
El relato de una Nación
Esta semana, el lunes, este diario celebró sus 140 años de vida. El aniversario motivó, como sucede siempre, miradas retrospectivas y balances. No por una propensión melancólica, sino por la creencia de que la incursión en el pasado nos dará alguna luz para despejar las incógnitas del presente.
En el caso de Bartolomé Mitre y la fundación de LA NACION, ese viaje es asombroso. Al preguntarnos: ¿para qué un diario?, aparecen sentidos de una vigencia llamativa. Por los aciertos de Mitre y también por las premoniciones que le fueron desmentidas. Para eso regresamos a 1870, para palpitar lo que aquel pasado tiene de contemporáneo.
Cuando LA NACION salió por primera vez a la calle Mitre tenía 48 años. Hacía dos que había dejado la presidencia de la República. Ya había escrito la primera versión de la Historia de Belgrano . Había tenido ya un diario, en 1852: Los Debates . Y en 1864, mientras ejercía la presidencia, había lanzado otro, LA NACION Argentina .
En una carta de noviembre de 1869, dirigida a su amigo Wenceslao Paunero, Mitre cuenta sus intenciones con LA NACION: "Voy a hacerme impresor, para resolver el difícil problema de la vida. [?] Después de tantos años de trabajos, victorias y gobiernos, mi posición pecuniaria es la siguiente: durante cinco meses al año gozo el sueldo como senador, el que me alcanza para llenar el presupuesto durante el período de las sesiones, mes a mes. En el resto del año gozo de un sueldo de 78 pesos. No dirán que he sido una carga pública para mi país. No contando, pues, con más recursos que éstos, y con la casa, presente del pueblo que me ha costeado un techo, apelo al trabajo de la pluma y de los tipos y monto una imprenta con un diario que inauguraré el 1° de enero, sobre la base de LA NACION Argentina , que compraré por medio de una sociedad ordinaria por acciones. Entre diez amigos he levantado el capital necesario que son 800.000 pesos?".
La creación de LA NACION es una de las dimensiones del proyecto político de su fundador. Mitre emerge como un actor relevante de la vida pública en el contexto de la caída de Rosas. Después de Caseros, Justo José de Urquiza instaló en Buenos Aires el gobierno de Vicente López y Planes y convocó al Acuerdo de San Nicolás.
La principal dirigencia de Buenos Aires interpretó ese proceso como la instauración de un nuevo orden autoritario, y lo resistió. Se abría, entonces, una nueva contradicción. De un lado, Urquiza y la confederación. Del otro, Buenos Aires, con una ensoñación de autosuficiencia cuya máxima expresión fue el autonomismo de Adolfo Alsina. Mitre sostuvo una posición diferente. Defendió la autonomía de Buenos Aires frente al federalismo de Urquiza, como una transición que debía dar lugar a la reunión de la Nación entera bajo una organización liberal.
En la defensa de ese plan político definió sus ideas principales: que la Nación preexiste a las provincias; que el espíritu de esa Nación es el de un liberalismo que debe configurarse en instituciones; que Buenos Aires debe ser el agente de ese liberalismo para las demás provincias.
Mitre pretende, con su idea de nación, superar el conflicto posrosista, por medio de un equilibrio entre la unidad nacional y la autonomía de las provincias. En 1852, esa imagen del país, tan natural para nosotros, poseía una originalidad que hoy cuesta capturar. Para defenderla, Mitre actuó como legislador porteño y fundó Los Debates .
Es un momento inaugural en el que se les están poniendo nombres a las cosas. Por eso, la mejor expresión del diseño político-institucional que propone Mitre aparece en el rechazo del nombre Confederación Argentina para la entidad que se constituía, bajo el manto de Urquiza, en 1853: "Llamar, como lo hace la Constitución, una confederación de estados, o de provincias, a pueblos que siempre se han proclamado ligados en una nación compacta e indivisible, es un desconocimiento y una violación chocante del principio de unidad que rige su vida política".
Mitre se propuso justificar la preexistencia de la Nación. A esa necesidad le debemos el otro gran cauce de su vida: la historiografía. Su propuesta política obligaba a identificar una filiación compartida para fragmentos de una Argentina que todavía estaba dispersa. Así como había que organizarle instituciones, a la Nación había que organizarle un pasado. En su memorable ensayo Mitre, un historiador frente al destino nacional -que LA NACION publicó en 1943-, José Luis Romero explicó que la oposición al rosismo se había expresado en el ensayo sociológico, pero la construcción de la Nación posrosista se sustentaría en el discurso histórico.
La obsesión de Mitre por construir la Nación produjo un relato que modeló la versión dominante del pasado que los argentinos hemos adquirido, generación tras generación. En ese intento de justificar -y, si se quiere, inventar- la Nación preexistente, Mitre funda entre nosotros la disciplina historiográfica: organiza la documentación, constituye los archivos, crea el Instituto Histórico y Geográfico y, más tarde, la Junta de Historia y Numismática, cuna de la Academia Nacional de la Historia.
