El Rey está desnudo
Por Rodolfo Rabanal
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Entre los cuentos infantiles por los que Hans Christian Andersen sigue vivo en la memoria de la humanidad, figura aquel que yo recordaba como "El Rey está desnudo", pero cuyo título es "El traje del Emperador", historia de una estafa que nadie se atreve a denunciar por temor a que lo tomen por un tonto incapaz de ver lo que todo el mundo ve.
Recordemos brevemente. Dos farsantes que dicen ser tejedores, llegan a la comarca de un emperador vanidoso. Envuelto en trajes de extremo lujo y ropas llamativas que luce invariablemente en las funciones teatrales, a las que asiste para que lo miren, el emperador vive esclavizado por los sastres y sometido a los espejos. Los falsos tejedores difunden que son maestros en confeccionar la ropa más colorida, más cómoda y variada y en las que poseen la maravillosa virtud de tornarse invisibles no bien las mira un imbécil.
El emperador ordena que le tejan ropa de este último tipo, y lo que sigue es el engaño que cada uno sostiene ante ese vestido que, por cierto, no existe. Hasta el emperador elige mentirse a sí mismo porque ¿qué sería de él y de su poder si fuera un tonto y un incapaz que denunciara a los falsos tejedores que lo único que ve en el espejo es su desnudez? Sabemos como termina la historia: un niño desmonta la farsa cuando ve desfilar al monarca y grita, con asombro e insistencia: "¡El emperador está desnudo!"
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Nunca como ahora este cuento de Andersen parece hablarnos de manera tan directa e íntima de la desnudez de nuestra cultura y del raro temor que nos produce observar de frente las falsas creencias que se adueñaron de esta sociedad. Cuando días pasados la subsecretaria de Programación y Evaluación Educativa del Ministerio de Cultura y Educación de la Nación escribió en La Nación que "el proceso de mundialización de la cultura y de la economía no es opinable, porque existe y es, sin que importe que sea bueno o malo", había motivos para sentir que la democracia argentina era el tosco sueño de un bárbaro a la hora de la siesta. Proponer de ese modo la facilidad acrítica, parece incompatible con una persona dedicada a la educación.
Al parecer, lo peculiar de la época y del país es que cualquier pensamiento que se oponga al pensamiento único, cualquier intento de someter a examen la realidad, pasa a ser una actitud reaccionaria , no positiva, no razonable. Eso es al menos lo que la funcionaria puso en claro. Ocurre tal como si el hecho de pensar (no el de opinar) fuese ya una incómoda modalidad del pasado. Si hubiese hoy un Descartes argentino escribiría seguramente su divisa filosófica de la siguiente manera : "Consiento, luego existo".
Lo cierto es que el rey está desnudo y hemos empezado a advertirlo. De manera convencional, sólo porque es correcto proclamarlo, los políticos ven en la educación la llave del futuro. Exaltan el estudio por razones exclusivamente instrumentales, pero no dicen (o no saben) que el saber y la belleza son en sí mismos un trabajo y no solamente una fuente futura de empleo ni un mero mecanismo para acceder a los bienes de consumo; esto sería como suponer que hombres como César Milstein o Luis Federico Leloir investigaron para poder comprarse mejores heladeras o automóviles, y sabemos que no es así. Inducir a los jóvenes a leer e ir al teatro porque por ese camino obtendrán mejores salidas laborales, es más un embuste que una verdad, pero sobre todo es un pobre argumento desencantado.



