
El remordimiento corroe el alma
Por Orlando Barone
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El alemán Jasper, que militó en el existencialismo, ubica la "culpa" como una de las situaciones límites de la existencia humana de la cual el hombre no puede huir. Salvo que sea un ex funcionario corrupto incapaz de reconocer su culpabilidad en perjuicio de la sociedad que ha corrompido.
Incesantes divanes psicoanalíticos y grupos de terapia han fatigado ingentes cantidades de culpa familiar o social con resultados variables cuyo ejemplo emblemático y obviamente metafórico -el matricidio- ha hecho posible a Woody Allen el traslado inofensivo en el cine.
La culpa es, más o menos, el autorreproche después de un comportamiento inadecuado, o el remordimiento si se comete un hecho delictivo. Esta segunda consideración -la del arrepentimiento por un delito- acontece si uno no tiene el suficiente cinismo como para delinquir confiando en la absolución de la magnánima justicia argentina.
En sus orígenes, la culpa fue un término jurídico que indicaba una infracción cometida "sin querer". Lo que fue ratificado por Immanuel Kant: "Si una trasgresión imputable es involuntaria es culpa; si es voluntaria es delito". ¿Cuál sería la culpa de la sociedad argentina respecto de la muerte de René Favoloro? ¿Por qué tantos creen que se le debe tanto, y que se le adeuda? Heidegger -citarlo no es una presuntuosidad, sino una necesidad de beber de la fuente- decía que "en el sentido de tener la culpa de algo se puede ser deudor sin adeudar nada a otros". También se puede "adeudar" algo a otro sin tener uno mismo la culpa de ello. Gran parte de la población que paga la deuda externa es inocente, pero también se arrogan inocencia quienes siguen aumentando la deuda. El país tiene deuda externa, deuda interna, deuda con la gente y con sus grandes referentes.
La impresionante congoja social por el suicidio del más notable cirujano parece colmada de culpa. Trasplantados y ciudadanos tocados por su gesto como por los efectos expansivos del disparo de la Magnum reclaman por él como si en él resumieran al líder de una imparable tendencia ética y voluntarista, contra la que ha actuado y actúa -como el mal contra el bien- una conspiración siniestra.
La duda es si Favaloro se mató porque no llegó a percibir el futuro dolor que causaría o si se mató porque llegó a percibirlo. En este caso, conociendo como conocía el corazón humano, le disparó para no errar: sabía que colmaba de culpa a una sociedad entera.
¿Por qué esta sociedad -nosotros- desanda con tanta agilidad la condición de víctima a victimaria, de impune a culposa? ¿ Por qué erigimos santuarios y cadalsos con afán insaciable? Como diría Kant: "Cabría sospechar que la cabeza es, en el fondo, un tambor que sólo suena porque está vacío".
Sobre todo cuando un visitante inoportuno -la muerte, una gran muerte, aunque suelen entretenernos otras menos grandes pero ruidosas- nos empuja a meternos en el atáud con el muerto, aunque eso sí listos para salirnos y dejarlo solo apenas el enterrador se asome con la pala.
La bandera a media asta, el duelo nacional -que no comprometimos igual con Leloir, Borges, Fangio o Cortázar- sugieren reconocer la diferencia que amerita la distinción hacia un grande, aunque haya abandonado a sus fieles en circunstancias sin júbilo económico, político ni nacional, imponiéndoles la carga de aquello que no se hizo y se pudiera haber hecho.
Hay un pensamiento contrastante y dramático del filósofo Fitche, de fines de 1700: "En comparación con el hombre virtuoso, el suicida es un cobarde; en relación con el miserable que se somete a la vergüenza y a la esclavitud para prolongar algunos años su existencia, es un héroe".
Favaloro no quiso esta esclavitud de "mendigo", pero nos dejó pensando en nuestra circunstancia.
Hay quienes, como Aristóteles, han sostenido que el suicidio era repudiable "por ser injusto hacia la comunidad a la que pertenece el suicida". Hume lo refuta: "Las obligaciones del hombre y de la sociedad -dice- son recíprocas. De modo que la muerte voluntaria no anula sólo las obligaciones del hombre hacia la sociedad, sino las de la sociedad hacia el hombre".
La idealización coloca entre nuestros grandes hombres a iracundos y éticos augures de la incesante frustración argentina: Sarmiento, Martínez Estrada, Lugones, Discépolo, Sabato -todos ellos adscriptos a una palabra admonitoria y moral-, entre los que se incluye también Favaloro. En casi todos ellos es difícil encontrar la comunicación pública, el gesto de franco humor o de relajamiento. Siempre están tensos. Como si se pusieran el país encima y fueran sus responsables absolutos. Nuestro hilo conductor intelectual es amargo. Pensar que el Río de La Plata empezó siendo el Mar Dulce. Piazzolla, María Elena Walsh, Maradona, Charly García, protagonistas o ídolos (no importa el rubro), trascienden con el mismo mensaje de reclamo.
Los adoradores reciben del mensajero el transvasamiento de la responsabilidad repartida en tantas porciones como hay habitantes. Nos sentimos frustrados porque creemos que hemos sido privados de una satisfacción que presuntamente nos corresponde o de una comilona que a medida que se le acerca la boca se desvanece. La frustración produce hostilidad y puede dirigirse contra el objeto que supuestamente es culpable de causar la frustración -el país, el Gobierno, el otro- o hacia uno mismo.
Este es el caso de un suicida.
El problema no tiene solución: nadie sabe ni sabrá nunca cuáles son las infinitas e inasibles causas del escollo que produce la desilusión crónica argentina. El primer desencanto, dice el psicoanálisis, es el destete. ¿Cuál será el encanto de la madurez argentina? A lo mejor ser más modestos en nuestras aspiraciones. No esperar de nosotros lo que no somos. Bastante es tener cuatro climas.





