiel se espantó por las propuestas que hizo en esas horas el hijo mayor del Presidente, Antonio de la Rúa; era conocida la influencia de éste en la deficiente comunicación del Gobierno, pero no para encumbrar a un ministro de Economía o para decapitar a otros ministros.
Un caso emblemático: el ministro del Interior, Storani, aconsejó el sábado -y De la Rúa aprobó- que el Gobierno se esforzara en profundizar la política aliancista. El ministro salió disparado para comenzar esas tratativas con Alvarez. Por esas mismas horas, cierto delarruismo, cercano a la familia presidencial, daba por muerto a Storani y entronizaba en su lugar a la actual ministra de Trabajo, Patricia Bullrich. El ministro quedó sin respaldo político.
La propia Bullrich, que integra el núcleo que rodea al hijo presidencial, retrocedió: no conoce al radicalismo ni al Frepaso ni su historia de odios y amores -aceptó- como para ocupar la cartera política del gobierno aliancista. Bullrich terminó trabajando al lado de Storani cuando éste fue repuesto en el cargo.
Pero De la Rúa ya tiene con Alfonsín una piedra en el zapato. ¿Por qué debía sumar nuevos contrincantes? Nunca hubo en Olivos, en la noche del viernes zigzagueante, una reunión del Presidente con Alvarez y Alfonsín al mismo tiempo; esto es, nunca estuvieron los tres juntos.
Alfonsín no aceptó quedarse a comer con sus dos socios después de conocer la designación de López Murphy y la probable llegada de Cavallo a la administración: Ya comí hoy varios sapos. No tengo hambre, le respondió a la invitación presidencial. De la Rúa cenó luego con Alvarez.
López Murphy era el candidato cantado desde el principio (tiene sobrados conocimientos en la materia y la confianza del Presidente), pero De la Rúa no dejó de hurgar aquí y allá, desconfiado, temeroso de que el entonces ministro de Defensa le hiciera un desplante.
El Gobierno afirmó que el numero dos del Fondo Monetario, Stanley Fischer, no intercedió por López Murphy. Este columnista se encuentra en condiciones de ratificar que Fischer le envió su opinión al Presidente y que esa opinión desemboca directamente en favor de López Murphy o de Cavallo.
Sería más grave aún si los criterios de Fischer no le llegaron al Presidente. El alto funcionario del Fondo fue, al fin y al cabo, el garante del blindaje financiero internacional, que llenó de ilusiones al Gobierno durante un mes demasiado breve.
Fischer deberá, además, apadrinar los incumplimientos inminentes de la Argentina. En rigor, Machinea peleó para que el déficit del primer trimestre fuera de unos 2500 millones de dólares; el Fondo presionó y consiguió que fuera sólo de 2100 millones. Pero la recaudación de diciembre fue mucho peor que la esperada y el déficit real de estos tres meses superará en unos 800 millones de dólares a la segunda de esas cifras.
López Murphy no hará dibujos propios de economistas y difundirá el déficit exacto; Fischer deberá respaldar, como adelantó que lo hará, el desequilibrio de las cuentas argentinas.
Dicen que López Murphy y su equipo no están dispuestos a hacer lo contrario de lo que creen, pero el ministro es también un político (milita en el radicalismo desde los 18 años) y reconoce los límites eternos. Tiene, de igual modo, ambiciones más grandes que dejarse llevar por las indefiniciones de la administración; de hecho, siempre se imaginó como potencial candidato a presidente.
Meterá mano, primero, en los gastos de la política que sobrelleva el Estado, como los excesos del PAMI y de la ANSES, y controlará las desmesuras de la Universidad de Buenos Aires. Es posible que gratifique a la clase media anunciándole que dejará sin efecto algunos aumentos recientes de impuestos.
La política fue otra vez confusa. La oferta de integración al Frepaso, que Alvarez aceptó en pocos minutos, tuvo más correveidiles que los que merecía. Ricardo Mitre es la mejor expresión de Alvarez en la secretaría general si lo que se quería era atraer al líder frepasista, pero su designación debió sortear la sempiterna prevención del Presidente de no aparecer tomando una decisión impuesta por otros.
Fernández Meijide había fracasado, con razón o sin ella, y ya no representaba en el gabinete ni a su partido ni al jefe de su partido; De la Rúa quiso retenerla, aunque de manera simbólica. Marcos Makón está, en cambio, en la confianza de Alvarez y es su nexo permanente con Cavallo.
Cavallo está más cerca de no ser nada que de recalar en el Banco Central. Su desencanto con los manejos políticos del Presidente quedó expresado en una frase lapidaria, que repitió varias veces: Todo es muy desprolijo y poco serio, dijo sobre el exagerado fárrago de los últimos días. Sabe, además, que si a López Murphy lo abaten la fatiga y la decepción el poder caerá, irremediablemente, en sus manos.
De la Rúa y su séquito no han perdido la esperanza de tenerlo en el Central. Alfonsín ha convocado, desde que ve a Cavallo con un pie en el Gobierno, a un cura exorcista.
Alvarez, que coincide con De la Rúa, y éste con él siempre que el resabio del pasado no los eyecte del quicio, sueña con un Cavallo no sólo en el Gobierno; va más allá: lo imagina como aliado electoral, convocando votos para la Alianza en la Capital y en la provincia de Buenos Aires.
La relación del Presidente y su ex vicepresidente no puede explicarse muchas veces con la razón política. Hay entre ellos viejas pasiones como pertinaces ráfagas.







