El reino de los homo videns
Por Orlando Barone
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HACE dos jueves, en "Hora Clave", el presidente de la Nación se refirió a una nueva era -la del homo videns- como superadora de las dos etapas anteriores: la del homo sapiens y el homo faber. En su incompleta referencia al libro del pensador italiano Giovanni Sartori, Menem no pareció interesado más que en la autorreferencia de su presunta lectura antes que en ahondar en algún aspecto que alentara su opinión y probara que sí había leído el libro y que lo había comprendido. Fue una pena que privara a los ciudadanos de descubrir cómo influían en él ese tipo de teorías filosóficas. Sobre todo, teniendo en cuenta que allí se involucra a la política y a sus oficiantes.
Cuando el gobernador bonaerense hizo la crítica a la mesa de la Alianza que propuso la reciente Carta a los argentinos, centró su mensaje en la imagen. Duhalde observó con sagacidad televisiva -cualidad no académica- que en el centro estaba el ex presidente Alfonsín, y se preguntó con sarcasmo qué hacía allí quien, según él, había fracasado. Así como al inaugurar su campaña en el sur, el cartel que tenía detrás de sí llevaba la leyenda: "Duhalde, presidente argentino". No importaba que el recurso rozara la ilegalidad, importaba la imagen, aunque para lograr su objetivo hubiera tenido que apropiarse, literalmente, de un cargo que no ostenta.
En el programa "Memoria", un ex juez de la Nación y un ex funcionario del gobierno -Wowe y Green- hablaron desde la cárcel donde están detenidos. La comunicación telefónica fue ilustrada con imágenes de ambos, mientras cada uno de ellos hacía referencias escatológicas y tragicómicas acerca de otro detenido en la misma cárcel -el ex juez Trovato- y daban la impresión, por sus devaneos y chismes domésticos, de que la televisión era lo que más los influía en cautiverio. Green se permitió cerrar su actuación diciendo, con un toque gracioso, que cuando a la mañana veía la televisión y se enteraba de que había niebla y los autos chocaban, sentía la tranquilidad de que, al menos en prisión, no tenía que temer accidentes como esos. Hoy a la noche, en el programa de Joaquín Morales Solá, está anunciado el debate de los dos precandidatos de la Alianza: De la Rúa y Fernández Meijide.
Es decir, un debate exclusivo para el homo videns que, según define Sartori, ha "destronado" al homo sapiens -inaugurado por Linneo en su "sistema de la naturaleza humana" de 1758- cuando el valor lo representaba la palabra, ahora rendida ante el peso de la imagen. Es cierto que la televisión produce un efecto audiovisual, pero, como dice el libro, la armonía entre ambas dosis no es lo que ha estado creando a este nuevo homo videns, que en su morfología deforme es capaz "de preguntar y de saber cuántos discursos pronuncia el Papa cada día, aunque no le importen, pero no sabe quién es el Papa". En una cita extraída de la biografía La vida de un reportero, de Walter Cronkite, ex hombre clave de la CBS, se lee: "...La televisión no puede ser la única fuente de noticias, no está preparada para ello. Los falsos debates televisivos, los eslóganes, los anuncios publicitarios, los foto-flash, todo esto transforma la política en teatro". Uno espera que esta noche los dos aliados y a la vez contendientes se afirmen en su rubro y no se olviden de dirigirse al homo sapiens, al del pensamiento crítico, y no al que llama en masa al 0-600 para que se enriquezcan amantes videns.
Esta adicción a la pantalla y a las imágenes hicieron decir a Cliffon Stoll, un astrónomo de Berkeley, maníaco de Internet arrepentido, que "esa red no es otra cosa que un tejido impalpable elaborado con nada y un miserable sustituto de la vida física". Ojalá no sea esto una nueva arma política que haga realidad el concepto de "sociedad teledirigida" que señala el subtítulo del libro.
"No es verdad -como da a entender la ramplonería de los multimedialistas- que la pérdida de la cultura escrita esté compensada por la adquisición de una cultura audiovisual", dice Sartori, y continúa: "No está claro que a la muerte de un rey le suceda otro. También podemos quedarnos sin rey". O, traduciéndolo: sin pensamiento.
Confieso que me sorprendió oír que el presidente Menem citaba ese concepto, más vecino del claustro que del vasto consenso. Algunos suelen pensar que así como antes, en sus discursos algo pomposos, abundantes en metáforas, influía Beliz, ahora debe influir Jorge Castro, actual secretario de planeamiento, intelectual que contrasta como integrante de un staff donde los referentes son, más bien, homo videns, y algunos tan fanáticos que han logrado que no se les note su afición a los libros tanto como se les notó su vocación histriónica. Si hasta el único intelectual que podía ostentar el hecho de haber aprendido y enseñado en la Sorbona -el ex asesor Moisés Ikonicoff- acabó en un teatro de revistas, rasgo de honestidad que contrasta con tantos que hacen teatro y televisión con la toga y el nombramiento como excusa.
Es cierto que memorizar una cita no prueba haber entendido un libro; tampoco tiene esas ínfulas esta crónica modesta. El mismo Presidente no dejará que yo mienta si le recuerdo que una vez que lo oí cuando él intentaba citar a Mark Twain dijo, erróneamente, Mark Taiwan; como también alguna vez pudo haber errado con Sócrates, convirtiéndolo en escritor cuando el filósofo nunca escribió un libro.
Ronald Reagan cometió gaffes peores, y no por eso se lo excluirá de la historia.
Como se ve, la sola mención de una idea contenida en un libro y emitida desde un set de televisión puede inspirar esta nota. Debo agradecer eso a la imagen y al libro. En cuanto a Sartori -no quisiera reducirlo-, habla de una peligrosa tendencia a enfermarnos de "vacío", de su temor de que la televisión promueva una mente "empequeñecida" y del riesgo a ser manipulados por las imágenes, que saben y pueden mentir mejor que la palabra, porque nadie parece dudar de lo que ve y existe ante sus ojos aunque la cámara no enfoque lo que sigue y que cambiaría el sentido del mensaje.
Napoleón decía: "A los hombres se los gobierna mejor aprovechándose de sus vicios que sirviéndose de sus virtudes".
La televisión debe de saberlo. En nosotros está buscar el antídoto. El libro de Sartori me costó veinte pesos. Y esta noche miraré el debate con mejores recursos.



