Imágenes del horror que hablan en espejo

José Emilio Burucúa
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7 de septiembre de 2014  

Las imágenes de las ejecuciones llevadas a cabo por Estado Islámico (EI), transmitidas a toda la Tierra mediante las redes sociales, han provocado una sensación universal de horror y rechazo. El efecto de escándalo y repulsión sobre nuestras conciencias es más que comprensible, pero debemos sobreponernos para intentar una comprensión racional del asunto (que no signifique justificar los hechos abominables).

¿Hay antecedentes de algo parecido? Y si así fuera, ¿qué es ya sabido y qué es nuevo en el fenómeno? ¿A qué conclusiones morales y políticas nos permitiría llegar un análisis semejante?

En primer lugar, las escenas que vimos podrían inscribirse en una serie iconográfica larga y antigua. Basta con pensar en el dibujo que Leonardo hizo de Baroncelli ahorcado en Florencia, los grabados de ejecuciones como la de Anne du Bourg en 1559 o la de María Estuardo en 1587, que tuvieron una difusión enorme en la Europa del Siglo de Hierro. Los propósitos de quienes los producían y los hacían circular eran básicamente dos, muy antagónicos: infundir el temor que había de inspirar la justicia de la majestad real, o bien, en el marco de los enfrentamientos religiosos, mostrar al ajusticiado como la víctima y el mártir de una violencia culpable.

La visión de las matanzas de rehenes por parte de EI reproduce las viejas emociones contrapuestas y, en tal sentido, no entraña nada nuevo. Quizás el espanto que han producido en nosotros sólo surja de la circunstancia de que, al contrario del siglo XVI, tomas parecidas no pueblan el horizonte de nuestra sensibilidad cotidiana desde hace mucho tiempo. Me animaría a decir que algo cercano sólo se remonta a las fotos espeluznantes de la masacre de Nanking en diciembre de 1937, aunque la foto llamada "De la ejecución de Saigón", en 1969, también pertenece a la constelación que examinamos.

¿Cuál es entonces la novedad del asunto? Primo, el movimiento del suceso en tiempo real que transmiten las imágenes cinematográficas aumenta el realismo de la representación y disminuye la distancia, el espacio de pensamiento y reflexión entre el espectador y lo visto del que habló Warburg, hasta un grado difícilmente soportable. Secundo, la vía familiar de uso diario y, en general, portadora de una comunicación afable entre los seres humanos (las redes informáticas), a través de la cual nos llegan las secuencias. Este factor es el que más desestabiliza nuestro espíritu, pues, en medio de las amenidades de la vida, irrumpe la muerte brutal, no sólo para recordarnos que somos siempre suyos, según diría Rilke, sino que nos empuja, otra vez, a los sentimientos de indignación y venganza donde reside el mayor peligro, el de resucitar nuestras propias tendencias hacia la ultima ratio de la violencia.

Nos topamos así con algo de nosotros mismos que nos causa espanto: somos criaturas en cuyo interior anida el yo destructor de la guerra. Las imágenes de EI nos han traído a una experiencia adormecida en ese aspecto, el temblor lejano de la lucha cruel que heredamos de un pasado tenaz y que no quisiéramos legar a nuestros descendientes. ¿Seremos capaces? La duda devastadora alimenta nuestro miedo ancestral frente a las ejecuciones de Foley y Sotloff.

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