El centro de su relato fue la Revolución de Mayo, reconstruida a través del hilo de la biografía de Belgrano. En la edición de 1876/77, Mitre incluye uno de los grandes textos de nuestro siglo XIX: La sociabilidad argentina: 1770-1794 , cuyo mejor lector ha sido Natalio Botana. Allí sostiene que, a diferencia de otras áreas del imperio español en América, en el Río de la Plata se configuró una sociedad ajena al feudalismo y a la organización estamental, que alumbró un temprano liberalismo. Es, para él, un rasgo de origen, por el cual la nacionalidad argentina tiene como mandato identitario, como vector histórico, la libertad.
Belgrano fue, desde esta perspectiva, el porteño que llevó al interior esa libertad. En Belgrano, Mitre se ve a sí mismo. El también es un hombre de Buenos Aires empeñado en nacionalizar el orden liberal al que estaría predestinada la Argentina desde sus orígenes coloniales.
De esa preocupación por la nacionalidad, entendida como despliegue de la libertad, deviene otra de las creaciones de Mitre: la fundación del primer partido político, el Partido de la Libertad, que después sería Partido Nacionalista, entendido por oposición al autonomismo de Alsina.
Durante el siglo XIX, el periodismo fue una dimensión de la lucha política. Los diarios deben dar un programa a los partidos. Son también el instrumento con el que se constituye la opinión pública, entendida como una de las barreras ante las cuales debe detenerse el poder. De allí que Mitre equipare periodismo y gobierno parlamentario. En la "Profesión de fe" , de Los Debates, lo dice así: "El que discute no combate. El que discute por la palabra escrita o hablada renuncia a dirimir su cuestión por las vías del hecho. [?] La discusión es lo que constituye verdaderamente el gobierno parlamentario. Discutir es, pues, rendir un homenaje a la razón".
En el entramado conceptual de Mitre, no hay libertad sin diarios y no hay Nación sin libertad.
En 1864 funda LA NACION Argentina , confiada a José María Gutiérrez para defender la obra de su gobierno, iniciado en 1862.
El paso de LA NACION Argentina a LA NACION es una definición política. Mitre confía en que hacia 1870, dos años después de terminada su presidencia, el edificio político que se había propuesto construir está definido. LA NACION se corresponde con la consolidación de la Nación. De allí, su nombre.
Mitre lo explica en el primer editorial del diario, titulado "Nuevos horizontes": "El nombre de este diario, en sustitución del que le ha precedido; LA NACION, reemplazando a la LA NACION Argentina , basta para señalar una transición, para cerrar una época y para señalar nuevos horizontes del futuro. LA NACION Argentina era un puesto de combate. LA NACION será una tribuna de doctrina. Hoy el combate ha terminado. Ha terminado, sí, y estamos triunfantes, en todas las cuestiones de organización nacional que han sido resueltas o que marchan en una vía de solución que no puede cambiar. [LA NACION] simboliza la obra cumplida y la labor futura. LA NACION huye y condena los programas negativos y por lo tanto infecundos. [?] He aquí por qué no puede hacer su misión principal de la oposición. La oposición es un incidente y siempre lo ha sido, respondiendo hechos dados en una política que se juzga inconveniente; pero nunca puede convertirse en principio positivo, en móvil único de la prensa".
El optimismo con que Mitre fundaba LA NACION se vería al poco tiempo desmentido. En 1874, Mitre se levantó en armas contra el fraude electoral en la elección de diputados por la provincia de Buenos Aires. La revolución fracasó. Mitre estuvo preso hasta 1875 en la cárcel de Luján. El diario fue clausurado y reapareció el 1º de marzo de ese año.
La pureza del sufragio volvería a enfrentar a LA NACION con el gobierno en la revolución de 1890, cuando de nuevo sufrió la clausura.
El combate no había terminado. Es más, pasaron 140 años y sigue abierto. Las obsesiones de Mitre están allí, interpelándonos.
El problema de la Nación no está resuelto. Al contrario, está entre los principales de nuestra agenda cotidiana. Todavía no encontramos un equilibrio entre las provincias y la Nación.
La libertad, en especial la que se refiere a la prensa, sigue enfrentando restricciones. Los gobiernos fantasean todavía con controlar a los diarios para manipular a la opinión pública.
Hasta la pureza del sufragio -no hace falta recordar las candidaturas testimoniales- es una cuenta pendiente. Una más entre las muchas que tenemos con la calidad democrática.
Los individuos se convierten en protagonistas de la historia no tanto por la certeza de sus respuestas, sino por la calidad de sus preguntas. Los ideales por los que Mitre fundó este diario siguen siendo objetivos movilizadores 140 años después. Deberían serlo en el sentido en el que él los planteó: no como oposición sistemática a nada ni a nadie, sino como la defensa de un programa, de una idea del país.
Un sueño sobre el futuro, asociado a la libertad y a la democracia.
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